Contacto

×
  • +54 343 4178845

  • bcuadra@examedia.com.ar

  • Entre Ríos, Argentina

  • Declararon las madres de las víctimas del accidente que causó Orrico

    Concepcion del Uruguay » La Calle

    Fecha: 22/02/2026 05:43

    Una zapatilla rescatada del auto, una madre que se define muerta en vida y un Día del Padre que quedó trunco marcaron las primeras jornadas del juicio. El dolor atravesó la sala y puso en palabras la ausencia que dejó el choque. Por: Matías Dalmazzo El juicio contra Juan Ruiz Orrico comenzó esta semana en los tribunales de Concepción del Uruguay, donde el ex funcionario provincial enfrenta cargos por la muerte de cuatro jóvenes trabajadores ocurrida el 20 de junio de 2024 en la Ruta Provincial 39, a la altura de Caseros. El debate oral se desarrolló durante miércoles, jueves y viernes, y continuará el martes y el viernes de la semana próxima. El proceso analiza la responsabilidad de quien conducía un vehículo oficial de la Gobernación de Entre Ríos y, según la acusación, manejaba bajo los efectos del alcohol cuando invadió el carril contrario y chocó contra el auto en el que viajaban las víctimas. El tribunal escuchó en estas primeras jornadas a numerosos testigos propuestos por la parte acusadora. La querella sostuvo su planteo con pericias, reconstrucciones y relatos que apuntan a demostrar la imprudencia al volante. Las audiencias dejaron momentos de profundo dolor cuando declararon familiares directos de los jóvenes fallecidos. La sala prestó especial atención a tres testimonios que resultaron crudos y reveladores. Las madres de Lucas y Brian Izaguirre, de Axel Maximiliano Rossi y de Leonardo Iván Almada reconstruyeron ante los jueces el impacto irreparable que dejó el choque en sus familias. La zapatilla que quedó en la ruta Nélida Lorena Dubini, madre de Lucas y Brian Izaguirre, declaró en la tercera audiencia del juicio por el accidente ocurrido el 20 de junio de 2024 y describió el antes y el después que marcó a su familia. Después de ese día no tenemos vida, solo se sobrevive, expresó. Contó que aquella mañana, como tantas otras, sus hijos salieron a trabajar. Brian conducía el auto en el que pasaban a buscar a sus compañeros. La noche anterior, al ser feriado, ella le había preguntado si se quedaban a comer en casa. Él le respondió que debía trabajar para terminar su casa. Nada hacía prever la tragedia. Relató que esa mañana recibió un llamado en un grupo avisando sobre un accidente en la zona de La Justa y que podría tratarse del vehículo de sus hijos. Desesperada, intentó comunicarse con ellos y con la empresa, sin obtener respuestas. Un compañero le dijo que los chicos no habían llegado al trabajo. La comisaría tampoco brindaba información. Minutos después, un oficial de Basavilbaso le mostró una foto del auto: era el de Brian. Con la esperanza de encontrarlos con vida, fue hasta el lugar del hecho y luego al hospital, donde según declaró les hicieron esperar durante horas en la vereda sin darles precisiones, hasta que finalmente les permitieron ver los cuerpos tras la autopsia. En su testimonio recordó el momento en que se acercó al auto siniestrado. Allí encontró una zapatilla de Brian. Contó que ella misma la sacó del interior del vehículo y que nadie custodiaba el lugar del accidente, lo que le permitió llevársela. Dijo que conserva esa zapatilla, que la abraza todos los días y que le habla, como también les habla a las fotos de sus hijos. Espero sentir algo de ellos, manifestó. También relató que cuida con especial dedicación la camiseta de fútbol que Lucas llevaba puesta el día del choque, aún manchada con sangre, prenda que debió coser porque sabía cuánto la amaba. Durante la audiencia, Dubini le mostró esa remera a Juan Ruiz Orrico. La mujer describió el vacío que quedó en su casa. Habló del silencio, de la ausencia de música porque, dijo, Lucas era quien llenaba todo de canciones y bromas y del dolor de su nieto Genaro, que entonces tenía 12 años y veía en su padre a un héroe. Recordó