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» La Nacion
Fecha: 22/02/2026 10:36
Matías Kulfas: Milei tiene con la industria anteojeras parecidas a las que tenía Cristina con el campo Crítico del enfoque económico actual, el exfuncionario sostiene que el Gobierno va a contramano del mundo, cuestiona la falta de política industrial y cree que el peronismo debe reconstruirse con una mirada productiva y territorial - 11 minutos de lectura' En medio de un escenario económico atravesado por la desaceleración de la inflación, la caída del empleo formal y el debate sobre el rumbo productivo del país, Matías Kulfas, economista y exfuncionario del gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, analiza la estrategia del gobierno de Javier Milei, cuestiona el enfoque de la reforma laboral y advierte sobre los riesgos de sostener un esquema de dólar barato sin política industrial. Kulfa plantea que la Argentina enfrenta una paradoja inédita crecimiento del PBI con destrucción de empleo registrado, sostiene que el desarrollo no puede apoyarse exclusivamente en las actividades extractivas y propone acordar políticas de Estado en materia industrial, energética, de infraestructura y reglas macroeconómicas. También reflexiona sobre el presente del peronismo y los desafíos de construir un liderazgo con anclaje territorial y productivo. ¿Qué opinión tiene de la reforma laboral? La reforma fue presentada como una herramienta para combatir la informalidad laboral, pero creo que su aporte en ese sentido es prácticamente nulo o muy bajo. En la Argentina, la informalidad se concentra sobre todo en las empresas más pequeñas: el 55% del trabajo informal está en firmas de hasta cinco empleados y, si se amplía hasta 25 empleados, se alcanza el 84%. Por eso, más que una reforma general, lo que se necesitaba era un estatuto específico para la pequeña empresa, con un sistema mucho más ágil. Sin embargo, el Gobierno no parece estar muy interesado en eso. Se siente más cómodo con la informalidad en el mundo de las pequeñas empresas o con figuras como la del monotributista colaborador. En cambio, incorporó otros cambios que no creo que tengan un impacto real en el empleo. Hoy el empleo está cayendo: se han perdido 200.000 puestos privados registrados desde que asumió Javier Milei, y no veo señales de reversión. El FAL, el fondo de indemnizaciones, tiene un costo fiscal y no parece aportar demasiado. Las grandes empresas no lo están utilizando, por lo que el Estado resigna recursos sin un objetivo claro. Además, es probable que el Gobierno termine tomando deuda contra ese fondo, es decir, cambiando un ingreso corriente por deuda. También está el fondo de incentivo a la formalización, con reducción de costos laborales. El otro día Luis Caputo se quejaba de que las cámaras empresarias no lo habían celebrado. Pero la mayoría de las empresas hoy no está pensando en contratar personal. Puede ser un incentivo útil para incorporar jóvenes con poca experiencia, pero son pocos los sectores que están en esa dinámica. Pero el problema del empleo no empezó hace dos años, desde al menos 2012 no se crean puestos formales en el país. Coincido. No estoy en contra de una reforma laboral; lo he dicho varias veces. Pero si el núcleo del problema está en las micro y pequeñas empresas, allí debía focalizarse. Además, hay una cuestión estructural que no se resuelve con cambios laborales: los motores de crecimiento económico que generan empleo. Lo que ocurrió en 2025 es muy llamativo: probablemente fue el primer año, desde que existen estadísticas, en que el Producto Bruto Interno (PBI) creció y, al mismo tiempo, cayó el empleo privado registrado. ¿A qué lo atribuye? A un programa económico que ha desatendido los motores del crecimiento. Hay un fuerte foco en lo financiero y en las actividades extractivas. Está bien que crezcan, pero sin un desarrollo encadenado en la industria el impacto es limitado. El ejemplo es el RIGI, que no incorporó una política sólida de proveedores para minería y energía. La caída del empleo se explica sobre todo por la industria, que perdió más de 60.000 puestos, y por la construcción, con otros 60.000 empleos menos. Esto se vincula con la paralización de la obra pública y con una economía que quedó muy cara, lo que dificulta también la obra privada. ¿Puede competir la Argentina con el exterior, especialmente con China? No. Con una política de dólar barato y sin política industrial, es muy difícil competir con China. Incluso empresas muy competitivas