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  • Sábado Santo: el día que el tiempo parece suspendido, en el que la espera lo inunda todo mientras, en el silencio, late la redención

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 04/04/2026 02:27

    El Sábado Santo es, acaso, el día más silencioso y más elocuente del calendario cristiano. No tiene la potencia dramática del Viernes Santo ni la explosión jubilosa del Domingo de Pascua. No hay procesiones multitudinarias ni imágenes desgarradas ni campanas desatadas. Es un día suspendido. Un día en el que la Iglesia calla. Y en ese silencio que puede parecer vacío se concentra uno de los núcleos más hondos de la fe cristiana: la espera. La espera de la Resurrección. Como escribió el teólogo Hans Urs von Balthasar: el Sábado Santo es el día del ocultamiento de Dios, el día en que Dios parece haber descendido al lugar donde ya no hay palabra. Es el día en que Cristo yace en el sepulcro y el mundo contiene la respiración. El relato evangélico es sobrio hasta el extremo. Después de la muerte de Jesús y su sepultura, los textos casi enmudecen. El Evangelio según San Lucas anota: Era el día de la Preparación y ya comenzaba el sábado. Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José para observar el sepulcro y cómo había sido colocado el cuerpo. Después regresaron y prepararon aromas y perfumes; y el sábado descansaron según el precepto (Lucas 23, 54-56). Nada más. No hay milagros, no hay discursos, no hay multitudes. Solo el cuerpo envuelto, una piedra, un grupo pequeño de fieles que guardan el sábado judío en medio del desconcierto. ¿Por qué este día pasa inadvertido en el Triduo Pascual? Porque es un día sin acción visible. El Triduo que comienza con la Misa vespertina del Jueves Santo, atraviesa el Viernes de la Pasión y culmina en la Vigilia Pascual está cargado de gestos potentes: el lavatorio de los pies, la adoración de la cruz, el canto del Gloria que regresa con estruendo. El Sábado Santo, en cambio, parece una pausa incómoda. No hay Eucaristía. Los altares están desnudos. El sagrario permanece abierto y vacío. La Iglesia no celebra sacramentos salvo la reconciliación y la unción de los enfermos en caso de necesidad porque, simbólicamente, el Esposo ha sido arrebatado. Llegarán días en que el esposo les será quitado; entonces ayunarán (Marcos 2, 20), dice el Evangelio según San Marcos, anticipando ese tiempo suspendido. Sin embargo, bajo la superficie del silencio, la tradición cristiana afirma que algo decisivo acontece. El antiguo credo apostólico proclama que Cristo descendió a los infiernos, pésima traducción de inferos del latín que no alude al lugar de condenación donde reina Satanás y sus huestes sino al sheol, el ámbito de los muertos. Es la convicción de que Jesús, muerto en la carne, ha penetrado en la profundidad de la muerte humana para abrirla desde dentro. Una antigua homilía del siglo IV, leída en el Oficio de Lecturas de ese día, pone en labios de Cristo palabras conmovedoras: Yo soy tu Dios, que por ti me hice tu hijo Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz. Es la teología del silencio activo: mientras el mundo cree que todo terminó en una cruz, la redención trabaja en lo oculto. El papa emérito Benedicto XVI reflexionó en una ocasión que el Sábado Santo es la experiencia de nuestro tiempo, un tiempo en el que Dios parece ausente y la fe camina en la penumbra. Tal vez por eso pasa inadvertido, porque incomoda. No ofrece certezas inmediatas ni emociones intensas. Es el día de María. La tradición sostiene que, cuando todos vacilaban, ella sostuvo la esperanza. No aparece en los relatos del sepulcro el sábado, pero su figura atraviesa la espiritualidad del día como la mujer que creyó contra toda evidencia. En el Evangelio según San Juan, Jesús le había dicho a Marta: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá (Juan 11, 25). El Sábado Santo es el día en que esa promesa aún no se ve, pero ya se espera. Y entonces llega la noche. No una noche cualquiera, sino la madre de todas las vigilias, como la llamó san Agustín. La Iglesia no celebra la Vigilia Pascual en la tarde del sábado, sino entrada la noche, cuando la oscuridad es real. En los templos católicos, y algunos ortodoxos y reformados, es en esta noche donde comienza el llamado lucernario, la liturgia de la luz. Fuera del templo, se enciende un fuego nuevo. De ese fuego se prende el cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado. El sacerdote traza en él la cruz, las letras alfa y omega, y el año en curso, mientras proclama: Cristo ayer y hoy, principio y fin. Es un gesto cargado de teología: el tiempo entero queda atravesado por la Pascua. El diácono o el sacerdote eleva entonces el cirio y canta tres veces: Luz de Cristo. Y la asamblea responde: Demos gracias a Dios. La luz se transmite de vela en vela hasta que la iglesia, que estaba en tinieblas, se ilumina gradualmente. No es un efecto estético; es una catequesis viva. