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  • La memoria de los viajes: los imanes en la heladera, la historia de la bola de nieve original y el souvenir ético

    » Clarin

    Fecha: 15/03/2026 07:52

    En un comienzo fueron prendedores (pins) que iba sumando y lucía en mi mochila viajera, de tela. Creo recordar un tucán colorido de las Cataratas, el perfil del Coliseo romano, Mickey, el nombre de algún destino como Cancún o Las Leñas, una guitarra de Hard Rock y la ópera de Sídney. De aquella época eran también las postales, las que mandaba estando de viaje y las que me compraba. Estoy hablando de tiempos en los que era importante gestionar sabiamente los rollos de fotos y no existía buscar Madrid en Google y tener, al instante, miles de fotos en la pantalla. También me gustaba comprar música típica -gallega en aquel viaje por el norte de España; o temas con un didgeridoo de una banda australiana de moda- que llegaba a casa en forma de CD. Y guardaba un boleto aéreo, un ticket de subte, colectivo, tranvía, o la entrada a un museo con el perfil del edificio delineado en el frente. La mochila aquella ya no existe. Dejé de comprar postales y la música la busco en Spotify. Celulares, apps y códigos QR vienen atentando contra los recuerditos de papel, que sobrevivían intercalados en libretas y diarios de viaje. Pero la memoria de mis viajes (y algunos de los de mi familia o amigos) tiene su lugar en distintos formatos y espacios en mi vida. ¡Levante la mano el que no tenga algún imán viajero en su heladera! Para algunos será un tímido ejemplar, perdido entre teléfonos de Emergencias, listas de supermercado, los horarios de los chicos o el viejo imán de la pizzería del barrio donde ahora pedimos por WhatsApp (o apps de delivery). Otros harán de la puerta de la heladera un santuario turístico: compran imanes en sus viajes y, si pasan a la categoría coleccionistas, seguramente pedirán a otros que los ayuden a engrosar su preciado tesoro. Acá los imanes podrían ser dedales, llaveros o calcomanías: ¿sos de los que van de aquí para allá con su termo recubierto de rutas, animales o nombres de lugares?. Y como hay tantos tipos de souvenirs (o suvenires en español) como diversidad de viajeros, otro grupo es el de los que prefieren otra cosa: algo bien típico del destino que visitan, pero con una historia detrás, con la firma de algún artesano o artista local, o con la certeza de que se están llevando a casa algo singular, único y, esencialmente, producido realmente en ese lugar. Sean señaladores para libros comprados en un museo, una bola de nieve con un atractivo clásico adentro o una pequeña talla de madera de una tribu perdida en medio de la selva, todos estos objetos agitan la memoria, nos cuentan una historia, nos revelan una anécdota, un momento, un paisaje; son hilos conductores de nuestros recuerdos. Talismán contra el olvido Un pequeño azulejo en tonos blanco y azul de Portugal; mi mano derecha impresa en vidrio fabricado en Birmingham; un chopp de cerámica de Villa General Belgrano; la casita 79 de la aerolínea KLM que es una réplica de la destilería Melchers de Schiedam (Países Bajos) y una réplica de la Casa Histórica de Tucumán; una máscara de cerámica de México; varias bolas de nieve (una sobre un taxi amarillo de Nueva York, una de Ushuaia y otra de la Catedral y Torre de San Duje, en Split, Croacia); una figurita del Museo Nacional de Palacio de Taipei y un frasco con hierbas para respirar las sierras cordobesas. Hay especias y tés en las alacenas. Una gorra que dice Talampaya en el perchero. En el armario, un chal tejido en telar criollo de Seclantás y un vestido pintado a mano del que me enamoré. Y sabrosos resabios de chocolates, alfajores, salames de la Colonia (Córdoba) o lokkum (dulces típicos de Turquía) que, lógicamente, ya no están. El diccionario de la Real Academia Española dice que un souvenir es un objeto que sirve como recuerdo de la visita a algún lugar determinado. Pero detrás de esta definición escueta, desprendida de emociones, uno podría completar la idea destacando que estos recuerditos son un talismán contra el olvido, un ancla de la memoria, un fragmento de aquella geografía que transitamos y cualquier otra metáfora que se les ocurra para entender esta conexión emocional. Normalmente se piensa al souvenir como un recuerdo de viaje que representa algún aspecto simbólico de ese destino, como puede ser un lugar icónico (el lobo marino de Mar del Plata, la Torre Eiffel en París, etc.) o un producto famoso por su calidad (tejidos, libros o artesanías), explica Jorge Gobbi, especialista en turismo, Doctor en Ciencias Sociales y autor del primer blog de viajes de la Argentina. Muchos souvenirs aparecen como objetos auténticos relacionados con el destino, ligados con el desarrollo histórico de las culturas locales; pero otros, simplemente, son productos vinculados con el lugar, pero producidos de manera industrial (la mayor parte de las veces, bastante lejos del sitio que estamos visitando), pero igual los compramos porque nos parecen simpáticos, dice Gobbi. La historia del souvenir