como Techint tuvieron dificultades frente a competidores asiáticos en licitaciones recientes. Este es un debate que atraviesa a todo Occidente. Lo plantea Donald Trump y también la Unión Europea. Lo llamativo es que Milei es uno de los pocos líderes de derecha que no defiende activamente a su industria. Todos los demás tienen esta agenda muy marcada. No se trata de cerrarse al comercio o que no busquemos tener precios competitivos, sino de construir condiciones de competitividad: revisar impuestos, mejorar productividad y, eventualmente, establecer esquemas de cupos o protección inteligente, como hace la propia China, que impone cupos a la importación de carne y aplica aranceles más altos por encima de esos límites. La Argentina necesita combinar una macroeconomía ordenada, un tipo de cambio que refleje mejor la productividad, una política industrial y algún esquema de protección razonable. El punto de partida de la Argentina versus Estados Unidos y China es distinto. La Argentina ya era una economía cerrada. En la Argentina del siglo XXI hubo combinaciones distintas: tipo de cambio alto con baja protección, o tipo de cambio bajo con mucha protección. Pero el escenario más nocivo y menos constructivo en ese sentido es el actual, que es tener ningún tipo de política industrial y además un dólar barato. Eso implica regalar el sector manufacturero. Milei es un líder que tiene con la industria unas anteojeras parecidas a las que tenía Cristina con el campo. Ni la industria está compuesta por prebendarios y ladrones, ni la soja es un yuyo. Lo que se necesita son esquemas serios de competitividad. Hoy se destruyen entre mil y dos mil empleos industriales por mes y siguen cerrando empresas. Se da la paradoja de una economía que aún creciendo también destruye empleo privado. Tal vez el apoyo de la política actual del Gobierno es que durante la gestión anterior, los precios de los celulares, las computadoras, lavarropas o neumáticos valían el doble de lo que costaban en los países vecinos. Es cierto que había un problema de precios relativos, distorsionados por el cepo, la deuda y otros factores macroeconómicos. Era más barato comprar una computadora en Chile y más barato hacer turismo en la Argentina. Hoy las computadoras son más accesibles aquí, pero el turismo es muy caro. Salvo algunos productos como carne, vino y algunos servicios, Buenos Aires es más cara que Madrid en casi todo. El problema sigue siendo macroeconómico. La reducción de la inflación es positiva, pero se está logrando con un dólar que no surge libremente del mercado sino que está políticamente administrado. Eso genera distorsiones que afectan la competitividad y acumulan tensiones en la economía real y financiera. ¿Qué ocurrió en el gobierno anterior? ¿Por qué terminó con tantas distorsiones de precios, inflación, brecha cambiaria, reservas negativas en el Banco Central? La historia es bastante conocida. Fue un gobierno que asumió con una situación delicada: default de deuda en pesos, compromisos con el Fondo Monetario Internacional (FMI) difíciles de afrontar y luego la pandemia, que generó caída de la actividad y necesidad fuerte de un paquete fiscal para sobreponerse. Se buscó después reestructurar la deuda y ordenar los pasivos externos, recurriendo al cepo como transición. El problema fue que, al empezar a salir de la pandemia, estalló la famosa interna dentro del gobierno, lo que impidió consolidar un sendero macroeconómico distinto. Durante muchos años se instaló la idea de que el peronismo llegaba para ordenar la economía, como ocurrió tras las crisis de Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa. Sin embargo, después de los dos últimos gobiernos peronistas quedó una imagen de desorden macroeconómico. ¿Cómo está hoy el peronismo? Creo que la Argentina está demandando, y lo hará cada vez más, un escenario de normalización macroeconómica: bajar la inflación y consolidar una economía de baja inflación. Hoy estamos en un impasse, después de ocho meses consecutivos de leves aumentos en la tasa mensual. Habrá que ver si en los próximos meses esa tendencia se revierte. Pero además de estabilizar la macro, es necesario incorporar una mirada productiva y de empleo. En ese marco, el peronismo o al menos una parte puede ser una alternativa junto con otros sectores políticos. Claro que no con la imagen que dejó, sobre todo, en el último año de gestión. ¿Hay algo que destacaría del gobierno de Milei? Creo que el rumbo es equivocado porque va a contramano de lo que está