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  • La tragedia de la escuela de San Cristóbal y el horror de la Propofest

    » Clarin

    Fecha: 04/04/2026 06:47

    La tan dolorosa tragedia de la Escuela de San Cristóbal, en Santa Fe, y la delirante y mortal orgía de los anestesiólogos de la Propofest tienen un punto en común: la suspensión de la conciencia. Son casos muy distintos, desde luego. El tirador escolar padeció, según todo indica, un brote incontrolable y exterminador. Los organizadores de la Propofest, en cambio, sabían exactamente lo que hacían. Pero en ambas sangrientas situaciones la conciencia se esfumó al fin y al cabo. Esa criatura de 15 años decidió tomar la escopeta, cargarla, esconderla en una funda de guitarra, subirse a una moto y viajar hasta su escuela para disparar a mansalva, matando a Ian Cabrera, un niño de 13 años lleno de inocencia. Ian sufrió el horror de caer en la balacera que brotó de la cabeza enloquecida del pequeño asesino. La conciencia es la visión razonada de los actos y, sobre todo, de sus consecuencias. Cuando esa conciencia se suspende, la irracionalidad se vuelve abismal: quien apabulla a sus compañeros con letales perdigonazos ciego y sordo al valor de la vida, frenético y certero al disparar se convierte al mismo tiempo en victimario y en víctima. El matador de 15 años flota ya plenamente en su infierno y lo extendió a esa Argentina en miniatura que es San Cristóbal. Allí todos, o casi todos, trabajan, se esfuerzan, son pacíficos y honestos. Pero en algún sitio se incubaba el peligro mortal. La bandera de la escuela quedó sin izarse porque los disparos impidieron la ceremonia diaria que cohesiona a los alumnos y ofrece un punto de referencia moral en la altura: Alta en el cielo. Ian cayó cuando la comunidad educativa se disponía a evocar ese sentido simbólico condensado en la elocuencia de la bandera ascendiendo por el mástil. Hubo una superficie engañosa: una funda de guitarra que encubría el arma. Y un derrumbe abrupto de toda la racionalidad, una hecatombe de los aprendizajes, un sismo, una catástrofe y lágrimas enrojecidas por la sangre de Ian. La Propofest es otra historia. Era una trapisonda deliberada para suspender la conciencia. Mientras el asesino de la escuela fue tomado por una inconsciencia volcánica, los anestesiólogos decidieron robar drogas para demoler todas las barreras morales y sembrar muerte, abusos y degradación en esos espacios de demencia diseñada de antemano. Los que administran la anestesia se anestesiaron a sí mismos con propofol y fentanilo esas drogas del No-lugar para transportarse hacia la nada y perpetrar ese limbo artificial y criminal. La vida en común exige la soberanía sobre la propia percepción; es imprescindible la lucidez ética. Estos anestesiólogos los imputados son Hernán Boveri y la residente Delfina Lanusse robaban la droga de los hospitales y la distribuían, según indican las primeras investigaciones. Hubo encubrimientos ominosos: en febrero, Alejandro Zalazar, otro anestesiólogo, fue encontrado sin vida en su departamento. Tenía una vía de propofol conectada al pie; la droga robada lo había liquidado, pero el dato fue omitido inicialmente. Los organizadores de la Propofest procuraron contar con un custodio de la vida que, ante cualquier convulsión o inminente agonía, aplicaba oxígeno a los perdidos en la noche de esa fiesta negra. El delirio era minucioso y novelesco. Designaron un guardián del umbral entre la vida y la muerte, entre el oxígeno y la expiración, y diagramaron el cuadro de su psicosis paroxística. Dormir, yacer, morir, borrar la conciencia y, en ese naufragio, atravesar todos los límites. Apartarse de todos los deberes para abombar los cerebros, buscando huir de lo real. Porque lo real impone obligaciones, y los fantasmas con propofol y fentanilo buscan hundirse en una irrealidad que mata en vida. El problema más profundo de toda sociedad es anterior al drama económico o político. Hay envenenados y envenenadores dispuestos a atravesar lo vital a perdigonazos o con tóxicos robados. Son los que convocan a lo funesto: los llamadores de la necrosis social. Los que apuntan a la morgue como utopía deseada. Los ladrones del propofol y del fentanilo, espectrales y siniestros, montaron una fábrica de espectros. Anestesiaron la vida hasta llegar a la nada y romper todo. La inconsciencia deliberada mata. Y la inconsciencia de la abrupta locura también mata. Ausentes de sí mismos, los zombis atacan en el momento menos pensado. Y cuando atacan, todos estamos en peligro. Suspensión del yo, eclipse de la conciencia, zona de riesgo absoluto, automatismo oscuro, deriva sin sujeto. Y catástrofe final. Sobre la firma Newsletter Clarín

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