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Parana » Analisis Litoral
Fecha: 03/04/2026 13:15
En medio de días atravesados por la urgencia, la violencia informativa y una agenda que parece no dar respiro, todavía quedan espacios cada vez más escasos para detenerse. Pensar. Sentir. Volver a lo esencial. La Pascua, muchas veces reducida al consumo o al ritual vacío, es en realidad un entramado de sentidos que vale la pena recuperar. No desde la solemnidad impostada, sino desde la pregunta simple. Esa que surge en una escuela, entre gurises, cuando alguien lanza: ¿quién pone el huevo de Pascua? La respuesta, casi automática, no tarda en aparecer: el conejo. Y ahí, en esa inocencia, se revela una mezcla cultural que pocas veces nos detenemos a analizar. Porque ese conejo símbolo de fertilidad en la primavera europea remite a tradiciones anglosajonas vinculadas a la diosa Íster. Nada que ver, en principio, con la raíz judeocristiana que da sentido a la celebración. Sin embargo, el huevo sí tiene un lugar más profundo en la tradición cristiana. En la Edad Media, representaba la resurrección: la vida que emerge, el renacer. Por eso se lo pintaba, se lo celebraba con colores, como una forma de expresar la alegría de la Pascua. La palabra misma, Pascua, viene de pasus: el paso. Para el pueblo judío, el paso de la esclavitud a la libertad. Para el cristianismo, el paso de la muerte a la vida eterna. Un tránsito que no es solo religioso, sino profundamente humano: la posibilidad de cambiar, de dejar atrás lo que pesa, de renacer. Pero en estos tiempos, donde el ruido tapa el sentido, esa dimensión parece diluirse. La cultura del impacto inmediato sin arte, sin raíz, sin identidad desplaza aquello que nos conecta con lo propio. Y es ahí donde el folclore, tantas veces relegado, vuelve a ofrecer refugio. Porque en el saber popular hay memoria. Hay interpretación. Hay una forma de entender el mundo que no pasa por el algoritmo, sino por la transmisión viva. Así lo refleja una décima rescatada por la tradición oral, traída por voces como las de José Curbelo y Marta Zuin. Una escena que atraviesa los siglos y sigue interpelando: Ponce Pilatos preguntó al pueblo que a quién soltaba, y como el pueblo gritaba Barrabás, lo liberó.El viernes Cristo murió, dejando al mundo sin luz, clavado en la dura cruz por una elección humana: prefirió odio y desgana antes que el amor de Jesús. Lo que no se dice La Pascua no es solo un hecho religioso ni una tradición cultural: es también una pregunta incómoda. ¿Qué elegimos hoy como sociedad? ¿A quién soltamos y a quién condenamos, en nuestras decisiones cotidianas? Porque la escena de Barrabás no quedó en la historia. Se repite, de otras formas, cada vez que el odio se impone sobre el encuentro, que la violencia reemplaza al diálogo, que el ruido tapa la verdad. Tal vez, en ese gesto simple de volver a lo nuestro al folclore, a la memoria, a la reflexión haya una clave. No para resolverlo todo, pero sí para empezar a mirar distinto. Felices Pascuas. Que no sea solo un saludo. Que sea, aunque sea por un instante, un verdadero paso.
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