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  • IA en el trabajo: entre la adaptación constante y el miedo a sentirse obsoleto

    Gualeguaychu » El Dia

    Fecha: 02/05/2026 18:16

    La irrupción de la IA y su capacidad para resolver tareas complejas en pocos segundos supuso un salto cualitativo para el mundo del trabajo. Su crecimiento vertiginoso y exponencial pareciera no tener límites, y lo que algunos ven con fascinación tecno-utópica otros sienten como un sacrificio a los aspectos más humanos de toda labor: el pensamiento elaborado y el impulso creativo. El miedo a que las máquinas nos reemplacen no es algo nuevo. A lo largo de la historia, cada gran salto tecnológico trajo consigo el temor a que nuestros conocimientos y habilidades técnicas ya no sirvan, poniendo en jaque el sentido mismo de nuestros trabajos o bien volviéndolos algo poco eficiente y costoso para el capital. El antecedente más recordado quizá sea el Movimiento Ludita de principios del siglo XIX. Entre 1811 y 1816, en pleno inicio de la Revolución Industrial, artesanos textiles de Inglaterra vieron sus oficios amenazados por la aparición de los telares mecánicos, que producían mucho más rápido y barato. Fue así que entraban a las fábricas por la noche para destruir las máquinas a martillazos; una protesta no contra la tecnología en sí sino contra el uso que se le daba para degradar sus condiciones laborales y reducir los salarios. Más cerca en el tiempo, en las décadas de 1950 y 1960 apareció la maquinaria automatizada compleja, que generó preocupación por la eliminación de trabajos manuales. Se popularizó la idea de que los robots industriales provocarían un desempleo masivo. De manera similar pasó en los años 70 y 80 con la llegada de los ordenadores personales a las oficinas: se pensaba que las computadoras realizarían tareas administrativas, contables y de gestión, eliminando masivamente los empleos de cuello blanco. También pasó en los 90 y en la primera década del 2000 con la Era Digital y su protagonista, el Internet, que efectivamente puso en riesgo y reconfiguró profesiones basadas en la intermediación de información, como agentes de viajes, administrativos y teleoperadores. Un ejemplo claro es que ya no hace falta la presencia física en la gestión de servicios bancarios y comerciales. En los últimos años, fue la Revolución de la Inteligencia Artificial la que trajo consigo un nuevo momento de ansiedad e incertidumbre en el plano social y laboral. Esta vez le pusimos nombre: el miedo a volverse obsoleto o FOBO, por sus siglas en inglés (Fear of Becoming Obsolete). Durante años, el temor a la automatización estuvo asociado a tareas repetitivas o fácilmente reemplazables. Lo que cambia ahora es la velocidad y el alcance de esta tecnología, que impacta tanto en tareas físicas como cognitivas. Si en el siglo XIX y XX se erosionaban oficios manuales cualificados y tareas administrativas, hoy se cuestiona el valor del trabajo intelectual y creativo: la imaginación y capacidad humana para idear, escribir, traducir, diseñar y hacer algo nuevo a partir de lo que otros hicieron antes. Todo aparece fácilmente delegable a la IA generativa, capaz de crear en pocos segundos contenidos originales texto, imágenes, música, audio, vídeo y código a partir de patrones aprendidos de grandes conjuntos de datos. Asimismo, en muchos casos, estos datos han sido recopilados sin consentimiento explícito, lo que plantea otro problema de base: la apropiación del trabajo colectivo como materia prima para modelos controlados por grandes corporaciones. Es decir, hoy no sólo se reemplaza el brazo del obrero en la fábrica o la asistencia de un empleado en una oficina, también se sustituye fácilmente la imperfecta y singular huella humana de distintas tareas intelectuales, artísticas y comunicacionales. Pero, además, esta vez somos los mismos trabajadores quienes caemos en la irresistible comodidad y conveniencia de utilizarla. En la era de la inmediatez, el burnout y la precarización laboral ¿Quién no quisiera ahorrar tiempo y energía? Por supuesto, nada es blanco y negro. La IA puede integrarse como una gran aliada en la investigación, la organización, la síntesis de información y la resolución práctica de varios problemas, sin delegar el pensamiento crítico, el criterio profesional, la intención creativa y la toma de decisiones por parte de las personas. En esa línea, suele decirse que la solución para los trabajadores es aprender a manejar mejor estas herramientas y así reconfigurar su rol laboral. Sin embargo, el temor a que la IA supere nuestra capacidad de adaptación y formación permanente persiste, sobre todo cuando los avances se producen a pasos agigantados y parecieran no tener límites. De esta manera, publicistas, periodistas, escritores, diseñadores y artistas -por