que Brian era árbitro federal en Basavilbaso y que su carrera quedó truncada. Mis hijos eran luz, eran vida. Iban a trabajar para progresar, afirmó, y contrastó esa decisión con lo que, según sostuvo, hacía el imputado ese día. Señaló que desde la tragedia inició una lucha para que el asesino de mis hijos pague, porque remarcó el derecho a la justicia es de todos. En un tramo directo de su declaración, se dirigió a Orrico y le preguntó cuánto vale la vida de un hijo y cuánto vale el dolor de una madre. Sostuvo que ninguna compensación económica mitiga lo que siente y pidió que asuma la responsabilidad que marca la ley. Aseguró que aún no pudo hacer el duelo porque está concentrada en la búsqueda de justicia. Hoy se cumple un año y ocho meses, recordó ante el tribunal, y agregó que cada día 20 la familia celebra una misa en memoria de Lucas y Brian. En mi casa se habla con las fotos, cerró, dejando en claro que, desde aquel 20 de junio, su vida quedó atravesada por la ausencia. La puerta que ya no se abre María de los Ángeles Benítez, madre de Axel Maximiliano Rossi, declaró en la tercera audiencia del juicio por el siniestro vial ocurrido el 20 de junio de 2024 y reconstruyó ante el tribunal cómo era su vida antes de esa madrugada. Éramos una familia completa, feliz, unida, expresó. Contó que su hijo, de 23 años, vivía por su hermana y que todo lo hacían en conjunto. Si planeaban vacaciones, debían coincidir todos; de lo contrario, no viajaban. Axel era la persona más amorosa que había, dijo. Relató que su hijo había comenzado a trabajar en 2019 y que, como cada día laboral, ella lo despertaba de madrugada. El 20 de junio lo levantó a las 2.40 para que fuera a trabajar. Los compañeros se turnaban semanalmente para trasladarse en los autos; esa semana les tocaba viajar en el vehículo de Gabriel. A las 7.30 recibió el llamado de su hermano, quien le avisó que había ocurrido un accidente. Yo no lo creía, afirmó. Salieron de inmediato y, al llegar al lugar, les informaron que los jóvenes ya no estaban con vida. Lo único que recuerda con claridad es haber visto a un amigo de su hijo esperándola en el lugar del accidente. Desde entonces, sostuvo, su vida se derrumbó. No solamente mató a mi hijo, me mató a mí también, expresó, y aseguró que vive muerta en vida. Contó que su hija Yami comenzó tratamiento psicológico por problemas de ansiedad y que tanto ella como su esposo debieron dejar sus trabajos. Antes trabajaba como peluquera en su casa, pero no pudo continuar porque le resultaba insoportable esperar cada tarde la llegada de Axel, como sucedía a las 16. Decidió abrir un comercio para pasar el día fuera del hogar, ya que estar allí le provoca angustia constante. Durante su testimonio se dirigió directamente al imputado y le preguntó cuánto vale la vida de un hijo y qué precio le pondría a la de los suyos. Remarcó que Axel tenía 23 años, que trabajaba desde los 19, que era apasionado por el deporte y que tenía todo un futuro por delante. La vida de mi hijo no tiene precio, insistió, y cuestionó cualquier ofrecimiento económico como forma de reparación. En ese momento, el tribunal le aclaró que no se trataba de una instancia de diálogo entre las partes, aunque dejó planteado el sentido de su reclamo. Axel está inhumado en el cementerio de General Galarza. Su madre contó que habla con él todos los días: tiene fotos en el celular, en el termo y colgadas en su negocio. Cada noche le da un beso a su imagen antes de dormir y muchas veces se despierta en la madrugada, a la hora en que lo levantaba para ir a trabajar, y se detiene frente a la puerta de su habitación. Dijo que toma medicación para poder dormir y que su hija, de 18 años, también debió comenzar a medicarse por las dificultades para descansar y los ataques de angustia que le impiden asistir con normalidad a la facultad. Sobre Yami destacó su fortaleza: aseguró que, pese a su edad, se puso la familia al hombro y hoy es quien los acompaña y sostiene cuando debería ser al revés. Sigo