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Fecha: 15/03/2026 06:52
El núcleo conceptual que el Presidente pretendió imprimirle a su discurso de inauguración de sesiones legislativas pasó ya en su momento un poco desapercibido. Porque Javier Milei se dedicó en verdad ese domingo 1 de marzo más que nada a despotricar contra el kirchnerismo y los empresarios prebendarios. Así que esto fue lo que rescataron los medios: el barro, la confrontación contra sus enemigos jurados, y fue también lo que el resto del oficialismo se esforzó en resaltar durante los días que siguieron. Pero hoy que el Gobierno se enfrenta a una tormenta de malas noticias en materia de transparencia y probidad, que desnudan inmoralidades evidentes de algunos de sus exponentes más destacados, conviene recordar lo que el Presidente buscó al enaltecer su gestión como moralizadora. Leé también: Milei anuncia que desaparecerán sectores dañinos; Macri y Rocca le responden con fotos con Kicillof y Lula Porque eso ayuda a entender las razones por las que le resulta ahora tan difícil disimular que no sigue las reglas que él mismo pregona. Además del motivo por el que pagó un costo elevado por sus prácticas prebendarias: se puso la vara muy alta en el terreno de la probidad moral, sin siquiera esforzarse un poquito en imponerse controles institucionales al respecto; quiso encarnar valores indiscutibles e infinitamente superiores a los de sus adversarios, pero a la vez arrogarse todos los derechos del conquistador victorioso, que no rinde cuentas más que ante la historia; así que ahora que queda a la luz que tan distinto no es a los demás, se le viene abajo la mitad de la estantería montada para sostener su identidad y legitimidad como excepcionalidad. Algo así ya le sucedió en su momento a la Alianza: bastaron un par de escándalos de corrupción, y un corto tiempo, para que pagara un precio mucho mayor del que tuvo jamás que enfrentar el menemismo por diez años de latrocinios descontrolados. Si bien en menor medida, también fue el caso de Mauricio Macri: todavía anda dando explicaciones por las escuchas ilegales y el caso del correo, que sus adversarios rememoran cada vez que quieren demostrar que la gestión del PRO no tuvo supuestamente tanto que envidiarle en opacidad a las del kirchnerismo. Con esos antecedentes debió haber bastado para saber que si vas a andar con el dedito levantado y tildar al resto del mundo de casta inmoral, conviene que te cuides de incurrir en conductas semejantes a las que impugnas; y para eso no alcanza, ni siquiera es conveniente, confiar en la superioridad moral de tu persona y las personas que te acompañan, porque en eso hay bastante de autoengaño, de andar consumiendo la droga que el fiscal de la república vende al público, lo que no es para nada recomendable. Si bien en verdad no hay que sorprenderse de que Milei y su gente hayan caído en la misma trampa que Fernando De la Rúa o Macri, y en más de un sentido, de forma bastante más rápida, torpe y ridícula: tan convencidos están de que encarnan una ruptura total con toda la historia previa, que son por completo incapaces de aprender del pasado. Como no tienen ningún compromiso con él, son, se supone, por completo inocentes, pero también por completo ignorantes, no encuentran que él tenga nada que enseñarles. ¿Qué fue en concreto lo que dijo Milei en su discurso de principios de este mes? Que en su Gobierno rige un canon moral que es la síntesis de toda la cultura occidental, desde los griegos hasta los valores judeocristianos, pasando por la rectitud de los estoicos, y eso le permite ser justo, dar a cada quien lo que corresponde a sus derechos, sin causar daño a nadie. Sumado al utilitarismo y la eficiencia económica, sus principios rectores comprondrían, según él, una guía imbatible para acertar, gobernar rectamente. Sonaba a ponerse un estándar muy alto, ¿no? Debió saber que llevar a la práctica ese ambicioso canon moral no era moco de pavo. Más cuando su Gobierno era un rejunte de gente en muchos casos sin antecedentes en el poder acordes a