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  • La herejía del silencio

    » Clarin

    Fecha: 22/03/2026 10:51

    Vivimos en la era de la palabra obligatoria una vez que el silencio ha sido expulsado del espacio público como si fuera una forma de deslealtad, una sustracción sospechosa al contrato tácito de la visibilidad permanente. En la sociedad hipercomunitaria que describe Byung-Chul Han, la comunicación ya no es un medio: es el fin mismo, la liturgia compulsiva de un mundo que confunde el ruido con la existencia. Quien calla, inquieta. Quien se retira, traiciona. Han diagnostica la patología de nuestro tiempo: la transparencia total, la exposición sin reservas, la abolición de toda interioridad. El sujeto contemporáneo ha internalizado la lógica del mercado hasta el punto de someterse voluntariamente a su propia vigilancia. Nos convertimos en productores incansables de contenido, en emisores perpetuos de señales que acreditan nuestra presencia en el mundo. La conectividad obligatoria no es una imposición externa: es una servidumbre elegida, una jaula construida con entusiasmo. Éric Sadin añade al análisis anterior una dimensión técnica que lo vuelve aún más inquietante. En su crítica a lo que denomina la silicolonización del mundo, observa que los dispositivos digitales no se limitan a mediar nuestra comunicación: la preceden, la formatean, la anticipan. Los algoritmos aprenden a hablar antes de que nosotros hayamos encontrado las palabras. El silencio resulta técnicamente ininteligible: los sistemas no saben qué hacer con la ausencia de datos. El mutismo es un error de protocolo, una anomalía que el sistema se apresura a corregir. Aunque a veces sea imperceptible, hay en todo esto una violencia sin rostro. No la del látigo ni la de la prohibición explícita, sino la violencia blanda de la arquitectura de la atención: el scroll infinito, la notificación que interrumpe, el silencio que el sistema rellena con sugerencias, con voces de nadie que hablan de todo. El pensamiento profundo requiere vacío, demanda una cierta pobreza de estímulos para poder fermentar. Pero el tecnocapitalismo de la atención, ese depredador invisible que monetiza cada segundo de consciencia, no puede permitirse dejarnos solos con nosotros mismos. El silencio era, en otras épocas, el espacio donde habitaba lo sagrado. Las grandes tradiciones contemplativas reconocieron en él no una ausencia sino una presencia de otro orden: densa, receptiva, capaz de alojar lo que las palabras inevitablemente falsifican. Era el suelo fértil donde el pensamiento echaba raíces antes de florecer. Hoy ese suelo ha sido pavimentado. Sobre él circulan autopistas de datos a velocidades que no admiten contemplación. Como respuesta a este escenario, Han propone la vita contemplativa como posibilidad de resistencia. Contra la tiranía de la vita activa -esa hiperactividad que se autodevora-, la contemplación silenciosa preserva una libertad que el sistema no puede capturar, incapaz de cuantificarla. No produce métricas. No genera engagement. Es, en sentido estricto, inútil. Y es precisamente esa inutilidad la que la vuelve subversiva. Callar, en este contexto, es un acto político. Sadin hablaría de desobediencia ante el imperativo de la enunciación, esa presión difusa que exige que cada experiencia sea narrada, cada emoción compartida, cada instante documentado para que adquiera realidad. La herejía del silencio no propone un retorno romántico al pasado ni una renuncia ascética al mundo. Propone algo más urgente: recuperar la capacidad de pensar en profundidad, de habitar el propio interior sin ansiedad. Porque sin silencio no hay pensamiento: solo hay eco. Y un mundo de ecos no piensa: simplemente se repite, cada vez más alto, cada vez más vacío, hasta que el ruido se confunde con la verdad. Sobre la firma Newsletter Clarín

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