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  • Cuando el juego deja de ser juego Adolescencia, carnaval y banalización de la violencia

    Gualeguay » Debate Pregon

    Fecha: 22/02/2026 12:25

    Cuando el juego deja de ser juego Adolescencia, carnaval y banalización de la violencia Durante las siestas de verano, en plazas y calles de muchos pueblos, el carnaval irrumpe con su lógica de desborde: baldes de agua, globos, espuma, corridas y risas. El ritual festivo habilita, históricamente, una suspensión momentánea de las normas cotidianas. Es el tiempo del exceso permitido, un momento en el que lo habitual parece invertirse y el cuerpo ocupa el centro de la escena. Sin embargo, en algunos episodios recientes, el agua fue reemplazada por barro extraído de los canteros, líquidos mezclados con residuos, empujones insistentes y persecuciones a quienes no deseaban participar. Ya no todos ríen. No todos consienten. Y entonces surge una pregunta necesaria: ¿en qué momento el juego deja de ser juego? El carnaval, como toda celebración colectiva, cumple una función simbólica. El pensador ruso Mijaíl Bajtín lo describió como un tiempo de inversión del orden social, donde se suspenden jerarquías y se habilita el exceso. Pero esa suspensión no implica ausencia de límites. El ritual funciona porque existe un marco compartido que lo contiene. Cuando ese encuadre se debilita, el desborde puede transformarse en humillación o ejercicio de poder. La filósofa Hannah Arendt habló de la banalidad del mal para señalar cómo ciertas formas de violencia pueden instalarse sin estridencia, naturalizadas en la vida cotidiana. Sin trasladar literalmente su concepto, podemos pensar en una banalización de la violencia cuando prácticas que implican daño dejan de escandalizar porque se justifican como tradición, diversión o simples cosas de chicos. Lo preocupante no es solo el acto, sino la naturalización del daño. La adolescencia agrega una dimensión particular. Erik Erikson conceptualizó esta etapa como un momento decisivo en la construcción de la identidad. El grupo de pares ofrece pertenencia y reconocimiento, pero también puede diluir la responsabilidad individual. La psicología social denomina a este fenómeno desindividuación: conductas que en soledad generarían duda o culpa se legitiman dentro del grupo. La risa compartida anestesia la percepción del daño y vuelve difusa la responsabilidad. Aquí el consentimiento se vuelve central. El juego verdadero implica acuerdo, alternancia de roles y posibilidad real de retirarse sin represalias. Cuando alguien no quiere participar y no puede sustraerse; cuando se utiliza suciedad con intención degradante; cuando se persigue a quien intenta escapar o se filma para exponer en redes sociales, ya no estamos ante una experiencia lúdica sino ante una escena asimétrica. Allí aparece la desigualdad, y con ella la herida. La humillación pública, especialmente en la adolescencia, puede tener efectos psíquicos profundos. La imagen social forma parte constitutiva de la identidad en construcción. Lo que para algunos es diversión pasajera puede convertirse para otros en vergüenza persistente o retraimiento. Las marcas simbólicas, aunque invisibles, también duelen. No se trata de demonizar a los adolescentes ni de prohibir el carnaval como expresión cultural. El problema no es el desborde en sí mismo, sino la ausencia de encuadre. Todo ritual necesita adultos que sostengan límites simbólicos, no como control punitivo sino como referencia ética y comunitaria. La presencia adulta no es censura; es cuidado. En contextos sociales atravesados por tensiones y frustraciones acumuladas, la agresividad encuentra vías de descarga. El carnaval puede convertirse entonces en un escenario donde esa descarga parece permitida. La frase es solo un juego funciona como coartada cultural que desresponsabiliza. Para concluir, no se trata de señalar culpables. Ni los niños ni los jóvenes y tampoco sus padres pueden convertirse en el blanco simplificador de un fenómeno que es, en realidad, colectivo. Lo que necesitamos es abrir debates genuinos y sostenidos en el tiempo. La comunidad en su conjunto la escuela, la familia, los clubes, las bibliotecas, el municipio, los espacios culturales tiene un papel insustituible en la construcción de marcos de convivencia. También quienes ejercemos profesiones vinculadas al cuidado y la salud mental estamos llamados a aportar herramientas para pensar sin miradas sesgadas y promover acuerdos posibles. Más que buscar responsables individuales, el desafío es preguntarnos, juntos, qué límites y qué valores queremos transmitir para que el juego vuelva a ser encuentro y celebración, y no escenario de exclusión. Allí donde el juego deja de ser juego, lo que se resquebraja no es solo una tradición festiva, sino el lazo social que nos sostiene. Lic. Ana María Zanini. MP 138 Psicóloga Espacio de reflexión y salud mental comunitaria

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