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  • Se conocían desde los 17, ella lo ignoró durante años, pero cinco segundos en un camping cambiaron todo

    » TN

    Fecha: 26/04/2026 05:55

    ¿Será que ya conocimos al amor de nuestra vida y sólo queda reconocerlo? ¿Cómo? Claro, tal vez ese que hoy es tu amigo, una vecina, el señor que la semana pasada estaba en la fila del supermercado o la chica que te llamó desde algún call center para venderte una tarjeta de crédito, es tu alma gemela. Leé también: Se divorciaron después de 20 años y se convirtieron en amantes: la historia de los ex que no pueden soltarse Todos andamos por la vida sin mirar hasta que vemos. Laura y Sergio se conocen desde siempre. Literal. Allá por el 86, cuando tenían 17 y 19 años, empezaron a cruzarse en el mismo grupo de amigos en San Isidro. Compartían veranos en el club Don Bosco, la pileta, salidas, asaltos, risas. Él veía pasar su vida de cerca. Ella, en cambio, siempre estaba de novia con otros. Él conoció a mis tres novios, cuenta Laura. Y se ríe, como si todavía le causara gracia esa especie de ceguera selectiva que tuvo durante años. Porque Sergio estaba ahí. Siempre. No insistía demasiado, pero tampoco se iba. Miraba, esperaba, acompañaba. Como si supiera algo que ella todavía no. Recién a los 25 años, cuando Laura termina una relación, él encuentra una oportunidad. Corto con mi novio de ese momento y Sergio medio que me habla como para empezar a salir y yo no le daba bolilla, primero porque quería tener un año sabático porque siempre había estado con novio, ¿viste? Digo, un poco de aire, por favor, sobreactúa con simpatía. Igual él intentaba acercarse. La invita al cine. Ella le dice que no. No era desinterés. Era miedo. Pensaba: si salgo con él y no funciona, pierdo a un amigo increíble. Además, por primera vez en su vida, quería estar sola. Respirar. Ver qué le pasaba sin pareja. No era la primera vez que él intentaba acercarse. Años antes, en una salida a bailar con amigos, Sergio la sacó a la pista y Laura lo frenaba como podía. Me apretaba y yo le clavaba los codos para que no se acercara, recuerda, entre risas. Esa noche habían ido en un Fitito, cinco acurrucados, y entre el grupo ya era un secreto a voces lo que a él le pasaba con ella. Tanto, que en el camino Sergio le había dicho al amigo: Ojo que Laura es para mí. Pero nada pasaba. Ella no estaba lista. En el medio sucedió un hecho clave para que el vínculo siga creciendo: Nuestros amigos en común, Silvana y Mario, se casan. Sergio fue testigo del novio, y Laura de la novia. Ahí tuvimos un acercamiento importante porque le compramos el regalo juntos y compartimos todo ese proceso del casamiento que nos unió más, recuerda entrelazando los dedos de ambas manos con un gesto de cariño. Después llegó Nico, el primer hijo de esa pareja, y los eligieron como padrinos. Siempre decimos que nuestro ahijado fue un centinela, porque ahí empezó todo, adelanta Laura. Compartían compras para el bebé, salidas, los mimos al recién nacido eran las mejores excusas para verse. Sin decirlo, ya estaban construyendo algo. Ese verano de pleno menemismo, Laura se fue de viaje a México y Estados Unidos con amigas. Y ahí, lejos, lo inesperado: Estaba buceando en el Caribe, en Isla Mujeres y Cozumel y pensaba en él. Abajo del agua, en silencio, lo entendió. En vacaciones, relajada y a la distancia, su corazón se abrió y pudo ver con más claridad lo que los ojos no perciben: ¡Me gustaba!. Laura volvió de las vacaciones fresca y decidida: Ya quería empezar la relación con él, después de un año sabático de no darle bola, mi corazón lo sabía, ¡estaba lista para empezar!. Todo encajó cuando Sergio le contó su plan: se iba de camping al sur con Paul y Astrid, otra pareja de amigos. Ay, ¿me puedo sumar?, consultó entusiasmada sin mucha data. Es que me encantaba, admite hoy con picardía, acentuando cada sílaba en su anuncio. Sergio era divino, un ser maravilloso, un hombre de bien, trabajador. Ya la forma que me miraba me derretía, describe reviviendo aquellas épocas. Todos aceptaron y el viaje arrancó. La consigna era sencilla: Villa Pehuenia, dos carpas, cuatro personas. Naturaleza a pleno. Nada que ver con los hoteles cinco estrellas de los que venía ella. Del top-top me fui al camping. No me importaba nada. Entonces, un caluroso día de febrero salieron en el Fiat Uno bordó de Paul, desde Martínez rumbo a la aventura. Me llevé hasta la almohada, de todo en el auto. Nunca en mi vida me había ido de campamento, cuenta mencionando las idas a la costa con su familia a departamentos alquilados. Además, la seguridad de Sergio él se iba siempre de mochilero, le aportaba esa masculinidad que a Laura la tenía embobada. Se instalaron en el lago Moquehue, en la bajada de la Bella Durmiente, en esa época todavía un camping agreste, sin comodidades. Los novios dormían en una carpa y ellos en otra. Lo gracioso es que la primera noche pusimos los bolsos en el medio. Todavía no había pasado nada. Es más, me morí de frío. Él por un lado de la carpa, yo