siempre ha estado ligada a la historia de los viajes. Recuerdo una exhibición, hace más de una década, en el museo del aeropuerto internacional de San Francisco sobre los souvenirs: Desde tiempos inmemoriales, las personas han coleccionado recuerdos de sus viajes: desde caracoles, rocas u hojas hasta postales y recuerdos artesanales o producidos en masa, decía la presentación. Si nos aventuráramos a buscar antecedentes, podríamos remontarnos a los tiempos medievales con los viajes de los peregrinos a lugares sagrados, en los que recogían y resguardaban insignias o reliquias que recordaran su travesía y también su devoción. La caracola o concha de vieira, símbolo del Camino de Santiago, distinguía por entonces a los peregrinos que volvían a casa después de visitar la tumba del Apóstol respecto de los que todavía no la habían alcanzado. También podríamos detenernos en la época que va de finales del siglo XVII a principios del siglo XIX, cuando se puso de moda el Grand Tour, ese largo viaje por Europa, en parte con fines educativos, entre jóvenes de clases adineradas. Regresaban con muchas anécdotas, experiencias y, claro, gran variedad de pinturas, grabados y otros objetos para mostrar (y ostentar). Con la industrialización, la facilidad del transporte y mayores posibilidades de viaje para cada vez más gente, la industria de los souvenirs también se expandió, con una producción que fue haciéndose cada vez más accesible para todos los bolsillos, y también, más masiva. Con el crecimiento del comercio mundial, cada vez vemos más souvenirs estandarizados que son producidos de manera masiva y a los que se personaliza con el agregado del nombre del destino. Objetos así tienen muy poco que ver con el lugar donde los compramos, pero recordemos que el punto central está en el turista comprador y qué significa para él, dice Gobbi. La bola de nieve es un ejemplo interesante. Tiene su masividad en los millones de ejemplares que encontramos en todos lados. Pero también tiene sus ejemplares únicos, originales y con el sello de la producción local en Austria, donde se considera a Viena la cuna de este particular objeto. Nació casi por accidente, en 1900, cuando Erwin Perzy I, mecánico de instrumentos quirúrgicos, trabajaba en una lámpara para quirófanos, llenando esferas de cristal con agua y retroiluminándolas con una lamparita. Para que la luz fuera más reflectante, agregó virutas de vidrio y luego sémola: si el agua se arremolinaba, parecía nieve. La lámpara para quirófanos no funcionó, pero Erwin dio el puntapié inicial para un negocio que sigue en manos de su familia. En el taller, negocio y museo Original Wiener Schneekugelmanufaktur (La fábrica vienesa original de bolas de nieve) saben que las bolas de nieve se reproducen por todo el planeta, pero lejos de renegar, siguen firmes con una producción que los diferencia: hacen alrededor de 200.000 unidades al año, cada una de ellas pintada y armada a mano y con la cubierta de vidrio. Estadísitcas y sostenibilidad El turismo moviliza millones de viajeros, y está claro que la industria del souvenir es formidable. Según un informe de Business Research Insights, especializada en análisis de mercado, el sector del souvenir y de los regalos vive tiempos de crecimiento sostenido a escala global y alcanzará los 125 mil millones de dólares en 2026. Los recuerdos de viaje solo son una parte: Las compras relacionadas con el turismo representan el 40% de la demanda total de souvenirs a nivel mundial. Los viajeros gastan un promedio de entre 10 y 30 dólares por destino en souvenirs, y suelen comprar de 2 a 4 artículos por viaje, especifica el informe. Los diseños específicos para cada lugar aumentan la probabilidad de compra en un 36%, especialmente entre los viajeros internacionales que visitan de 3 a 5 destinos al año. Categorías de souvenirs como imanes, figuras, ropa y artesanías dominan el 70% de las compras de regalos de viaje. Hay que considerar también que el formato de lo que uno lleva a casa se va acomodando a las restricciones de equipaje. El factor logístico es clave. Para Gobbi, como para muchos viajeros, el tamaño y el peso mandan: Es la razón por la que (los souvenirs) suelen ser pequeños y livianos; si son grandes, el regreso se vuelve una complicación. El informe refuerza esta idea: Los envases compactos de menos de 500 gramos representan el 62% de las compras de turistas, lo que refleja las restricciones de las aerolíneas y otros requisitos. Con el impulso y la búsqueda de viajes más sostenibles, hoy se habla también de alentar la compra de un souvenir más ético (comercio justo, productos de kilómetro cero o piezas que apoyen la economía de comunidades locales). Otros van más allá y plantean que un souvenir puede ser intangible, como tomar una clase de cocina local y volver a casa con nuevos conocimientos culinarios. Elijas lo que elijas, al final del viaje, el mejor souvenir siempre será la experiencia: un momento único, una buena charla con alguien del lugar o las sensaciones de un instante que no volverá a repetirse. 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