nombrar sólo algunos oficios y profesiones- pueden ver cómo una buena parte de sus habilidades y capacidades para generar valor corren riesgo de ser reducidas a saber cómo ejecutar bien un prompt (dar una serie de instrucciones a la IA). En ese caso, una de las consecuencias de delegar prácticamente todo a la Inteligencia Artificial se traduce en la sensación de que nuestro intelecto, experiencia o conocimiento acumulado ya no parezca tan útil como antes. También está la pérdida de esa satisfacción o recompensa simbólica que toda persona experimenta al ver reflejado en el trabajo finalizado el fruto de su esfuerzo y capacidad. Algo parecido a lo que Karl Marx llamó la alienación (o enajenación) en el sistema capitalista: el proceso mediante el cual el trabajador se siente ajeno, extraño y despojado de los productos de su trabajo, de su actividad productiva, de su propia esencia humana y de sus semejantes. Pero más allá de esta lectura existe una consecuencia probada de dejar en manos de la Inteligencia Artificial las decisiones del día a día, de dejar de buscar soluciones, e incluso de delegar el pensamiento: el sedentarismo cognitivo. Cuando uno cede todo el tiempo una cierta capacidad a un dispositivo tecnológico, de a poco esa capacidad se va oxidando y se pierde. Eso no necesariamente es malo, porque capacidades perdidas también pueden dar lugar a nuevas capacidades. La pregunta es, ¿hasta qué punto? ¿Cuáles son esas capacidades que queremos conservar? La clave es ser crítico y consciente de eso, señala Diego Fernández Slezak, referente del mundo IA en Argentina, profesor e investigador, en un artículo publicado por la Universidad de Buenos Aires. Y concluye: La clave está en interiorizar esta idea de sedentarismo cognitivo. Que cuando uno elija hacerlo, lo haga de forma consciente. Un ejemplo de una tecnología disponible para todos es la del GPS. Su uso constante nos lleva a dejar de formar mapas mentales, dejar de planificar y establecer rutas. Es una capacidad que se puede perder, o dejar de aprender en las nuevas generaciones. Pero uno puede elegir cuándo la usa, y cuándo no, para no caer en el sedentarismo cognitivo. Así, mientras millones de trabajadores especializados tratan de adaptarse a la IA de la manera más equilibrada posible, persisten muchas dudas y pocas certezas: ¿Hasta cuándo y hacia dónde evolucionará esta tecnología? ¿Hasta qué punto los trabajadores podremos delegar nuestra mente a una máquina? ¿Quiénes se benefician de que cada vez sea más difícil distinguir lo real de lo ficticio? ¿Cuántos trabajos se perderán en comparación a los que se generen? En el mejor de los casos, sólo el tiempo lo dirá; y cuando lo haga, quizá ya exista un nuevo avance que sacuda otra vez nuestra forma de pensar el trabajo y corra aún más lejos el límite de lo posible. Útil pero amenazante: la paradoja de la IA en Argentina El avance de la tecnología en el ámbito laboral del país muestra una tendencia de crecimiento sostenido que convive con una inquietud cada vez más marcada entre los trabajadores respecto a la estabilidad de sus puestos frente a la automatización. Según el estudio anual sobre inteligencia artificial de Bumeran, el 57% de los empleados en Argentina usan IA para realizar su trabajo, lo que representa un incremento de dos puntos porcentuales en comparación con los registros de 2025. Esta adopción progresiva no es un fenómeno aislado, sino que se integra en un contexto donde la gran mayoría de los profesionales reconoce la utilidad práctica de estas innovaciones. Actualmente, un 99% de los encuestados califica a la inteligencia artificial como una herramienta útil o muy útil para el desempeño de sus funciones. Sin embargo, la mayor familiaridad con la tecnología ha traído consigo una percepción más aguda sobre los riesgos potenciales que implica para el empleo humano. A pesar de esta valoración técnica positiva, el temor al desplazamiento laboral ha ganado terreno en la conciencia de los trabajadores argentinos. Las cifras indican que el 41% de los empleados cree que la inteligencia artificial llegará a reemplazar la labor humana en el futuro cercano. Este sentimiento de desprotección o incertidumbre muestra una evolución ascendente, ya que en el relevamiento del año anterior la proporción de quienes sostenían esta creencia era del 36%. Los puestos que se perciben como más vulnerables ante este cambio de paradigma son aquellos relacionados con el marketing y la publicidad, donde un 19% de los casos ya reporta afectaciones por la IA. Los perfiles administrativos siguen de cerca con un 18%, mientras que tareas vinculadas a la redacción, la atención al cliente y el reclutamiento de personal registra un impacto del 9%. Ante este escenario, la respuesta de los trabajadores parece orientarse hacia la adaptación y la formación