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  • La monja influencer y "quilombera", amiga del Papa Francisco, que se convirtió en una heroína en Ucrania

    » Clarin

    Fecha: 15/03/2026 07:52

    El Papa Francisco la consideraba como una hija y ella lo amaba como a un padre. Se conocieron hace más de diez años y el Pontífice siempre la valoró por su labor solidaria, su energía inclaudicable pero especialmente por su compromiso y valentía hacia las personas vulnerables. Francisco la bautizó "la monja quilombera". ¿Por qué? "Porque tengo incontinencia verbal, porque voy y golpeo la puerta para pedir a los que más tienen, porque voy de frente y sin vueltas, porque hago ruido y porque me gusta hacer lío". Sor Lucía Caram tiene 59 años, es tucumana, vive en Manresa (Cataluña) y tiene la intensidad de una veinteañera. Como un chicle, estira el día hasta lo máximo y le quita horas al sueño. "Me acostumbré a vivir así, me duermo a las dos y me levanto a las cinco. Pero esas tres horas las duermo como nadie -sonríe-. Reconozco que me siento cansada, pero es lo de menos... Llegué hace unos días de Ucrania, donde llevé equipamiento, medicina, comida y visité enfermos. Fueron pocos días, pero muy intensos y de profundo dolor". A través de su Fundación Convento de Santa Clara, la hermana Lucía recibe donaciones de empresas españolas que tienen un único fin: llevarlas a Ucrania, país que lleva cuatro años de guerra con Rusia. "Llevamos 10 ambulancias y otros 10 vehículos todoterreno para trasladar víctimas. El de hace unos días fue el viaje número 42 a la zona de conflicto y hasta ahora hemos entregado tres hospitales de campaña, con unidades quirúrgicas y terapias intensivas, donde ya se hicieron 180 mil cirugías. También 18 respiradores, 350 generadores de energía, 173 ambulancias y 83 pick-ups". Dice que "el tema médico y equipamiento es uno de los objetivos de destrucción de parte de Rusia, por eso en Ucrania nos piden encarecidamente ambulancias porque no hay y cada una salva 100 vidas. Yo no me puedo borrar después de todo este tiempo, a mí también me pasan cosas con esta gente, no los voy a abandonar. Ellos me piden por favor que no afloje. ¿Qué puedo hacer? Obvio, seguiré diciendo presente". No se detiene en hacer alarde de lo que hace, ni tampoco describe el orgullo que siente por su interminable campaña solidaridad. Habla en plural, no se tira rosas y siempre se refiere en nombre de la fundación. "No veo la hora que termine esta guerra absurda, pero por ahora lo veo difícil y seguiremos estando allí como la primera vez, cuando fuimos el 27 de febrero de 2022. En aquella oportunidad fuimos vía terrestre y demoramos unas 30 horas. Ahora descansamos una o dos noches, depende la urgencia. Este último periplo fue vía Francia, Alemania y Polonia hasta llegar a la frontera con Ucrania". Tiene una particularidad Sor Lucía, que no pierde el acento argentino a pesar de estar viviendo hace casi tres décadas en España. Cada acción humanitaria que realiza la vuelca en sus redes sociales. Tiene 180 mil seguidores en X y 133 mil en Instagram, de aquí su otro apodo, la monja influencer. "Todos los días pongo contenido y explico cada una de las actividades que realizamos. Con fotos y videos, y también testimonios, mi informe termina resultando como una certificación que la mercadería donada fue entregada como corresponde. ¿Si me comentan? Mis redes estallan de gente que quiere colaborar"". Cuenta también que, cuando regresa a España, se viene con heridos o con familiares de víctimas abrumados por la situación. "A los que se encuentran complicados de salud los llevamos a hospitales con otra complejidad para intentar salvarlos o brindarles un tratamiento adecuado, y a las mujeres e hijos de combatientes, los llevamos a Barcelona -a menos de una hora de Manresa-, para que conozcan el estadio Camp Nou, vean algún partido, visiten la Sagrada Familia o algún otro paseo. Los ayuda para sacarlos del alienante tema de la guerra. Buscamos que se desintoxiquen y después regresan a Ucrania. Es