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» TN
Fecha: 15/03/2026 06:02
¿A quiénes estamos siguiendo? ¿Por quiénes nos dejamos influenciar? ¿Qué mensajes y qué personas dejamos que afecten nuestra mente, nuestras emociones y nuestra visión del mundo? ¿Qué afirmaciones estamos validando? ¿A qué narrativas de moda les estamos dando nuestro tiempo y nuestra atención? En estos últimos años, millones de personas se están dando cuenta, al fin, del daño que nos están haciendo las redes sociales. Estamos despertando a la comprensión de cómo los mensajes de ciertas personas y organizaciones impactan en nuestra vida y de la forma en que la gran matrix nos sigue arrastrando con sus corrientes invisibles a tierras peligrosas. Las redes sociales no nos sostienen, nos enredan y nos atrapan. Cuando empezamos a tomar conciencia de lo que estuvimos haciendo, es posible que nos sintamos como las ratitas del flautista de Hamelin, siguiendo músicas hipnóticas que nos guían en masa a destinos fatales. Creemos que consumimos redes sociales, pero las redes nos consumen a nosotros. Leè también: La reivindicación de los aquelarres: encuentros y reconexión en tiempos inciertos Podríamos hablar de la adicción, de cómo modifican el cerebro y los vínculos, y sobre el impacto en nuestra atención. Podría profundizar sobre las formas en que los mensajes nos hunden y nos parasitan, alimentándose de nuestros deseos y emociones. Las redes sociales no nos sostienen, nos enredan y nos atrapan. Tan solo con reflexionar sobre las palabras que usamos cuando nos referimos a ellas, tendríamos la punta de un ovillo desde donde tirar para entender la magnitud de los nudos de los que somos parte. Seguidores, virales, etiquetas. Así como Facebook pervirtió la palabra amistad, otras redes sociales están erosionando el sentido más profundo de comunidad, de compartir y de tantas más. Todas en su conjunto, por supuesto, vaciaron de significado el nombre que tomaron. Las redes no son ni redes ni sociales. Hay infinitas investigaciones que describen cómo los mensajes a los que nos exponemos intervienen en nuestra realidad. Hay enseñanzas esotéricas y ciencias sagradas que, por supuesto, explican lo mismo. Para empezar a desenredarnos, necesitamos observar y hacernos algunas preguntas. ¿A quiénes estamos siguiendo? ¿Qué nos dicen? ¿Por qué mensajes nos dejamos influenciar? ¿De qué formas sus historias, sus imágenes y sus símbolos nos impactan? La práctica del discernimiento, ahora más que nunca La pregunta que nos ayuda es siempre la misma: ¿qué me nutre y qué me intoxica? Escribí algo de eso en esta nota hace unos años, en medio de la pandemia, cuando los mensajes nos causaban un impacto imposible de calcular: No estamos menos expuestos a ellos ahora. Son diferentes, pero nos afectan igual. Tenemos que seguir practicando el discernimiento. ¿Y si somos nosotros quienes volvemos a adueñarnos de las palabras que fueron apropiadas y las volvemos a dotar de sentido? Empiezo con la propuesta del concepto de moda: influencers ¿Quiénes son nuestros verdaderos influencers? ¿Cuáles son esas personas a las que acudimos cuando necesitamos algo? ¿En quién confiamos realmente? ¿Quiénes nos ayudaron a lograr un verdadero cambio en nosotros? ¿Con quiénes nos sentimos seguros cuando necesitamos real validación, contraste o refugio? Podemos hacer lo mismo con comunidad, con compartir y con tantas más. Leé también:David Céspedes, experto en longevidad: Esta es la rutina que enviaría a mis padres para entrenar en casa Y, especialmente, necesitamos, de forma urgente, hacer lo mismo con el concepto entero de redes sociales. Luego de reflexionar sobre las palabras que pareciera que no nos pertenecen y de volver a llenarlas de un sentido más propio y real, podemos actuar de una nueva forma guiados por ellas. Más pronto que tarde, ojalá seamos cada vez más quienes volvemos a compartir de verdad, los que recuperamos nuestra real comunidad y los que tengamos una nueva fuerza para volver a tejer las verdaderas redes sociales. Que así sea.
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