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Fecha: 24/03/2026 05:52
En Floresta, la conocen como la casa de los Saralegui, o la de los vascos, una imponente casona de 1914, de las últimas que quedan a metros de la avenida Avellaneda. Tras años de abandono, volvió a abrir sus puertas: cuatro socios y amigos que se conocieron hace décadas en distintas cocinas de Buenos Aires se animaron a convertirla en un restaurante, devolverle la vida y todo su esplendor pasado. Y decir que se animaron no es poco. Muchos nos decían que era una locura, afirmó a TN Alejandro Raizman, uno de los gastronómicos detrás del proyecto. La casa estaba muy venida abajo, practicamente en ruinas, detonada, se sinceró. Leé también: Es francés, recorrió la Patagonia esquilando ovejas y abrió en San Telmo un típico bistró parisino Pero no se trataba de un simple plan de negocios, acá había algo más profundo que supo convencer a los cuatro amigos, Había una historia de amor, un flechazo. Durante años, Nicolás Peria, otro de los socios, pasaba a diario delante de la casa en su camino al trabajo y soñaba. Cada vez que pasaba por ahí pensaba: mirá lo que se podría hacer acá, recordó. Durante años, la fantasía quedó en eso. Hasta que un detalle lo cambió todo: el cartel de venta en la fachada se transformó en uno de alquiler. Lo que parecía inalcanzable dejó de serlo y entonces no lo dudaron. El viernes vimos el cartel y el sábado ya la habíamos reservado, dijo Ale. Lo que descubrieron cuando pisaron el lugar los dejo pasmados: si bien era grande el daño, había pisos de madera con incrustaciones, una grandilocuente escalera de roble de Eslovenia, impactantes ventanales y un hermoso jardín: es decir, todo el estilo y la elegancia de principios de siglo XX. Así empezó la historia de Casa Bogotá, un restaurante que no solo recuperó una propiedad emblemática, sino que terminó tocando una fibra sensible del barrio. Leé también: Una granja, 30 comensales y una mesa hecha en la tierra: la cena más radical del año Casa Bogotá: la restauración de una casona histórica en Floresta La casona, obra del arquitecto Italiano José J. Barboni, no era una más. Pertenecía a la familia Saralegui, muy conocida en la zona, y durante décadas fue un punto de referencia en Floresta. Su primer dueño, Antonio Saralegui, fue un ingeniero agrónomo y pionero en la agrimensura aérea. Su hija Lucía fue una acuarelista y tenía su taller en una de las habitaciones. En cuanto a Ramón, el último habitante, era famoso en el barrio por el cuidado de su jardín y por devolverle la pelota a los chicos que jugaban al fútbol en la plaza de enfrente. Es una casa icónica. Todo el mundo en el barrio tiene una historia con ese lugar, contó José Muñoz, sommelier y socio del restaurante. Pero el paso del tiempo no perdona: los últimos años la habían dejado en un estado crítico. Y el entusiasmo inicial chocó pronto con la realidad: la casa tenía protección patrimonial máxima. No podíamos tocar nada. Eso lo volvía todo más caro, más lento y más complejo, explicó Alejandro. Pero lo que podía haber sido un punto final terminó siendo un motor: En lugar de frenarnos, abrazamos el desafío. Y entonces fue cuando apareció la primera decisión clave del proyecto, los cuatro amigos no venían a reciclar la casa, sino a restaurarla: Queríamos que volviera a tener el esplendor que supo tener. La diferencia no es menor. Reciclar implica intervenir, transformar, incluso borrar. Restaurar, en cambio, exige respeto, paciencia, escucha y, muchas veces, resignar comodidad. No adaptamos la casa al proyecto: adaptamos el proyecto a la casa, explicaron. Leé también: La torta de ricota de Gino: el secreto mejor guardado de La Paternal que conquistó todo Buenos Aires Patrimonio, trabas y una apuesta a contramano El proceso fue largo: casi un año de trámites, aprobaciones y anteproyectos antes de poder empezar la obra. Tuvimos que demostrar no solo qué íbamos a hacer, sino cómo íbamos a cuidar la casa, contó Ale. El resultado es una restauración minuciosa donde cada detalle desde los ambientes de techos altos hasta la cocina original fue respetado. La imponente escalera fue totalmente pulida a mano. En el llamado salón dorado, aún se puede apreciar el empapelado original que le dio su nombre a la habitación. El jardín que era el orgullo de Ramón volvió a llenarse de plantas. La casa tiene tanta potencia que no había que agregarle nada. La casa habla por sí sola, sostuvo Nico. Un restaurante que busca devolverle identidad al barrio Si algo no esperaban con tanta intensidad era la reacción de los vecinos. Hay gente que viene emocionada, casi