continua. El 92% de los empleados argentinos manifestó su intención de capacitarse para mantenerse actualizado en su área de especialización, mientras que un 95% busca adquirir nuevas habilidades que le permitan complementar el uso de la tecnología en lugar de ser sustituido por ella. El trabajo invisible: explotación y mano de obra fantasma detrás de la IA Detrás del brillo de la inteligencia artificial presentada muchas veces como una tecnología autónoma, casi mágica existe una infraestructura laboral global profundamente desigual. Una de las voces más relevantes para comprender este fenómeno es la de Milagros Miceli, socióloga y doctora en Ingeniería Informática, reconocida internacionalmente por sus investigaciones sobre el trabajo humano que sostiene el desarrollo de la IA. Incluida en la lista de las 100 personas más influyentes en inteligencia artificial de la revista TIME, su mirada introduce una crítica incómoda en medio del entusiasmo tecnológico: la IA no funciona sola, sino que depende de millones de trabajadores precarizados. Miceli ha centrado su trabajo en lo que denomina trabajadores de datos: personas que etiquetan imágenes, corrigen textos, moderan contenido o validan respuestas de algoritmos. Estas tareas son fundamentales para entrenar sistemas de aprendizaje automático, pero suelen realizarse en condiciones invisibilizadas, mal remuneradas y sin protección laboral. A través de investigaciones en países como Kenia, Venezuela o Madagascar, la autora documentó cómo este trabajo es tercerizado globalmente hacia regiones con menores costos laborales, replicando lógicas históricas de explotación propias del capitalismo global. Uno de los puntos centrales de su crítica es la construcción de un relato engañoso: la idea de que la inteligencia artificial es completamente automatizada. Según Miceli, esta narrativa oculta deliberadamente la intervención humana para sostener el mito de una tecnología autónoma y eficiente. En realidad, incluso los sistemas más avanzados requieren intervención constante: desde la curación de datos hasta la supervisión de resultados. En sus palabras, la promesa de automatización total es falsa, ya que la IA necesita el trabajo manual y precarizado de millones de personas. Las condiciones laborales de estos trabajadores revelan una forma contemporánea de explotación. Muchos operan como freelancers o bajo esquemas de microtareas, cobrando centavos por cada actividad completada, sin estabilidad ni derechos laborales básicos. Además, el trabajo suele implicar exposición a contenidos sensibles violencia, abuso, discursos de odio especialmente en tareas de moderación, lo que genera impactos psicológicos significativos. Este modelo ha sido caracterizado como una uberización del trabajo digital: flexible para las empresas, pero profundamente inestable para quienes lo realizan. Miceli también introduce una dimensión clave en el debate: el vínculo entre producción de datos y relaciones de poder. En sus investigaciones académicas, sostiene que los procesos de generación de datos no son neutrales, sino que están atravesados por intereses corporativos y estructuras de dominación. Las instrucciones que reciben los trabajadores, los criterios de evaluación y las métricas de rendimiento reproducen visiones del mundo impuestas por las empresas tecnológicas, lo que termina influyendo en los propios sistemas de IA. Es decir, la explotación laboral no solo afecta a las personas, sino que también moldea los resultados tecnológicos. Desde esta perspectiva, el auge de la inteligencia artificial no puede entenderse al margen del capitalismo contemporáneo. Miceli describe un modelo extractivo en el que las grandes compañías tecnológicas concentran beneficios mientras externalizan costos laborales y sociales hacia el Sur Global. La escala masiva de la IA que requiere enormes volúmenes de datos solo es posible gracias a esta disponibilidad constante de mano de obra barata y reemplazable. Su crítica, sin embargo, no se limita a la denuncia. También plantea la necesidad de repensar el desarrollo tecnológico desde una perspectiva ética y política: ¿quién produce la tecnología?, ¿en qué condiciones?, ¿y para beneficio de quién? Frente al discurso dominante que celebra la innovación sin cuestionamientos, Miceli propone visibilizar a estos trabajadores invisibles y construir modelos más justos, donde el conocimiento y el valor generado por la IA no se sostengan sobre la precarización. En definitiva, su trabajo desmonta una de las grandes ficciones del presente: que la inteligencia artificial es puramente artificial. Por el contrario, revela que en su núcleo hay trabajo humano muchas veces explotado que permanece oculto para sostener una de las industrias más poderosas del siglo XXI.

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