ese ni a ningún otro canon, y ya había tenido tiempo de mostrar que era propenso a la desprolijidad y la mezcolanza cuando interactuaba con intereses particulares bien entrenados en sacar ventajas de su cercanía ocasional con el poder político, que tendía a crear entornos opacos que actuaban sin mucho control institucional, ni mucho discernimiento entre la función pública y las ambiciones personales de los funcionarios, y que encima financiaba su fuerza política con métodos bastante parecidos a los de sus predecesores. El caso ANDIS fue una muestra muy patente de esto último: usar la compra pública de medicamentos para llenar las arcas del partido oficial no cumple ninguna de las tres reglas de oro que Milei proclamó como ideas rectoras de su gobierno ante la Asamblea Legislativa, no es justo, no es económicamente eficiente, ni mucho menos beneficia a la mayoría. Antes el caso Libra había echado luz sobre el primer problema mencionado: el presidente y varios otros funcionarios se involucraron en un negocio particular en que supuestamente se cumplía la regla de la eficiencia económica, porque solo iban a pagar el pato los desprevenidos que no entendieran las reglas del mercado, así que sus perjuicios se los tendrían bien merecidos; pero difícilmente podía justificarse en términos utilitarios, porque el bienestar del mayor número quedaba claramente relegado, y ni hablar de las virtudes y valores estoicos, o los principios judeocristianos de justicia. Abusar del poder público para sacar ventajas personales y de grupo está a años luz de cualquier noción de lo justo para casi cualquier judeocristiano, salvo Donald Trump y Benjamin Netanyahu. Leé también: El jefe de la UIA volvió a pedirle diálogo al Gobierno y alertó: Hay sectores en un momento crítico Justo cuando se conocen detalles de las comunicaciones entre el presidente, su hermana y los organizadores de esa estafa cripto, el jefe de gabinete Manuel Adorni hizo su propia demostración sobre lo lejos que están los principios morales proclamados en el oficialismo, y las reglas que aplica a los demás, de las que pretende se utilicen para juzgar el modo en que él usa los recursos públicos. Es que Adorni es un caso patente de dos vicios contrapuestos, soberbio al extremo en el oficio de pontificar sobre los pecados y defectos ajenos, torpe hasta la desesperación en el aprovechamiento particularista de recursos públicos, la justificación de esas prácticas y el manejo de situaciones de crisis. Gracias a eso, con muy poco, logró muchísimo: le bastaron un par de viajes en avión que no pudo justificar, y que se desesperó por disfrazar, para dejar en ridículo a su entero gobierno, hundirse como comunicador oficial y posible candidato, reducir a una pantomima los argumentos y las reglas que los estados en todos lados promueven para volverse más transparentes y legítimos a los ojos de los ciudadanos de a pie. Y como si fuera poco dejó picando una duda grande como una casa sobre la capacidad de que los Milei vayan mejorando un equipo de gestión armado en un principio con muchos retazos y a las apuradas: el ascenso de Adorni a la Jefatura de Gabinete ya quedó bien en claro que implicó un serio retroceso para ese equipo. Claro que lo que hizo Adorni es mucho menos grave que el caso Libra, ni hablar que el caso ANDIS, pero no es casual que haya generado un shock aún más fuerte en la autoimagen que Milei quiso construir para su administración. Porque del ridículo no se vuelve. No importa solo el monto de los dineros públicos apropiados, ni el daño cometido a terceros. Como Milei explicó en su discurso, importan los valores, la razón de ser de la misión que esta gestión ha asumido. Lo que Adorni mostró es que para él, y puede que para muchos de quienes lo rodean, son solo una farsa. Los que más festejan son Cristina Kirchner, Claudio "Chiqui" Tapia y compañía. Que pueden decir ahora: Vieron que no somos los únicos, todos hacemos lo mismo, no faltan corruptos ni mafiosos en estos pagos, solo faltan oportunidades.
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