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  • Sobre el periodismo y la Argentina hoy

    » Clarin

    Fecha: 21/03/2026 06:48

    No hay política sin comunicación, pero la comunicación puede ser tóxica o transparente. Las redes son fundamentales, pero producen la sensación de participación política sin costos para los escribas militantes de las mismas. El periodismo de investigación sí tiene costos: persecuciones, agravios desde el alto poder político, juicios, y en las provincias feudales, persecuciones físicas, aprietes y enmudecimiento dispuestos por la fuerza del señor feudal. Desde luego, hay que evitar el corporativismo periodístico y no defender en bloque al periodismo en su totalidad, porque es desigual en sus escrúpulos y en su ética. Por el contrario, como langostas, han advenido una plaga de pseudocomunicadores que no investigan, que no argumentan, y que hacen de la altisonancia vacía el vector para obtener audiencia. El periodismo ha perdido terreno frente a los gritones. En su muy sugestivo libro Hiperpolítica, el pensador Anton Jäger formula una paradoja manifiesta: el espacio público digital ha politizado a más personas que nunca antes. Es una participación no institucionalizada, poco estructurada, que configura un posliberalismo intenso que, ante la politización virtual masiva, se mueve en un espacio que ha quedado vacío: el de la politización institucional partidaria tradicional. Pero claro, las instituciones tradicionales tampoco serían hoy operativas. Investigar es también detectar las precariedades de las instituciones de antaño. Es lo que ocurre en las transiciones. Lo antiguo no funciona y lo nuevo no se ha estructurado aún. Flota ahora en el aire una especie de irrealidad militante que se divide en bandos. Todos opinan en las redes. Pocos investigan. Pero es la investigación la que articula hechos, documentos y datos, y la que en el fondo mueve la historia : desde la ruta del dinero K hasta los cuadernos de Centeno, y ahora el caso Libra o ANDIS. Hablar y solo hablar no resuelve. Y gritar y gritar tampoco es gobernar. Aunque pretenda serlo. No alcanza con adquirir altoparlantes para expandir las voces oficiales. El poder de las audiencias se bifurca en mil senderos: influencers militantes de uno y otro bando, charlatanes famosos de todo pelaje. ¿Es una era de revolucionarios en red sin revolución? Hay un intento de cambio de paradigma económico que ocurre ahora en la Argentina, pero las arcaicas prácticas de la corrupción amurallan las pretendidas transformaciones en retrocesos decepcionantes. La antipolítica es entonces muchas veces predicada desde la política misma. Se propone el mundo digital como el espacio de la soberanía popular. Los parlamentos, con las debidas excepciones de quienes sí trabajan seriamente allí, exhiben una discordia circense, compromisos efímeros que alientan el transfuguismo y discursos tan extensos que nadie escucha, para no hablar de los improperios y la acumulación de basura en chicanas burdas y rugidos para la tribuna. Las redes son insoslayables y a veces fascinantes, pero son también una apariencia ilusoria. No necesariamente democratizan, y tampoco en general informan en profundidad. Hay un término que tiende a desestimarse: lo real. La realidad existe. Y es material. Se percibe en los bolsillos vacíos, en las angustias de las deudas que los honestos quieren pagar aunque no les alcance el dinero, en el esfuerzo madrugador encarnado en tantos que trabajan con tan poco rédito. La virtualidad acompaña a la materialidad. No la sustituye. El periodismo de investigación y los contenidos de calidad tienen en principio menos espectacularidad que la chismología y la confrontación gritada, muchas veces simulada, ante cámaras. Las redes amplifican, distorsionan, rara vez originan. A la vez son cruciales e inevitables. Pero el grito que suele colonizarlas tiene más mercado que las pruebas. El improperio viraliza más que el documento. Las diatribas monetizan más que la pesquisa minuciosa. Los influencers avanzan. Pero la tarea del periodismo no es influir, sino informar. No es la tarea periodística una camino para obtener el favor y la anuencia de la esfera política propiamente ni el aplauso de sus audiencias demandantes. Los influencers, otra realidad inevitable, buscan atrapar adherentes. El periodismo, en cambio, se sumerge en la complejidad, en un ecosistema intoxicado de operaciones, falsificaciones, ocultamientos y encubrimientos. De pronto, algunos influencers intentan componer un clima para seguidores que en algún lugar son víctimas de una infraestructura de control social: la búsqueda de la coincidencia sin disidencia. No se propicia el debate sino la adherencia. El periodismo militante no es periodismo tampoco, sino pseudoperiodismo. Pretende acaudillar followers, como el Flautista de Hamelin Cualquiera puede realizar un acto periodístico. Es cierto. Eso no lo convierte en periodista. Porque lo periodístico es una continuidad, una perseverancia y una rigurosidad que, es verdad, no siempre acontece como tal. Hay riesgos. Presuntos investigadores que en verdad están operando en favor de algún segmento de poder. Idealmente el periodismo es la distancia, la equidistancia, respecto de los investigados. No siempre se despliega así. La autocrítica debe ser permanente y es siempre indispensable. Pero sin investigación seria no hay democracia. Los autócratas odian al periodismo. Y a la democracia misma. 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