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» La Nacion
Fecha: 07/01/2026 03:25
Protagonista de una de las imágenes más recordadas del rugby, hoy vive en Mendoza y reflexiona sobre el error que marcó su carrera y su nueva vida - 9 minutos de lectura' Federico Méndez es, para muchos, una imagen congelada en el tiempo: un golpe seco, un rival en el suelo y una piña que recorrió el mundo como símbolo del temperamento del rugby argentino de otra época. Esa postal, repetida hasta el cansancio, suele eclipsar todo lo demás. Sin embargo, detrás de ese instante hay una vida extensa, compleja y profundamente atravesada por el deporte, pero también por el aprendizaje, el error, el silencio posterior y la reconstrucción. Hoy, a los 53 años, Federico Méndez vive en Mendoza, es desarrollador inmobiliario, padre de familia y un hombre que, aunque se retiró del alto rendimiento hace dos décadas, nunca se fue del todo de la cancha. Su vínculo con el rugby sigue intacto, aunque transformado: ya no desde la exigencia del resultado inmediato, sino desde la transmisión de valores, la formación y el acompañamiento. Andate a jugar al rugby, así te cansás y no molestás tanto Federico nació en Mendoza en el año 1972 y el deporte lo llevó a vivir por muchos lugares del mundo: Australia, en Francia, Sudáfrica, Inglaterra. El rugby había aparecido temprano en su vida, casi como una necesidad familiar. Tenía un primo que jugaba en el Mendoza Rugby y empecé. En ese momento vivía en Buenos Aires con mis viejos, pero veníamos seguido. Y como molestaba mucho, era muy inquieto, me dijeron: bueno, andate a jugar al rugby, así te cansás y no molestás tanto. Tenía apenas cuatro años cuando pisó por primera vez una cancha. Y prácticamente no me acuerdo el primer día que fui a jugar al rugby, porque era muy chico, señala. Ese juego que empezó como una forma de canalizar energía se convirtió en una pasión total. Desde que tengo uso de razón que juego. Siempre fue mi primera pasión. Hizo todas las divisiones infantiles en el Mendoza Rugby y su ascenso fue vertiginoso: debutó en primera a los 16 años, integró el seleccionado de Mendoza a los 17 y llegó a Los Pumas a los 18. Fue bastante meteórico, resume. El año 1990 marcó un antes y un después. Federico tenía 18 años recién cumplidos, iba a 5to año del colegio Nacional de Mendoza y debutó en su primer test match con Los Pumas frente a Irlanda. No estábamos con la hiperconectividad como ahora ni en la inmediatez. Teníamos los canales 7 y 9 y el diario local para informarnos y nada más. Ese partido coincidió, además, con los últimos encuentros de Hugo Porta, una figura enorme del rugby argentino. Hicimos un try-scrum en Irlanda y era como la novedad: el pilar de 18 años y Hugo Porta, que era la figura más conocida. Llegamos a Inglaterra y las notas eran a Hugo y a mí, rememora. Ese golpe de exposición temprana también generó confusión. Por supuesto que me creó una confusión importante, reconoce. En la cancha, el partido se volvió tenso. Teníamos dominación con los forwards y los tres cuartos nos hacían tries por todos lados. Sentía un poquito de impotencia, evoca. Aquella piña contra Irlanda y una imagen que recorrió el mundo Hasta que ocurrió el episodio que lo marcaría para siempre, recuerda el entorno: Me pisaron fuerte la cabeza. Primero la panza, lo quise sacar, después me metieron una patada. No fue el mismo jugador. Y yo siempre digo que entré en el famoso estado de emoción violenta. Me metió una patada fuerte en la cabeza, me paré y al primero que vi se la pegué. Federico insiste en algo que repite como una necesidad: No fue una cosa premeditada. También contextualiza el momento histórico. Era el 90, ocho años después de Malvinas. Era el primer equipo oficial argentino jugando en Inglaterra. A mí, por supuesto, no me importó nada: fui y le metí una piña al inglés. Hasta temas diplomáticos hubo en el medio. La imagen recorrió el mundo y quedó asociada para siempre a su nombre. Años después, la historia tuvo un capítulo inesperado. Sí, hablé con él. Se llama Paul Agford. Era mucho más grande que yo. Después se retiró y fue periodista de rugby. Federico incluso conserva una foto juntos. Le pedí perdón, admite. Pero la relación no fue lineal. Tiempo después, jugando en Inglaterra, ocurrió otro episodio extraño que dice Federicopocos conocen. Había pasado lo de la mordedura de oreja de Tyson a Holyfield. En un scrum se levanta y aparece un jugador con la oreja colgando. Nos acusan a la primera línea. Yo no había sido, asegura. Agford escribió entonces una nota durísima. Decía: no traigamos terroristas sudamericanos a nuestro rugby. Federico tuvo derecho a réplica. Le dije: yo no fui, y si te veo en la calle te la pego de nuevo. Su carrera en Los Pumas se extendió desde 1990 hasta 2005, quince años ininterrumpidos. Vivió la etapa amateur, la transición y el profesionalismo pleno. El rugby se hizo profesional el 1 de enero del 96. Me tocó vivir todas esas etapas, reconoce. Fue pionero en varios aspectos: Fui el primero que fue a