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» TN
Fecha: 04/04/2026 05:13
Corría el año 2008 y la rutina de Romina y Federico parecía tener un destino marcado entre apuntes y mancuernas. Se conocieron en un gimnasio de Córdoba Capital: ella, una neuquina que había llegado a la provincia mediterránea para estudiar Nutrición, y él, un joven criado en Río Gallegos que buscaba su título de arquitecto. Se recibieron, consiguieron trabajo en sus áreas y armaron su hogar, pero en el fondo de la escena, una idea empezó a gestarse con fuerza. Yo no me quería quedar en Argentina. Veía que no iba a tener proyectos, que no iba a tener progreso; veía todo muy difícil, confesó Romina a TN al recordar aquellos años donde, a pesar de tener el consultorio y el estudio en marcha, el horizonte se sentía estrecho. Leé también: Trabajaban en un banco, en 2020 se hicieron una pregunta y sus vidas cambiaron para siempre La decisión final llegó en 2015, cuando el mapa les señaló un destino remoto: Nueva Zelanda. Sin mirar atrás y con la incertidumbre como única certeza, liquidaron sus pertenencias. Vendimos lo poquito que teníamos y arrancamos, rememoró. Al aterrizar en el continente oceánico, los títulos quedaron guardados en la mochila. La urgencia era otra: adaptarse y generar ingresos. Federico, el arquitecto que solía diseñar espacios desde una oficina, terminó limpiando construcciones y trabajando con cemento en casas particulares. Romina, en tanto, cambió la nutrición por la cocina de un restaurante, donde empezó lavando platos, y luego siguió en un vivero gigante. Fede hacía cosas que en su vida había hecho, resumió sobre ese primer impacto. Con el tiempo, llegó una experiencia que marcaría un antes y un después: el trabajo en el campo. Años más tarde, Romina decidió vivirlo en primera persona para poder asesorar con conocimiento a otros viajeros desde su cuenta @yundianosfuimos en Instagram. La temporada de kiwis es durísima. Es trabajo físico constante: subir escaleras, rasparte con las ramas, llenarte de tierra y barro, describió. Y advirtió que, aunque desde afuera se romantiza la vida en las granjas, la realidad implica dolor de espalda y cansancio extremo. La clave para quedarse A diferencia de muchos viajeros que regresan al año, ellos lograron transformar la aventura en un estilo de vida de casi una década. La llave fue la carrera de Federico. Nos logramos quedar porque él consiguió un trabajo en arquitectura. Un estudio pequeño le hizo una entrevista y ahí comenzó todo el trámite de los visados permanentes, detalló Romina. Para esto, no necesitaron pasar por el registro civil: en Nueva Zelanda basta con demostrar una relación estable y convivencia de al menos un año para que la pareja pueda compartir el visado. Aun así, Romina no abandonó la cultura del esfuerzo que aprendió en los frutales y trabajó años en cocinas y cafés, adaptándose a lo que el mercado laboral neozelandés demandaba. La Working Holiday es la puerta de entrada, pero no garantiza quedarse; hay que convencer a un empleador en ese año de que sos la persona indicada, advirtió sobre el proceso que también siguió su hermano y varios amigos cercanos. Los números de la Working Holiday Para quienes hoy buscan seguir sus pasos, Romina fue clara: el resultado depende del esfuerzo individual y el dominio del idioma. Según sus cálculos estimativos, un viajero puede gastar unos 2000 dólares neozelandeses al mes en alojamiento, comida y transporte. Si una persona trabaja 40 horas semanales con el sueldo mínimo, te van a sobrar entre 300 y 500 dólares por semana, especificó, aunque aclaró que ese número es flexible según el estilo de vida que cada uno elija tener. Ese margen permite un ahorro de aproximadamente 1200 dólares americanos mensuales, una cifra que en la Argentina parece inalcanzable para un trabajador promedio. Con ese dinero nosotros nos compramos dos autos, viajamos por Australia y también recorrimos toda Nueva Zelanda, aseguró. Romina enfatizó en que el inglés es fundamental para acceder a mejores posiciones: Se puede ir sin saber nada, pero la experiencia es cien veces mejor si ya tenés una base. La historia de la pareja dio un nuevo giro en 2024. Tras años de estabilidad y con el pasaporte neozelandés en la mano, la rutina de oficina volvió a sentirse como una jaula para Federico. Se hartó, dijo que no quería saber más nada con estar sentado y decidimos vender todo otra vez para volar, comentó Romina. Desde entonces, viven con lo que entra en sus mochilas, saltando de país en país y trabajando por temporadas cortas en la industria de la hospitalidad. Actualmente, se encuentran en Escocia, en una zona remota frente al Lago Ness, realizando voluntariados y cuidando casas (house-sitting) para estirar los ahorros mientras planean su próximo destino. A sus 40 y 38 años, ya no piensan en consultorios ni en planos fijos. Hoy no tenemos ningún objetivo a largo plazo más que seguir viajando. El único plan es ahorrar y ver a dónde nos podemos ir después, concluyó Romina.
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