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  • No subió al vuelo 2553 de Austral: perdió a su familia y transformó la tragedia en novela

    » TN

    Fecha: 22/02/2026 06:00

    A los nueve años, Irina Bondarenco quedó atravesada por una tragedia que marcaría su vida para siempre: el accidente del vuelo 2553 de Austral Líneas Aéreas, ocurrido el 10 de octubre de 1997. El avión, un DC-9 que cubría la ruta PosadasBuenos Aires, se estrelló en una zona rural de Uruguay durante una tormenta y murieron las 74 personas que viajaban a bordo. En ese avión iba su familia. Años más tarde, esa experiencia extrema reapareció en su primera novela publicada, La niña que me abandonó, aunque no del modo que podría suponerse. Leé también: Había soñado que iba a morir en un accidente, dijo la hermana de la azafata muerta en la tragedia de Austral No es un libro autobiográfico, aclara desde el comienzo. La novela parte de un hecho real, pero la protagonista, Lucía, es una construcción de ficción. No me interesaba contar mi historia, sino imaginar el recorrido de alguien que aprende a vivir después de lo impensable. Lejos de reconstruir el accidente o detenerse en sus detalles técnicos una tragedia que conmocionó al país y dejó marcas duraderas en la memoria colectiva, la novela utiliza ese hecho como disparador emocional. La ausencia no hubo cuerpos, apenas restos y cenizas se vuelve un elemento central, no como dato informativo sino como experiencia subjetiva. Esa falta volvió todavía más complejo el duelo, explica la autora. Y desde allí se abre la pregunta que recorre todo el libro: qué pasa después. De la catarsis al personaje La historia se fue armando en el proceso. El primer capítulo apareció sin planificación previa, más como respuesta a una necesidad expresiva que como el inicio consciente de una novela. Ese primer texto fue una catarsis. Había una escena que necesitaba escribir, sin pensar qué iba a pasar después, recuerda. Con el tiempo, algo se desplazó. La escritura dejó de orbitar alrededor de la experiencia real y comenzó a construir otra cosa. Cuando Lucía la protagonista empezó a existir como personaje, la historia dejó de parecerse a mi vida. Ahí entendí que estaba escribiendo una novela, no un testimonio, sostiene. Ese corrimiento fue decisivo: la ficción ganó autonomía y la autora pudo soltar la obligación de narrar lo vivido en clave confesional. La vida nos da y nos quita, y nos obliga a aprender a convivir con lo que falta, reflexiona. Me interesaba pensar qué le pasa a alguien después de lo impensable, no volver sobre el hecho en sí. Una infancia atravesada por la ausencia A los nueve años, la pérdida no se entiende: se siente. Irina no pudo elaborar lo ocurrido en términos racionales, pero el impacto se filtró en la vida cotidiana, en el cuerpo y los silencios. Años más tarde, esa experiencia reaparecería transformada en escritura, desde una mirada que prioriza la percepción infantil antes que la explicación. La infancia no teoriza: siente, afirma Bondarenco. Y esa mirada me permitía narrar la pérdida sin explicarla, sin subrayarla, asegura. Desde ese lugar, la ausencia no aparece como un hecho aislado ni como un recuerdo cerrado, sino como una presencia persistente que acompaña el crecimiento. Me interesaba mostrar cómo el duelo se filtra en lo cotidiano, incluso cuando uno no tiene palabras para decirlo, señala. Hay cosas que, cuando sos chico, no entendés, pero te atraviesan igual. Quería respetar eso: no llenar de explicaciones algo que se vive más desde el cuerpo que desde el pensamiento, dice. Escribir con la memoria sin quedar atrapada en ella El proceso de escritura le llevó casi dos años, atravesado por idas y vueltas con la memoria. Para construir a Lucía, volvió sobre escenas del pasado, conversó con personas que la ayudaron a recuperar detalles y dejó que esos recuerdos se mezclaran con la imaginación. La memoria no es lineal ni fiel. No vuelve como una película ordenada, sino en fragmentos: imágenes sueltas, sensaciones, climas, explica. Por eso, la novela está profundamente ficcionada. Muchas situaciones que no fueron vividas se entrelazan con recuerdos reales y con historias ajenas. No todo lo que está en el libro me pasó a mí. Hay escenas que nacieron de relatos de otras personas o directamente de la invención. Eso también fue liberador. No es casual que el viaje ocupe un lugar central en el relato. Misiones, Buenos Aires, San Isidro, Barcelona. Los desplazamientos geográficos acompañan el recorrido emocional de la protagonista. El duelo no se queda quieto. El dolor y los fantasmas viajan livianos, se cuelan en nuestras valijas. No importa dónde estés: aparecen, sostiene. Lo real como punto de partida Al presentar el libro, la autora insiste en que no busca explicar la tragedia ni ofrecer respuestas cerradas. El accidente funciona como punto de partida, nunca como centro. Quería que ese hecho estuviera, pero solo como origen. Lo que me interesa es lo que deja: cómo se resignifica la muerte, cómo se aprende a estar viva después, afirma. Leé también: A 23 años de la tragedia de LAPA: el increíble destino de las dos víctimas que no iban en el avión Para quienes atravesaron pérdidas similares, Bondarenco no promete respuestas cerradas ni identificaciones directas. Ojalá encuentren compañía. No respuestas cerradas, pero sí preguntas necesarias, dice. La apuesta es literaria y emocional a la vez: un espacio donde el dolor no queda fijado, pero tampoco se niega. Después de una fractura, la vida sigue; transformada, distinta, pero sigue, concluye. La niña que me abandonó propone justamente eso: una manera de narrar la continuidad posible, sin borrar lo que se perdió en el camino.

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