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Fecha: 26/04/2026 06:04
El anhelo no podía ser más claro y preciso: Los obispos deseamos que la celebración en la basílica de Nuestra Señora de Luján sea un punto de partida para renovar los vínculos fraternos entre todos los argentinos, como parte de un mismo pueblo, en homenaje agradecido a Francisco y para bien de todos. Consta en la carta de respuesta de los prelados al Presidente luego de que lo invitaron a la misa por el primer aniversario de la muerte del papa Francisco, pero como Javier Milei no podía concurrir por su viaje a Israel, les envió unas líneas destacando la figura del pontífice argentino. La carta de los obispos se difundió en simultáneo con la misa, así que los asistentes no conocían de antemano el deseo de los prelados. Aunque se lo podían haber imaginado. No solo porque la Iglesia viene predicando desde que los Kirchner instauraron la famosa grieta -y que Milei se ocupó de mantenerla con gran esmero- la necesidad de un clima menos confrontativo y más dialogante. Sino sobre todo porque una de las principales premisas de Jorge Bergoglio, primero como arzobispo y luego como papa, era la de avanzar en lo que llamaba la cultura del encuentro. Lo cierto es que el anhelo de los obispos estuvo lejos de cumplirse. Por el contrario, podría decirse -siendo misericordiosos- que las principales autoridades presentes tanto del oficialismo como de la oposición dejaron mucho que desear. Cuanto menos perdieron una oportunidad de mostrar una cultura cívica de la que la política vernácula carece desde hace mucho. Entre buena parte del gabinete nacional, por un lado, y el gobernador bonaerense Axel Kicillof y legisladores e intendentes peronistas, por el otro, no parecía que los separaba en el templo el pasillo central, sino el Muro de Berlín. Como chicos ofendidos que se ignoran cuando hacen la fila en el colegio, ni siquiera intercambiaban miradas cordiales. Cuando llegó el momento del saludo de la paz, parecían haber sufrido una súbita tortícolis porque no giraban hacia el otro sector para no tener que extenderle la mano a los políticos del otro bando. ¿Acaso pensaron que un gesto de humanidad con sentido religioso los iba a convertir en cómplices de sus enemigos políticos? ¿O simplemente creyeron que sería una muestra de debilidad? ¿Los libertarios temieron que se enojara Milei y los peronistas, Cristina? No obstante, hay que decir que quien se llevó las palmas de esta triste situación fue Victoria Villarruel. La Conferencia Episcopal -que agrupa a todos los obispos del país y era la que convocaba- había previsto la ubicación de las autoridades en base a un protocolo estándar (cuando se trata del tedeum patrio en la catedral el protocolo está a cargo de la presidencia porque es quien pide el oficio). Como desde la tarde anterior se sabía quienes iban a concurrir -incluida Villarruel-, fueron pegados en los primeros bancos papeles con el nombre de cada ocupante. Pero todo se complicó minutos antes de iniciada la misa cuando llegaron colaboradores de la vicepresidente y se vivieron escenas de tensión con personal de protocolo de la presidencia de la Nación. Aparentemente la disputa era por la ubicación de Villarruel. Espantados por la situación y tratando de que las diferencias se superaran, los organizadores les ofrecieron a los asistentes de la vicepresidencia diversas ubicaciones, incluido un sillón en primera línea, mientras que Villarruel supuestamente esperaba un acuerdo en las proximidades del templo. Finalmente, como es público y notorio, la vicepresidente no se presentó. Sus allegados explicaron lo que fue presuntamente el verdadero motivo: no quería aparecer junto al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, investigado por posible enriquecimiento ilícito, entre otras imputaciones. Optó por ir a la basílica porteña de María Auxiliadora, donde Jorge Bergoglio fue bautizado. Allí explicó su ausencia: Me pareció que la ceremonia se politizó y tenía un contenido que no era el recuerdo del Papa, en la que estaba lo peor de la casta. En paralelo, en la misa siguiente en la basílica porteña de San José de Flores, donde Jorge Bergoglio descubrió su vocación religiosa, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, se hacía eco del sainete: Más que nunca la Argentina necesita de la cultura del encuentro de la que tanto nos habló el Papa, necesita de la fraternidad. A ver cuándo la vamos a cortar con eso de mirarnos como enemigos porque pensamos distinto. Ni siquiera somos capaces de poder sentarnos en el mismo banco de una iglesia, lamentó. Leé también: A un año de la muerte de Francisco, Nelson Castro y Sergio Rubin revelan las anécdotas inéditas de su vida Como contrapartida -aunque la referencia pueda sonar forzada- una multitud de jóvenes e incluso adultos de diversa condición económica y pensamiento político colmó la Plaza de Mayo el fin de semana anterior para participar de un disruptivo homenaje a Francisco que unió música electrónica con mensajes del pontífice argentino bajo la conducción del simpático sacerdote portugués DJ Guilherme Peixoto. A diferencia de los políticos en Luján, allí sí el encuentro de todos fue una realidad. No obstante, no pasó por alto en la Iglesia que Milei -quien antes de llegar a la presidencia descalificó duramente a Jorge Bergoglio y luego se disculpó- le haya rendido un homenaje a Francisco el día del aniversario de su muerte en Jerusalén en la iglesia del Santo Sepulcro, el lugar más sagrado de los cristianos, y lo considerara el argentino más importante de la historia. Mientras que en las últimas semanas el canciller Pablo Quirno -buscando tender puentes- convocó a la cúpula del Episcopado a su ministerio y luego visitó la sede del Episcopado. Pero tanto el Presidente como todos los dirigentes deberían tener en cuenta el anhelo de fraternidad de los obispos -que era el gran anhelo de Jorge Bergoglio- expresado en la carta a Milei. Porque acaso el mejor homenaje que le pueden hacer a Francisco es manifestar -dicho en los términos de Francisco en su encíclica Fratelli Tutti- una amistad social. O sea, que no se peleen tanto y sean capaces de sentarse a una misma mesa para buscar soluciones a los problemas de la gente. Eso conlleva tener una cuota de grandeza porque con dirigentes pequeños no se puede hacer un país grande. Por otra parte, como decía el periodista Tato Young, en Radio Mitre, lo ocurrido en la misa en Luján -me atrevo a sumar la riña entre facciones políticas en la iglesia San José de Flores el día de la muerte de Jorge Bergoglio- fue la mejor explicación de por qué Francisco no vino a la Argentina. Más allá de las críticas que se le puedan hacer a Francisco, al igual que San Martín, tampoco él pudo volver a su tierra por las disputas internas.
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