llorando, afirmó Muñoz. Muchos entran por primera vez después de décadas mirando desde afuera. Hay personas que esperaron 40 o 50 años para cruzar esa puerta, sostuvo. La restauración no solo recuperó una propiedad: reactivó una memoria colectiva. Casa Bogotá vino a devolverle brillo a un barrio que lo había perdido, afirmó Ale al referirse a la zona, marcada por la transformación comercial y el avance de los galpones textiles. Mientras las antiguas casas del barrio desaparecen para dar lugar a edificios, locales y galpones, Casa Bogotá aparece como un gesto en sentido contrario. No solo pusimos en valor la casa: también el barrio y su historia, afirmaron los socios. A raiz de eso, el barrio tomó otra luz, otro impulso. Una casa que vuelve a vivir Hay algo difícil de explicar en términos técnicos, pero que los cuatro socios repiten. Sentir que la casa volvió a vivir es muy potente, sostuvieron. Incluso Daniela Lobeto, la cuarta socia que volvió a la Argentina tras décadas en Italia para hacerse cargo de la cocina, lo lleva a un plano más íntimo: Cada mañana, cuando abro la puerta, yo siento que la casa agradece haberla puesta en el lugar dónde está hoy. La frase puede sonar poética, pero toma sentido cuando aparecen historias como la de un comensal que es concertista del Teatro Colón e hijo de una antigua ama de llaves que, décadas después, volvió a tocar el piano allí donde había aprendido de chico. La gente entra como si estuviera entrando en la historia, y suma la historia propia, eso es la magia de ese lugar, opinó Muñoz Comer como viajar: el brunch de 10 pasos que redefine los domingos en Buenos Aires La cocina de Daniela combina raíz italiana- pescado, vegetales, carnes, y pastas de elaboración propia-, con productos locales y una búsqueda sensorial. La idea es hacerte viajar desde la comida. Queremos llevar el mundo a la mesa, en pequeñas dosis, explicó. También hay algo familiar en los platos, algo de comida casera y ochentosa , platos tradicionales adaptados a los días de hoy, siempre con una vueltita de tuerca en cuanto a sabores o productos más experimentales. Cuando me dicen que lo que comieron los hace acordar a lo que les hacía su abuela, es un orgullo, sintetizó Daniela, que ya está armando la carta de otoño junto a Nicolás. El restaurante hace meriendas y cenas pero si hay un hit dentro de Casa Bogotá, es el brunch de 10 pasos de los domingos ($40.000), que cambia todas las semanas y alterna platos dulces y salados. Entre los que ya desfilaron por las mesas del jardín gastronomico hubo desde una tatin de puerro hasta una torta chajá, un sandwich de milanesa de cerdo y un crispy de coliflor con hummus de remolacha, un maki de salmón rodsado, ñoquis a la parisienne, un nido Dubai o una mousse de dulce de leche. cremosa, profgunda y bien argentina. Queríamos algo distinto a todo lo que ofrece el mercado, explicó Daniela, que describió su brunch como una montaña rusa de sensaciones que abre el paladar . El menú no apunta a lo obvio. Al contrario: busca correrse del pedido seguro. La gente prueba cosas que nunca hubiera elegido por su cuenta, afirmó. El formato transforma la salida en un plan en sí mismo: No es solo comer, es una experiencia de dos horas, queríamos que sea una linda excusa para que la gente dedique un domingo a venir a a brunchear. Una llave para entrar (y quedarse) Nada en Casa Bogotá es casual, ni siquiera el logo: una llave. La idea detrás, es que te damos la llave para que entres y también formes parte de esta historia. No es solo un restaurante, es una casa abierta. En más de un momento, los propios socios lo dicen sin filtro: Restaurar la casa y abrir el restaurante era una locura y sigue siendo una locura. Pero no cualquier locura: es una locura linda. El proyecto, alejado de los polos gastronómicos tradicionales, exige tiempo, cuerpo, energía y una dedicación total de los cuatro socios para que salga. Si no tenés pasión, te lleva puesto, resumieron. Leé también: Una cocina le cayó encima cuando tenía un año y hoy es uno de los mayores chefs del país: Fue el destino Por eso, cuando buscan una síntesis, Ale, Nico, Dani y José no hablan de números, ni de éxito. Muñoz, el sommelier, recorre la cava en busca de una botella, un espumante de Susaba Balbo que habla de algo más simple y más difícil: tener la Osadía de crear. Tuvimos la osadía de creer en el proyecto y de crear un espacio y un lugar. El desparpajo con el que lo hicimos y el amor que le pusimos creo que está dando sus frutos. Y eso lo vemos con el cariño que recibimos del barrio y los comensales, cerró.
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