por ella, confesó, al explicar que muchas veces solo la imagen de su hija la mantiene en pie. Finalmente, ante una pregunta de la defensa, confirmó que recibieron compensaciones económicas vinculadas a la aseguradora y a la ART, aunque subrayó que nada de eso cambia la pérdida. Mi vida no fue igual ni lo será, concluyó. El abrazo que no volvió María Cornelia Jaime, madre de Leonardo Iván Almada, declaró en la tercera audiencia del juicio por el siniestro vial ocurrido el 20 de junio de 2024 y describió cómo cambió su vida y la de toda su familia. Éramos una familia feliz, nos reuníamos siempre. Leo era el que juntaba a todos, expresó. Desde su muerte dijo ya no existen esas reuniones, los cumpleaños ni las fiestas se viven igual. Ahora es un día más, contó que les dijo a sus hijas después del primer año sin él. Nos quitaron algo que no vuelve más. Recordó que su hijo se levantó esa madrugada a las 3.17. Ella misma lo despertaba cada día, primero unos minutos antes de las 3 y luego a la hora exacta. Leo salía a trabajar, no a andar de vago, remarcó. Fue Lorena Dubini, madre de Brian, quien la llamó para avisarle que había ocurrido un accidente y que los chicos estaban en el hospital. Al escuchar eso, se le cayó el celular de las manos. Su hija Lía tomó el teléfono y organizó todo para ir hasta el lugar. Durante el trayecto, sostuvo, mantuvo la esperanza de encontrarlo con vida. Al llegar, miró el auto y corazón de madre sintió que algo no estaba bien. No la dejaron bajar del vehículo y le insistían en que estaba en el hospital. Decime la verdad, pidió. En el hospital, relató, les dijeron que estaban durmiendo, que ya se iban a despertar. También cuestionó el operativo policial: afirmó que los rodearon y los hicieron permanecer sentados, como si fueran ellos los delincuentes, mientras según dijo protegían al imputado por temor a que le hicieran algo. ¿Qué le íbamos a hacer nosotros, con el dolor que teníamos?, planteó. En su declaración fue categórica: dijo que nunca lo va a perdonar y pidió al juez la pena máxima. Quiero justicia por mi Leo y por sus amigos, expresó. Señaló que cuatro personas murieron y que nada devolverá a sus hijos. A mí me quitaron uno; a otras madres, dos o uno. Nadie nos los va a devolver, afirmó. Mirando al imputado, lo llamó asesino y sostuvo que sabía que no se puede salir a la ruta alcoholizado. Es como darle un arma a un chico, graficó. Relató escenas cotidianas que quedaron truncas. Contó que la noche anterior habían hablado de unas galletitas que él quería para el mate al regresar del trabajo. Las guardó durante un mes esperando que volviera. Y todavía lo sigo esperando, confesó. Dijo que no puede dormir, que muchas veces se despierta pensando que su hijo sigue trabajando y que le cuesta aceptar que debe ir al cementerio, al nicho frío. Él puede ver a sus hijos cuando quiere; nosotros solo podemos ir a la tumba, comparó en referencia al acusado. También habló de sus nietos, tres chicos que hoy están en tratamiento psicológico. Recordó especialmente al más pequeño, que frente al cajón le pedía a su padre que se levantara para ir a jugar. ¿Cómo se le explica eso a una criatura?, preguntó. Sobre Leo como padre, contó que era presente y comprometido. Tenía un régimen de visitas y, aun cuando no tenía trabajo estable y hacía changas, cumplía con sus responsabilidades. Cuando consiguió empleo formal, celebró porque podría pasar la cuota alimentaria y que a sus hijos no les faltara nada. Siempre estaba, siempre mandaba mensajes al grupo de hermanos, recordó. Incluso evocó una anécdota previa al accidente, cuando discutían en broma cómo iban a cocinar un lechón para el Día del Padre. Nos quedamos con las ganas, dijo. Antes de cerrar, volvió a pedirle al juez que se tome el corazón y escuche a las madres que según expresó sienten el dolor en carne propia. A mí me mataron la vida cuando me quitaron a mi hijo, concluyó.

    Ver noticia original

    También te puede interesar

  • Examedia © 2024

    Desarrollado por