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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 31/08/2025 04:52
En la segunda mitad del siglo XIX, Argentina experimentó un punto de inflexión que la llevó de la fragmentación, pobreza y barbarie al umbral de la modernidad en menos de 50 años (Foto: Reuters) En la segunda mitad del siglo XIX, Argentina experimentó un punto de inflexión que la llevó de la fragmentación, pobreza y barbarie al umbral de la modernidad en menos de 50 años. La victoria de Caseros en 1852 marcó el inicio de una nueva arquitectura institucional y económica que, en pocos años, transformó un territorio periférico en una de las economías más dinámicas del mundo. Hoy, Argentina se encuentra nuevamente ante una encrucijada histórica de magnitud comparable: debe romper con un pasado que hipoteca su desarrollo. A mediados del siglo XIX, el mundo vivía una mutación estructural sin precedentes. El surgimiento de la libra esterlina como moneda global, junto con la abolición de las Corn Laws que abrió el mercado británico a las materias primas, y el tratado Cobden-Chevalier, generaron un primer acuerdo de libre comercio entre Francia y Gran Bretaña que luego integró a toda Europa. Este fue el inicio de una globalización sin precedentes, donde la City de Londres se convirtió en el epicentro del capitalismo mundial. Desde allí, el mundo no se gobernaba con ejércitos, sino a través de contratos, crédito y confianza. Ese nuevo orden global resultaba imposible de contener y aquellos que lograban alinearse a él encontraban una vía directa hacia la prosperidad. El nuevo orden global resultaba imposible de contener y aquellos que lograban alinearse a él encontraban una vía directa hacia la prosperidad En ese entonces, Argentina era pobre, caótica y carecía de crédito, prácticamente olvidada por Dios. Además, desde 1824 arrastraba un default que la mantenía apartada del mundo. Sin embargo, Bartolomé Mitre comprendió un aspecto esencial: sin “credere”, sin confianza, un proyecto de Nación resultaba inviable. Por este motivo, en 1858, cuando aún era gobernador, envió a Norberto de la Riestra a la City londinense con una misión desafiante: recuperar la fe en el país. En 1858, cuando aún era gobernador, envió a Norberto de la Riestra a la City londinense con una misión desafiante: recuperar la fe en el país. Contra todos los pronósticos, la renegociación de la deuda tuvo éxito (Foto: Reuters) Contra todos los pronósticos, la renegociación de la deuda tuvo éxito. Argentina volvió a ser confiable para la City, lo que permitió la llegada de inversión, comercio e inmigración masiva que transformaron al país en una tierra próspera. Aquella gesta fundacional fue la piedra angular de lo que siguió. El respeto irrestricto a la propiedad privada, la apertura al capital extranjero, el equilibrio fiscal y la voluntad de cumplir contratos incluso en crisis se convirtieron en pilares de la llamada Generación del 80. Luego, bajo Nicolás Avellaneda y Julio Argentino Roca, Argentina se consolidó como un socio confiable para el capital británico, pero sobre todo, como un país que decidió dejar atrás la barbarie mediante instituciones creíbles. El resultado fue un proceso de crecimiento que transformó a Buenos Aires en una de las grandes capitales del mundo. Así como en 1858 resultó decisivo recuperar el crédito en la City londinense, ahora lo es reconstruir la confianza en Wall Street y en los mercados globales Más de un siglo después, Argentina enfrenta su destino, pero no luchando contra un tirano, sino contra la decadencia institucional, el default celebrado como victoria y la violación de contratos camuflada bajo el discurso de la soberanía. Así como en 1858 resultó decisivo recuperar el crédito en la City londinense, ahora lo es reconstruir la confianza en Wall Street y en los mercados globales. El paralelismo con la actualidad refundacional resulta evidente. Antes, la Pax Británica y el patrón oro impulsaban la globalización comercial y la Segunda Revolución Industrial; hoy, la Pax Americana se asienta sobre un dólar que circula en mercados financieros abiertos, una interdependencia productiva profunda y la Cuarta Revolución Industrial como motores de desarrollo. El progreso nacional en el siglo XIX requirió conectar el país con inversiones ferroviarias y frigoríficos que permitieron exportar carne congelada a Europa; en el siglo XXI, el desafío consiste en atraer inversiones El progreso nacional en el siglo XIX requirió conectar el país con inversiones ferroviarias y frigoríficos que permitieron exportar carne congelada a Europa; en el siglo XXI, el desafío consiste en atraer inversiones a Vaca Muerta para exportar energía, desarrollar el distrito Vicuña para exportar cobre y construir extensas granjas de data centers en la Patagonia para sumarse a la revolución de la inteligencia artificial. En ambas épocas, la condición fundamental permanece: el credere. El verdadero legado de la Generación del 80 no fue únicamente la Constitución de Juan Bautista Alberdi, la expansión territorial con Roca, la inmigración masiva o la riqueza del modelo agroexportador. El gran legado consistió en comprender que un país vale tanto como su palabra. Cumplir con deudas y respetar contratos no fue una concesión a intereses extranjeros, sino un acto de soberanía. La autonomía de una nación se fundamenta en su credibilidad. Como escribió Carlos Pellegrini en plena crisis de 1890: “Los pueblos que olvidan que las deudas deben pagarse, por grandes que sean los sacrificios, se suicidan”. El desafío que enfrenta el país consiste en recuperar la confianza, restablecer el crédito y volver a honrar los contratos El desafío que enfrenta el país consiste en recuperar la confianza, restablecer el crédito y volver a honrar los contratos. Son pasos ineludibles para dejar atrás décadas de decadencia y abrir la senda hacia la prosperidad. Tal como hace 150 años en Caseros se destruyó la tiranía y Mitre integró al país en el mundo victoriano, corresponde ahora a nuestra generación romper con el ciclo de defaults e ilusiones populistas, para que la Argentina recupere su credibilidad. Porque sin credere, no hay futuro. Sin credere no hay soberanía. Sin credere no hay Nación. El autor es Director de Negocios Latam de Abeceb
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