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» Clarin
Fecha: 24/03/2026 07:01
La democracia no se hereda, se aprende. A 50 años del golpe de Estado de 1976 en Argentina, retornan las imágenes más oscuras de nuestra historia y también el recuerdo de pequeños y grandes actos heroicos de tantos que lograron vencer el miedo y abrazar la verdad y la libertad. Entre ellos aquel artículo de María Elena Walsh publicado en las páginas de este diario en agosto de 1979: Desventuras en el país jardín de infantes. En ese texto, emblemático y valiente, ella denuncia el horror de las mentes silenciadas por la censura y la persecución, el tutelaje brutal de la imaginación y ruega Déjennos crecer. ¿Hemos crecido? Desde la recuperación democrática, la educación argentina ha crecido notablemente en términos de acceso y expansión en todos los niveles educativos, pero se trata de una democratización segregada con fuertes desigualdades regionales, entre escuelas y al interior de las escuelas. Y, aunque se renovaron el curriculum y los sistemas de convivencia institucional, existen profundos déficit en la calidad de los aprendizajes fundamentales. Las evaluaciones internacionales PISA que se aplican a estudiantes de 15 años, contienen un apartado de resultados a los que se ha prestado poca atención en la frondosa cobertura mediática de estas evaluaciones. En 2022, la última edición publicada de estas pruebas, sólo el 1% de los estudiantes argentinos pudo distinguir hechos de opiniones en un texto. Ese exiguo porcentaje de estudiantes es el que llegó a los niveles superiores de desempeño en lectura que implica comprender textos extensos, manejar conceptos abstractos o contrarios a la intuición, y establecer distinciones entre hechos y opiniones basadas en señales implícitas del contenido y la fuente de la información que está en el texto. Pero el panorama argentino se vuelve aún más grave cuando se advierte, además, que solo el 45% de los estudiantes alcanza siquiera el nivel mínimo de lectura. Es decir: la inmensa mayoría no está fallando sólo en distinguir hechos de opiniones en textos complejos, es que no llega siquiera a comprender el texto básico. Distinguir hechos de opiniones es la operación cognitiva básica de la democracia. Porque una democracia requiere ciudadanos que puedan evaluar a sus representantes, leer un discurso político, analizar una noticia, distinguiendo dato de relato. Sin esa capacidad, no hay deliberación posible, hay solo adhesión o rechazo emocional. Vale la pena no caer en una conclusión fácil. La incapacidad de distinguir hechos de opiniones en textos escritos complejos, no equivale a ausencia total de racionalidad. No es que nuestros jóvenes no puedan pensar en absoluto: es que no tienen entrenamiento sistemático en ese tipo específico de lectura crítica que la democracia necesita. Los jóvenes argentinos, como los de cualquier sociedad, desarrollan algunas formas de escepticismo práctico, de lectura de situaciones sociales, de evaluación de personas y acciones que no se miden con exámenes estandarizados. Lo que PISA mide es específicamente la capacidad de hacer eso con textos, que es la forma en que funciona el debate político moderno, la prensa, las redes sociales, los discursos institucionales. Y en ese terreno concreto, el déficit es real y tiene consecuencias políticas. La desinformación, que hoy es uno de los problemas más serios para las democracias, no opera en el vacío. Opera exactamente en el espacio que deja la ausencia de lectura crítica. En tiempos de posverdad, donde prevalece la opinión por sobre la información, la emoción por sobre el argumento racional, los algoritmos por sobre la evidencia empírica, aprender a distinguir entre hechos y opiniones es una verdadera batalla cultural de nuestro tiempo. ¿Será este problema el que busca resolver la Oficina de Respuesta Oficial de la República Argentina creada recientemente por el gobierno? ¿Qué diría María Elena Walsh sobre este organismo y su curioso nombre? La democracia tiene que nacer de nuevo en cada generación, y la educación es su partera, escribió el filósofo norteamericano John Dewey, hace 110 años. Su pensamiento sigue extraordinariamente vivo y esta frase sintetiza el sentido más profundo de su aporte: la democracia es un aprendizaje. La democracia no se hereda pasivamente; si no se cultiva en cada generación, retrocede, se contrae. Para Dewey, la democracia es ante todo una forma de vida asociada, una manera de convivir y de crecer juntos y es la escuela la institución llamada a desarrollar las capacidades indispensables para la vida democrática, entre ellas la capacidad de distinguir, por sí mismo, hechos de opiniones. Proteger las escuelas es entonces la principal misión de un liderazgo político verdaderamente democrático. Hoy, en las escuelas argentinas hay estudiantes cuyos padres y madres en su enorme mayoría nacieron en democracia. Dos generaciones nacidas y criadas en democracia deben, sin embargo, asumir el trabajo cotidiano de hacerla renacer. Si esto no ocurre, estaremos condenados a vivir en alguno de los territorios distópicos y absurdos que, con maestría, imaginó María Elena Walsh, En el país de no me acuerdo o en el Reino del Revés y no dejaremos de repetir las dos palabras célebres del personaje de Dailan Kifki: ¡estamos fritos! Sobre la firma Newsletter Clarín
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