por otro, relata divertida. Hasta que al día siguiente, caminando por la orilla del lago, junto a unas rocas, él le propuso algo simple: ¿No querés venir a pasar la noche acá? Ella ni lo dudó. Obvio, hicimos rancho aparte. Leé también: Se enamoraron a los 17, él la dejó en un bar y 30 años después un mensaje volvió a encender la historia Volvieron a la base, levantaron la carpa y se fueron de campamento volante para la otra bahía, solos. Que yo le digo mi bahía, aclara spoileando lo que sigue. Se instalaron frente a un paisaje perfecto: agua transparente, una islita con araucarias, cielo abierto. Fue re mágico. Esa noche, Sergio hizo un fogón. Hablaron durante horas. Y Laura, finalmente, lo encaró: Le enchufé un beso, dice entre carcajadas. Pobre, después de tantos intentos el flaco ya estaba quemado, no quería arriesgarse a nada. El cielo estaba despejado. Esa noche vieron tres estrellas fugaces. Como dicen que hay que hacer cuando pasa una estrella fugaz, pidieron deseos en silencio. Tal vez sin saberlo, esa noche empezaron a cumplirse. Nuestro comienzo fue mágico, resume. A la mañana siguiente, los bolsos ya no estaban más en el medio, Sergio la despertó con un ramo de flores silvestres: amancay. Es un dulce. Desde entonces, cada vez que volvieron a la Patagonia, él repitió el gesto. Pero lo que Laura no se olvida no es solo el beso. Es la vuelta. Cuando regresaban caminando hacia el campamento, Sergio le agarró la mano. Fuerte. Hasta hoy le digo que en ese momento supe que nunca más me iba a soltar, por la forma en que me agarró. Y no se equivocó. Es que caminar de la mano es intimidad. Ahí mismo se pusieron de novios. Tenían 25 y 27 años y enseguida la meta fue trabajar y empezar a soñar en querer compartir la vida juntos. Dos años después, se casaron. Arrancaron sin nada. No teníamos un peso. Vendieron sus autos para pagar el anticipo de un departamento en Acassuso. No habían vivido solos antes: pasaron directo de la casa de sus padres a la vida juntos. Tuvieron dos hijos, Micaela y Santiago. Pagaron el crédito en cinco años. Y cuando pudieron, empezaron a viajar. Se pusieron objetivos. Primero: recorrer toda la Argentina en familia. Cuando Mica tuvo 18, nos faltaban Chaco y Formosa, y pudimos cumplir el primer objetivo. Después, otro: conocer todas las cabeceras de partido de la provincia de Buenos Aires. Ciudades, estaciones, caminos perdidos. Llegaron a visitar 700 de los casi 1000 pueblos de la provincia de Buenos Aires. Viajar es nuestra terapia, explica Laura. En ese recorrido nació un nuevo sueño: tener una casa en un pueblo. Así, en 2022 compraron un terreno en Ernestina, un lugar mínimo del partido de 25 de Mayo, rodeado de campo. No había nada. Ni luz, ni agua, ni señal. Era puro yuyo, recuerda. Iban todos los fines de semana. Dormían en carpa, incluso con temperaturas bajo cero. Limpiaban, cortaban, armaban de a poco. Sin saberlo, estaban volviendo al origen: otra vez ellos dos, construyendo desde cero. Pero en medio de ese proyecto cuando todo parecía encaminarse, llegó el golpe. A Sergio le detectaron un cáncer de riñón. Estábamos comiendo un asado y lo noté raro. Le pregunté qué le pasaba. Y me dijo: No tengo buenas noticias. Lo operaron. Perdió el riñón. Pero el tumor estaba encapsulado. No hubo quimioterapia. La casa, el proyecto, el futuro todo quedó en pausa por un instante. Pero no se rompió. Pensábamos en ese lugar para nuestra vejez y de golpe apareció el miedo. Hoy, Sergio está bien, sano. La casa está en pie. Todavía la terminan despacio, como todo en su historia. Sin apuro. Y cada vez que pueden se escapan a Moquehue, como bautizaron a su refugio en Ernestina: Porque ahí empezó nuestra historia de amor. Cuando Laura habla de él, no duda: Es el amor de mi vida. Y no lo dice desde la idealización, sino desde el tiempo. Desde lo construido. Dormimos abrazados. Nos damos la mano en la calle. No nos vamos a dormir enojados. Si pasa algo, lo hablamos. Es muy amoroso, es fiel y compañero, es un ser excepcional, detalla deshaciéndose en halagos para su marido. Laura tiene una definición del amor que repite como una certeza: El amor es el resultado de un verbo: amar. Cuando uno ama, va construyendo todos los días con pequeñas acciones. Por eso siento que hay mucho amor entre nosotros: porque todos los días nos lo demostramos. No hay que buscar una media naranja. Hay que ser dos naranjas enteras que eligen construirse todos los días. Leé también: Se enamoraron de adolescentes hasta que la madre de ella los separó: 20 años después, la vida les dio revancha Y quizás ahí esté la clave de su historia. No fue un flechazo. No fue inmediato. No fue perfecto. Fue algo mejor. Un amor que esperó. Que se eligió. Que se construyó, gesto por gesto, durante más de tres décadas. Todo empezó con un beso bajo las estrellas. Y con una mano que nunca más se soltó. Escribinos y contanos tu historia: amoresverdaderos@artear.com @cynthia.serebrinsky Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.

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