discutiendo el mundo. Hoy el debate global gira en torno a cómo reestructurar las cadenas productivas, cómo enfrentar los desafíos que plantea China y, en general, el desarrollo asiático. En ese contexto, Milei avanza en sentido contrario. De hecho, desde que es presidente, en términos de balanza comercial, ha ganado mucho más Xi Jinping que Donald Trump. China alcanzó el año pasado un récord de exportaciones manufactureras hacia la Argentina: cerca del 25% de nuestras importaciones provienen de allí. Incluso en un punto que considero positivo la posibilidad de discutir un acuerdo con Estados Unidos veo falencias. Estados Unidos está impulsando la relocalización de cadenas productivas y una menor dependencia de Asia, con mayor integración regional. Eso podría ser una oportunidad para que la Argentina se incorpore a cadenas industriales de América del Norte, proveyendo autopartes, maquinaria agrícola o productos farmacéuticos. Sin embargo, nada de eso aparece en el acuerdo reciente. Aun en los ámbitos donde el Gobierno intenta abrir oportunidades, termina fallando por esas esas anteojeras ideológicas. ¿Qué papel tiene hoy Cristina Kirchner en el peronismo? Me parece que su papel está terminado. Ha tenido, sin duda, un rol muy significativo y todavía hoy es una persona muy apreciada por algunos sectores del peronismo, pero hace rato que perdió una visión de presente y de futuro, con lo cual me parece que el liderazgo tiene que ir para otro lado. ¿Para dónde? Se va a construir. En lo personal, y sin dar nombres porque eso siempre genera tensiones innecesarias, creo que el próximo presidente debería surgir del interior del país. La Argentina necesita liderazgos más vinculados a lo territorial, a lo productivo, conocedores de los problemas más profundos de la Argentina. Porque insisto, además con lo que se viene, los grandes centros económicos de desarrollo están mucho más descentralizados que en el pasado. Necesitamos que Vaca Muerta, el cobre y el litio también traccionen en desarrollo industrial en el Gran Buenos Aires, en Córdoba, en Rosario, en Mendoza, en todo el país. Va a ser un país mucho más descentralizado, pero creo que es absolutamente utópico pensar que la Argentina puede desarrollarse, crecer y dar empleo genuino y de calidad solamente con la franja cordillerana que va desde Santa Cruz hasta Jujuy. En un contexto de mayor apertura económica, ¿qué política industrial es posible? La política industrial no se reduce a cerrar importaciones. Esa puede ser una herramienta excepcional en una emergencia, pero no una estrategia permanente. Una verdadera política industrial implica desarrollar capacidades, reducir costos de manera genuina, promover empleo más calificado e invertir en infraestructura: rutas, puentes y caminos más seguros y eficientes. También incluye crédito accesible, inversión productiva, acuerdos comerciales que integren componentes argentinos en el exterior y pactos de competitividad entre empresas y sindicatos. Todo eso es política industrial, y hoy está ausente. Plantear que la única opción es cerrar completamente la economía o abrirla sin condiciones es una discusión antigua, que no refleja lo que están haciendo otros países ni las experiencias internacionales actuales. Usted habló de acordar cinco políticas públicas básicas. ¿Cuáles son? Primero, una estrategia industrial con instrumentos claros. Segundo, un plan energético y minero. Tercero, infraestructura. Y, además, reglas macroeconómicas estables, incluida una regla fiscal. No implica superávit permanente, pero sí financiamiento responsable. Pero realmente pensar una Argentina que no desarrolle su infraestructura, que se quede sin obra pública, me parece que es muy difícil que pueda crecer sostenidamente. Y no congelar tarifas de gas y electricidad... Siempre estuve en contra de los congelamientos tarifarios. Puede justificarse alguno en una situación puntual o de emergencia, pero cuando se extienden durante años incluso una década terminan siendo muy nocivos para la economía y para el propio sistema energético. En ese sentido, creo que el Gobierno hizo lo correcto en eliminar los subsidios a los sectores más ricos. La pileta climatizada con gas subsidiado es una de las aberraciones más grandes que se pudo haber cometido, y peor aún en gobiernos peronistas, lo cual me duele más, y lo he dicho en más de una ocasión. Últimas Noticias Ahora para comentar debés tener Acceso Digital. Iniciar sesión o suscribite
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