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron (Juan 1, 5), proclama el prólogo del Evangelio según San Juan. El lucernario es la dramatización de ese versículo. La noche no desaparece de golpe; retrocede paso a paso ante una luz que se comparte. Sigue el Pregón Pascual, el Exsultet, un antiguo himno que invita a la tierra entera a alegrarse: Alégrese la tierra inundada de tanta claridad. Es una de las piezas más audaces de la literatura litúrgica cristiana. En ella se condensa la paradoja central: de la muerte brota la vida; del fracaso aparente, la victoria. Después comienza la liturgia de la Palabra, la más extensa de todo el año. Hasta nueve lecturas recorren la historia de la salvación: la creación en el libro del Génesis, el sacrificio de Isaac, el paso del Mar Rojo, las promesas de los profetas. Es un itinerario pedagógico. La Iglesia relee su propia memoria para comprender lo que está a punto de celebrar. San Agustín, citado tantas veces en esta noche, sostenía que el Nuevo Testamento está oculto en el Antiguo y el Antiguo se hace manifiesto en el Nuevo. La Vigilia es la escenificación de esa frase. Cuando se entona el Gloria silenciado desde el Jueves Santo las campanas irrumpen con fuerza. El altar vuelve a vestirse. Es el paso del silencio a la música. Y se proclama el Evangelio de la Resurrección. En el Evangelio según San Mateo se narra que al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro. De pronto se produjo un gran temblor, porque el Ángel del Señor bajó del cielo y dijo a las mujeres: No teman; sé que buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí, porque ha resucitado, como lo había dicho (Mateo 28, 1-6). El anuncio rompe definitivamente la quietud del sábado. Lo que era espera se convierte en misión. La liturgia bautismal ocupa luego un lugar central. El agua es bendecida con una larga oración que evoca desde el Espíritu que aleteaba sobre las aguas en la creación hasta el Jordán donde Cristo fue bautizado. En muchas comunidades se celebran bautismos de adultos, signo elocuente de que la Pascua no es un recuerdo sino un nacimiento. Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos, también nosotros vivamos una vida nueva (Romanos 6, 4), escribe san Pablo. La noche santa no se limita a conmemorar: actualiza. Finalmente, la liturgia eucarística corona la celebración. Es la primera misa de Pascua. El pan partido y el vino compartido se ofrecen como presencia del Resucitado. La comunidad, que atravesó la oscuridad y la memoria, comulga la vida nueva. Todo culmina en el envío: Pueden ir en paz, aleluya, aleluya. El doble aleluya silenciado durante la Cuaresma regresa como una respiración recuperada. ¿Por qué, entonces, el Sábado Santo pasa casi desapercibido para muchos fieles? Tal vez porque exige una espiritualidad contracultural. En una época de inmediatez, el sábado propone la paciencia. En una cultura de ruido constante, propone el silencio. En una sociedad que mide el valor por la productividad visible, propone la fecundidad escondida. Como señaló el escritor Joseph Ratzinger antes de ser papa, Dios actúa muchas veces en el silencio de la historia. El sepulcro sellado no es el final; es el umbral. El Sábado Santo enseña que hay tiempos en los que no se puede hacer nada más que esperar. Las mujeres del Evangelio preparan perfumes, pero deben detenerse por el precepto sabático. La acción queda suspendida. Y, sin embargo, en esa suspensión madura la aurora. El cristianismo no es solo la religión de la cruz ni solo la religión de la resurrección; es también la religión del intervalo. Ese día intermedio en el que todo parece perdido y, sin embargo, todo está siendo transformado. Quizá por eso la Vigilia se celebra de noche. Porque la fe cristiana no niega la oscuridad; la atraviesa. El lucernario no elimina la noche exterior, pero la resignifica. Cada vela encendida es una afirmación contra el absurdo. Cada lectura es una memoria contra el olvido. Cada canto es una protesta contra la muerte. Y cuando finalmente se proclama que el sepulcro está vacío, no se trata de una evasión poética, sino de una confesión que ha atravesado la prueba del silencio. En la arquitectura del año litúrgico, el Sábado Santo es una bisagra. Sin él, la Pascua correría el riesgo de ser un triunfo superficial; con él, la Resurrección adquiere densidad. Es el día en que la Iglesia aprende a permanecer junto al sepulcro sin desesperar. Es el día en que el mundo, aunque no lo sepa, está a punto de cambiar. Porque en la noche más oscura, una llama pequeña comienza a arder. Y esa llama como canta el Exsultet disipa la oscuridad del pecado y restablece la inocencia. El Sábado Santo no es un vacío entre dos celebraciones. Es el umbral del misterio. Es el silencio que precede a la palabra definitiva de la vida.

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