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  • Boca construye la idolatría de Leandro Paredes entre el cariño popular, la urgencia de referentes y el desafío de la Libertadores

    » La Nacion

    Fecha: 05/01/2026 11:04

    Boca construye la idolatría de Leandro Paredes entre el cariño popular, la urgencia de referentes y el desafío de la Libertadores El perfil reúne casi todos los atributos: calidad futbolística, buena presencia, identificación con el club, la devoción de los chicos que crecieron viendo a Argentina campeón del mundo, la aclamación de la platea femenina, contratos publicitarios, tapas de revistas de moda, de actualidad y del corazón. El biotipo de futbolista que toda institución desearía. El problema es el camino elegido: primero se construyó la idolatría -repentina, exagerada y forzada- y recién ahora llega el momento de justificarla. Fue el propio club el que se ocupó de impulsarla, y el hincha, urgido por la falta de referentes, terminó aceptándola sin demasiadas preguntas. Después de varios intentos fallidos y de liderazgos que no estuvieron a la altura, con jugadores que parecían llamados a marcar una época y terminaron marchándose por la puerta de atrás, Leandro Paredes aparece como la apuesta de la dirigencia, no solo para liderar al equipo en el campo, sino también para encarnar la imagen de un Boca en reconstrucción, con la Copa Libertadores como objetivo central. El temor, a nivel interno y también entre los hinchas, es repetir el antecedente de Edinson Cavani. El uruguayo también colmó la Bombonera en su presentación y recibió un trato de ídolo aun antes de debutar. La barra, históricamente funcional a los intereses dirigenciales, le dedicó el clásico ¡uruguayo, uruguayo! el día de su llegada, sin que hubiera disputado un solo partido oficial. Cantó por sus goles y hubo ovaciones cada vez que su nombre sonaba por los parlantes del estadio. El efecto contagio alcanzó al resto del público, pero su bajo nivel fue enfriando el vínculo con la gente, pese a los esfuerzos del presidente Juan Román Riquelme por colocarlo en un pedestal: hoy su presencia resulta casi inadvertida, repitiendo el camino de otros futbolistas con trayectoria que, por distintos motivos, desperdiciaron la chance de dejar una huella. El último en portar el rótulo de ídolo Carlos Tevez, que ya lo era antes de su regreso en 2015, aunque puso esa condición en riesgo cuando decidió irse a China. Para encontrar otro caso hay que remontarse a Rolando Schiavi, campeón de América y del mundo con Boca y ganador de nueve títulos, retirado con honores a fines de 2012, o hasta Martín Palermo, máximo goleador histórico del club, que colgó los botines en 2011. Desde entonces, varios dilapidaron su oportunidad. Agustín Orion y Daniel Cata Díaz, muy queridos en su momento, quedaron marcados por la eliminación ante Independiente del Valle en la Libertadores 2016 y se marcharon con más pena que gloria. Darío Benedetto, venerado en su primera etapa, erosionó casi por completo su imagen en la segunda, entre escándalos extrafutbolísticos y un nivel muy flojo. Cristian Pavón, figura central del bicampeonato con Guillermo Barros Schelotto, pasó de titular en el Mundial de Rusia a irse libre y enfrentado con la dirigencia. Sergio Romero y Marcos Rojo tampoco capitalizaron su chance: el arquero, decisivo para alcanzar la final de la Libertadores 2023, bajó considerablemente su rendimiento en 2024 y no volvió a jugar tras un cruce con un plateísta luego de una derrota con River; el defensor sumó reiterados actos de indisciplina y se fue en conflicto con la conducción del club y el cuerpo técnico de Miguel Russo. Cavani, que apenas pudo participar del Mundial de Clubes por una lesión, terminó de tensar su relación con los hinchas a partir de sus declaraciones posteriores a la eliminación frente a Auckland City, cuando afirmó que la de Boca no había sido una actuación decepcionante. Paredes llegó, entonces, a ocupar ese vacío. Es lo que los psicólogos denominan sustitución afectiva: ocupar rápidamente con otro vínculo el lugar emocional que dejó una pérdida, sin el tiempo necesario para construirlo. No es un fenómeno nuevo en el fútbol, aunque en Boca se volvió más frecuente. Un caso comparable fue el de Diego Milito en Racing: suplente en el equipo campeón de Carlos Merlo y con 37 goles en 149 partidos al momento de su partida a Europa, al volver el club encontró en él un líder espiritual y futbolístico, aun cuando sus mayores logros habían sido fuera del país. En su primera etapa en el club, entre 2010 y 2013, Paredes disputó 31 partidos -14 como titular-, convirtió cinco goles y cerró ese ciclo como suplente de Riquelme. En ese período sumó dos títulos: el Apertura 2011, con escasa participación, y la Copa Argentina 2012, en la que solo jugó un minuto. Partió a préstamo a la Roma, que luego lo cedió al Chievo Verona. Tras su explosión en Europa y la selección, el hincha le tomó cariño. Y, ante la orfandad de ídolos, le perdonó incluso haberse tomado vacaciones durante el Mundial de Clubes, aun con todo acordado para incorporarse, en un contexto en el que Boca enfrentaba a rivales de peso como Bayern Munich y Benfica, mientras el volante, entre otras actividades, jugaba picados con amigos en Estados Unidos. Su presentación a estadio lleno, con entrada gratuita, funcionó como un salvoconducto para una dirigencia cuestionada tras la experiencia en el Mundial de Clubes. Y si bien Boca mostró una leve mejora desde su llegada, especialmente por la influencia en la pelota parada -ocho goles llegaron por esa vía-, el equipo fue irregular y no consiguió títulos: quedó afuera con Atlético Tucumán en la Copa Argentina el día de su debut como titular y cayó en las semifinales del Clausura ante Racing. Durante ese tiempo, el club buscó por todos los medios potenciar su figura. Ante Newells, en octubre pasado, la barra colgó una bandera gigante con su rostro, obra de la facción del barrio de La Boca, la misma que en 2023 había confeccionado un telón similar para Cavani. Más allá de lo forzada que resultó la búsqueda por consolidarlo como ídolo, Paredes sí asumió el rol de líder puertas adentro. Fue sostén del cuerpo técnico durante la enfermedad de Russo y en las primeras semanas del ciclo de Claudio Ubeda, pese a sus visibles gestos de inconformismo por la salida de Exequiel Zeballos en la derrota frente a Racing. También se convirtió en una referencia para el resto, organizando asados mensuales en su casa, cobijando al propio Zeballos y ayudándolo a cambiar el chip, tomando de algún modo el lugar que el club le asignó. El primer día de entrenamientos, además, mantuvo una charla a solas con Ubeda para alinear el trabajo y transmitirle el respaldo del grupo. El capitán volvió a los 31 años con el deseo de consagrarse en Boca y cumplir el sueño de hincha de alzar la Copa Libertadores, para afianzar esa idolatría que pocos tienen, que asumió con naturalidad, y que ahora deberá legitimar en la cancha.

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