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Gualeguaychu » El Dia
Fecha: 21/03/2026 08:26
Buenos Aires, fines de los setenta. Un niño de siete años mide el mundo por la presión de la mano de su padre. Una tarde en una YPF de barrio y un recuerdo imposible de soltar. Caminar por Buenos Aires a finales de los setenta no era simplemente ir de un lado a otro, sino ir tanteando el aire, midiendo el silencio y cuidándose de las miradas de los que venÃan de frente. Yo era un pibe de siete años y, como a esa edad uno solo ve cinturones, zapatos y manos, mi seguridad dependÃa de qué tan fuerte me agarraran para cruzar. Aquel dÃa de otoño, el sol de la tarde pegaba de costado sobre la Avenida Constituyentes, poniendo las paredes de un color sucio y triste, pero el vientito soplaba helado y te obligaba a cerrar el cuello de la campera hasta que te rozara la pera. Mi viejo caminaba rápido, con un paso firme que no te dejaba colgarte ni siquiera para ir contando las rayitas de las baldosas. No Ãbamos a la plaza, ni al kiosco de José, el Rengo; Ãbamos metidos en una urgencia que yo no sabÃa de qué se trataba, pero que le hacÃa latir fuerte el pulso en la muñeca. Su mano no solo me sostenÃa; me apresaba. Era un agarre que se sentÃa distinto al de todos los dÃas, ese que servÃa para que no te atropellara un auto. Era una presión de puño cerrado, como si en cualquier momento pudiera tragarme alguno de esos huecos negros que se armaban entre los árboles de la vereda. Los chicos de esa época aprendimos pronto que el miedo de los padres no se explicaba con palabras, sino con reacciones del cuerpo: los hombros que se tensan, el paso que se vuelve casi una carrera y esa forma de vigilar la calle de punta a punta antes de doblar una esquina. Llegamos a la estación de servicio YPF, en la intersección con Manuela Pedraza. En esa esquina, el olor a nafta te anestesiaba la nariz de tanto respirarlo. Los surtidores, con su forma de heladeras de hierro viejo, daban la sensación de estar vigilando. Justo en la diagonal, el bar del Gallego aguantaba ahà parado como un sobreviviente de otra época. Era un local de techos altos, donde el humo de los cigarrillos formaba una capa densa sobre las mesas de billar. Desde la vereda, se escuchaba el clac seco de las bolas chocando, un sonido que para mà siempre habÃa sido la señal de que era sábado y el tiempo no importaba. Pero ese dÃa, el bar tenÃa las persianas a medio camino y una mudez inédita. AllÃ, junto a uno de los surtidores, apareció ChichÃn, el tÃo de mi viejo, un hombre que se habÃa gastado la vida arriba del asfalto, un laburante de la lÃnea 111 que conocÃa los baches y los secretos de la ciudad mejor que nadie. ChichÃn no tenÃa el uniforme puesto, pero tenÃa encima ese peso de los que acaban de ver una desgracia. Su rostro, donde siempre vivÃa un chiste rápido, estaba rÃgido, como si el frÃo de la calle se le hubiera quedado pegado a los huesos y no lo dejara ni sonreÃr. Mi viejo no se detuvo en los saludos de siempre. No hubo preguntas sobre la salud ni comentarios sobre el clima. Fue directo al hueso de la preocupación que nos habÃa llevado hasta ahÃ, mientras su mano volvÃa a cerrarse sobre la mÃa con una fuerza que empezaba a dolerme. ¿Qué pasó con los primos? preguntó mi viejo, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo. ChichÃn no respondió enseguida. Primero hizo un paneo lento por la avenida, fijándose en los autos que pasaban y en los vecinos que, con la cabeza gacha, evitaban mirar hacia la estación. La desconfianza era una gimnasia que todos hacÃamos sin darnos cuenta. Finalmente, se acercó un poco más, borrando cualquier distancia, y habló con el tono de quien suelta una verdad que quema. Se los llevaron hace un ratito nomás dijo ChichÃn, y la palabra "llevaron" se quedó vibrando como una mala noticia. Lo más raro de todo fue el método siguió ChichÃn, casi para sà mismo. No trajeron camiones, ni los Falcon que uno ya conoce. Pararon un bondi de lÃnea que venÃa por Constituyentes. Lo interceptaron en la mitad de la cuadra, hicieron bajar a todos los pasajeros a los gritos, a los empujones. Gente común que volvÃa del trabajo, señoras con bolsas de las compras... todos a la vereda. Nadie entendÃa por qué les cortaban el viaje asÃ. En ese momento, la imagen de un colectivo de lÃnea, algo tan cotidiano y familiar como el mate cocido en el desayuno, se transformó ante mis ojos en algo oscuro. Un vehÃculo que debÃa llevarte a casa se convertÃa en un lugar para esconder el terror. El silencio que siguió a sus palabras fue pesado. Mi viejo no dijo nada más. Solo asintió, con la mandÃbula apretada hasta que los músculos del cuello se le marcaron como si fueran cables. En ese instante, comprendà que el mundo de los adultos no era el lugar tranquilo que creÃa. El bar del Gallego ya no era el lugar de encuentro de los muchachos y la YPF no era solo una parada técnica. Todo el barrio se habÃa convertido en un lugar lleno de trampas, donde a cualquiera lo podÃan sacar de la calle en un segundo. Caminamos de vuelta a casa sin emitir sonido. Mi viejo no me soltó la mano ni un segundo. Años después entenderÃa que ese apretón era su forma de decirme: "estás acá, conmigo". A los primos los largaron un par de dÃas después. Fue un alivio que llegó envuelto en una tristeza que no se iba. Volvieron a casa, pero algo en ellos se habÃa quebrado. Estaban machucados, con marcas que la ropa intentaba esconder, pero lo peor eran sus ojos. TraÃan una mirada que no estaba en ningún lado, como si todavÃa estuvieran sentados adentro de ese colectivo que los arrancó de la vida. Se volvieron hombres de pocas palabras, de esos que pegan un salto ante cualquier ruido. Ellos volvieron, y esa fue su pequeña y trágica victoria. Pero la memoria de ChichÃn, de mi viejo apretándome la mano en la YPF y de los gritos sordos en el bar del Gallego, quedó grabada como una cicatriz en el asfalto del barrio. Miles de otros no tuvieron ese regreso; se perdieron en los pliegues de una noche que duró años, en un sistema de desaparición que no dejó rastro, pero sà un vacÃo que todavÃa nos duele en el pecho. Pasaron cincuenta años de ese episodio y hace mucho que no visito esa esquina, que podrÃa haber sido cualquier otra en el paÃs; pero cuando llega el otoño, todavÃa suelo sentir aquel apretón de mi viejo en mi mano, porque la memoria viaja con uno.
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