cerca de la medianoche en España y la hermana Lucía transmite su energía a través de la pantalla del celular. "Preguntame tranquilo, yo duermo poco, ya te dije". Hizo más de cuarenta viajes a Ucrania en cuatro años, es una cara amigable, necesaria y bienvenida, por eso cuando llega a la frontera entre Polonia y Ucrania, la guardia de frontera la recibe con una sonrisa más allá de los controles de rigor. "Lo que me pasa es de no creer... Todos me quieren conocer y hasta me piden fotos. Yo no me creo nada, sólo me interesa ayudar, ser útil y transmitir credibilidad. Por lo demás, trato de ser amable y cumplir con lo que necesitan". "Ellos me llevan y me cuidan en cada movimiento que damos. De verdad no tengo miedo, pero admito que esta última visita respiré la guerra como nunca antes". Comenta que las noches "las paso en diferentes lugares, depende de la situación, pero puede ser en hospitales de campaña o en un búnker, como sucedió la última vez en Kiev". En su último viaje de la última semana de febrero estuvo en los hospitales de Lviv, Kiev y Odessa visitando enfermos, heridos y amputados de la guerra. "Yo estoy a su lado, los escucho, les doy ánimo, fuerzas, empatizo, pero no me puedo quebrar, no me puedo comprometer emocionalmente, pero reconozco que al terminar el día termino rota... No te imaginás las cosas que veo, los cuerpos que veo", describe la monja argentina que se comunica con traductor. Vive sola, en una habitación de un monasterio del siglo XIII, en Manresa, que hospeda, además, indigentes de diversas nacionalidades. En su vida casi no hay recreos, "no recuerdo qué es sentarme a ver la televisión". Confiesa que se hace un pequeño hueco para hacer gimnasia dos veces por semana. "Es porque mi médico me obliga y tengo un entrenador que me da paliza", ríe a carcajadas. Su madre, de 95 años, y sus cinco hermanos están en Tucumán. "Mamá está bien, lúcida, y ya quiere que vuelve, la asusta un poco que vaya tan seguido a Ucrania, pero me termina entendiendo, sabe que así es mi vida, que esa es mi esencia, y mis hermanos me apoyan en todo. Yo voy a la Argentina una vez por año y me gusta volver a mi Tucumán querido". En 2015 conoció al Papa Francisco y desde entonces el vínculo creció a partir de varias visitas al Vaticano. "Lo vi por última vez unos meses antes de que muriera, tenía mucha fuerza a pesar de su cansancio y fragilidad. Lo lloré mucho, me sentí huérfana porque para mí fue un padre y lo extraño. Construimos una relación de amistad y confianza y empezó a querer verme seguido por mis acciones en Ucrania. Yo lo mantenía al tanto, le contaba todo y él me escuchaba y a partir de lo que yo le decía él decidía. Y me ayudó mucho económicamente". En camino de regreso desde Ucrania hizo una escala en Roma y esta vez visitó al Papa León XIV. "Pidió verme, que lo actualice de la situación y me dio una audiencia en el Vaticano. Debo reconocer que me sentí cómoda y muy respaldada. Es la segunda vez que estoy con su Santidad y puedo decir que si bien tiene un liderazgo diferente al de Francisco, transmite una convicción similar". Cerca de la una en España, no se le quiere sacar más tiempo a la monja, que cuenta que en noviembre tuvo un encuentro con Zelensky, el mandatario ucraniano, que la condecoró con la Orden de la Princesa Olga, en Madrid. El reconocimiento destaca la incansable labor humanitaria, habiendo realizado más de 40 viajes a Ucrania para llevar ayuda, ambulancias y equipos médicos. "Le agradecí pero no por la condecoración, sino por su comportamiento al frente del país en estos duros cuatro años". Se despide con su mirada sobre Argentina. "Al país lo veo con cautela, de reojo te diría, pero te confieso que la miraba con mucha más preocupación cuando estaban los K. Cualquier cosa valía con tal de cambiar. Y está claro que se necesitaba un cambio, no sé si éste era el cambio, pero había que hacer algo, porque el kirchnerismo hundió a la Argentina en la miseria". PS Sobre la firma Newsletter Clarín

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