jugar a Sudáfrica como profesional, el primer Puma que lo hizo. Antes había sanción: si cobrabas afuera, no podías jugar en la Selección. También fue el primero en ser contratado en Inglaterra y en ganar la Copa Europa. Así que agradecido. Agradecido, repite. El retiro llegó en 2005 y con él, el gran desafío. Cuando uno es deportista de elite y muchos años representaste a tu país, te acostumbrás a que haya mucha gente alrededor preocupada por vos. Yo me resfriaba y tenía tres personas llamando, recuerda. Cuando eso se termina, aparece el silencio. Es como que hay un silencio. Cuando sos deportista, la vida es al contado También cambia la lógica de la vida. Cuando sos deportista, la vida es al contado: ganás un partido y estás bien, perdés y estás mal. Cuando terminás y emprendés, los objetivos son a largo plazo. No sabés si estás haciendo las cosas bien o mal, reflexiona. Para Federico, ahí está uno de los grandes riesgos del retiro. Muchos se quedan mirando el espejo retrovisor, mirando lo que fueron. Y hay que entender que en la vida te dan dones para ser bueno en algo, no en todo. A los 35 años, cuando un jugador se aleja, todavía hay futuro. Tenés toda la vida por delante. Lo importante es tener objetivos. Muchos deportistas se deprimen porque no encaran esa etapa, advierte. En su caso, eligió quedarse en Mendoza. Después de haber vivido por todos lados, tuve la opción de elegir y elegí mi lugar en el mundo, que es Mendoza, porque tengo mis amigos, mi familia, señala con orgullo. Durante la charla con La Nación, en un café del barrio Dalvian, donde vive desde hace años, Federico fue interrumpido una y otra vez por saludos. Gordo, hola gordo, Fede, le dicen personas que simplemente lo reconocen al pasar. En menos de una hora, numerosos conocidos, vecinos y amigos se acercaron a estrecharle la mano o a cruzar unas palabras. Él responde a todos con la misma naturalidad y cercanía, sin apuro ni pose, como alguien que sigue siendo parte del paisaje cotidiano mendocino, aun cuando su nombre haya recorrido el mundo del rugby. Para él, los lugares son las personas. Más allá de la infraestructura o las bellezas naturales, lo que más me tiró siempre es la gente, dice, en relación a Mendoza. Esposo de Cecilia, papá de Ceferina y humano de Sara, una perra compañera Su vida personal también encontró estabilidad. Está en pareja hace 22 años con Cecilia Lamantía. Me bancó muchísimo. Inclusive vivió conmigo en Sudáfrica. Tienen una hija, Ceferina, de 10 años. Juega al hockey en Los Tordos, cuenta. Y una perra, Sara. Hoy, Federico acompaña a su hija desde otro lugar. Soy un padre más. Los protagonistas ahora son los hijos. Yo ya viví mi vida de deportista. Su rol es acompañar. Que disfrute los amigos, los viajes y el deporte que es increíble, sobre todo los deportes colectivos, opina. Sigue creyendo profundamente en el rugby como escuela de vida. No es el técnico, es el entrenador. Es una persona que te enseña integralmente. No solo las reglas del juego, sino el espíritu del juego. Ese espíritu, dice, es lo que hace que un deporte de alto contacto no sea peligroso. Te enseñan a respetar al rival, al árbitro, a ser caballero. Aunque ya no entrena de forma permanente, volvió a colaborar recientemente con la primera del Mendoza Rugby. Como despuntando el vicio, admite. El vínculo sigue ahí. Sus padres, Eduardo Méndez, geólogo mendocino, e Iris Aspillaga, nacida en Pamplona, fallecieron jóvenes. Mi viejo a los 60, mi mamá a los 64. Pero alcanzaron a verlo brillar. Sí, se fueron orgullosos, confiesa. Tiene dos hermanos, Pablo y Elisa, con quienes además de la familia comparte proyectos laborales. La piña quedó en la historia. Pero Federico Méndez es mucho más que eso. Es la historia de un hombre que aprendió a convivir con el error, a reconstruirse después del retiro y a entender que la identidad no se pierde cuando se cuelga la camiseta. Solo cambia de lugar. Una ciudad empresarial con fuerte impronta social Cuando terminé mi carrera tenía la opción de dedicarme al rugby o no. Inclusive me ofrecieron entrar al scrum de los Pumas en Sudáfrica y decidí quedarme acá. En ese momento ya tenía un emprendimiento vinculado al vino, una bodega que luego vendió, y apenas un año después de su retiro, en 2006, inició una nueva etapa como desarrollador inmobiliario. Comenzó con los edificios Newlands, en la Quinta Sección de Mendoza Newlands 1, 2 y 3, sobre las calles Granaderos y Agustín Álvarez, junto a un socio inglés, Richard Brake, radicado en Sudáfrica. De esa sociedad surgió también un concepto que trajeron desde ese país: una ciudad empresarial con fuerte impronta social. Actualmente, Méndez trabaja en la expansión de ese modelo y está a punto de inaugurar uno en el barrio donde vive, un desarrollo que combina oficinas de categoría con servicios pensados para mejorar la calidad de vida cotidiana gimnasio, restaurantes, cafés y espacios de encuentro, bajo una misma idea: que el trabajo también sea un lugar para socializar.
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