05/02/2026 06:54
05/02/2026 06:52
05/02/2026 06:51
05/02/2026 06:51
05/02/2026 06:49
05/02/2026 06:49
05/02/2026 06:48
05/02/2026 06:48
05/02/2026 06:48
05/02/2026 06:47
» TN
Fecha: 05/02/2026 05:53
Eran hombres comunes. Obreros, plomeros, carpinteros, kioskeros, colectiveros, había algún oficinista. Trabajadores de la clase media baja de Hamburgo. Pasaron de construir mesas, vender ovillos de lana, repartir leche o levantar paredes a asesinar a mansalva. A decenas de miles de víctimas inocentes. Gente común que ejecutó actos extraordinariamente inhumanos, pudiendo negarse a hacerlo. Estos hombres habían tratado de alistarse en el ejército alemán para luchar en la Segunda Guerra Mundial, pero fueron rechazados por temas de salud o por su edad avanzada. Cuando se percataron de que la guerra iba a durar bastante, que el avance inicial irrefrenable del Tercer Reich se había detenido, los comandantes nazis los convocaron para integrar un batallón de policía de reserva. Los antes rechazados aceptaron gustosos integrarse luego de un muy breve periodo de instrucción. Era su manera de sentirse útiles, de aportar a la causa. Las funciones asignadas no eran complejas. Debían realizar tareas de control y de vigilancia, en especial en los traslados de prisioneros o de materiales para las fábricas que producían los pertrechos bélicos. Leé también: Archivos desclasificados: cómo hizo Mengele para vivir en la Argentina con su propio nombre Por el Batallón 101 de Hamburgo pasaron unos 500 hombres en los más de dos años en que estuvo activo. El grupo no era demasiado prometedor. Rechazados por el ejército por viejos y sin experiencia previa, excepto por unos pocos que habían participado en la Primera Guerra Mundial. También se incorporaron muchos luxemburgueses (Luxemburgo había sido anexado a Alemania un par de años antes). Estos hombres, trabajadores, muy parecidos entre sí, más allá del oficio de cada uno, la mayoría honestos, gente que nunca había cometido un delito ni había lastimado a nadie, tres semanas después del ingreso al Batallón 101, cometieron su primera matanza. Recibieron la orden de aniquilar a los judíos del gueto de Josefow. Y lo hicieron. Los integrantes del 101 no fueron avisados de su misión hasta llegar al lugar. Les dieron gran cantidad de municiones. Y mucho alcohol. Arriaron a más de mil judíos a un bosque, hicieron que cavaran una fosa profunda y luego desde muy corta distancia les dispararon a la cabeza, a los ojos, al corazón. La misión, desde el punto de vista logístico, fue un desastre por la falta de práctica. Fallaron demasiados disparos, dejaron demasiados centenares de víctimas agonizantes. Tras los disparos no siempre los fusilados morían. Muchas veces alguno no acertaba al blanco pese a la cercanía o la herida no era mortal, y el prisionero se dejaba caer en la fosa y era tapado por los siguientes cuerpos. Entonces los integrantes del Batallón 101 descendían a la fosa y le daban el disparo de gracia a los que aún gemían. Algunos pocos lograron simular su muerte, se quedaron quietos, y pudieron salir con vida una vez que los perpetradores se alejaron. Los uniformes y las caras de los fusiladores quedaron manchadas de sangre y de masa encefálica. En sus memorias se fijaron las caras de los chicos llorando antes de que gatillaran, los ruegos para que no dispararan, la desesperación de las madres, los gemidos de los que agonizaban en la pila de cuerpos que caía a la fosa cavada unas horas antes. Tardaron 17 horas en cumplir con su misión. Cuando, exhaustos y borrachos y alienados, pensaron que todo había terminado, recibieron la orden de buscar en la ropa y en los cadáveres dinero, joyas y oro. Así que debieron sumergirse en ese mar de cadáveres a rescatar el botín. Ese fue el bautismo de fuego de esos hombres que hasta hacía menos de un mes desarrollaban un oficio en Hamburgo. Le seguirían otras masacres. Entre julio de 1942 y noviembre de 1943, el Batallón 101 participó en 14 matanzas. Sus hombres mataron alrededor de 83.000 judíos y enviaron 45.000 más a los campos de concentración. En la Alemania Nazi hubo 133 de estos batallones policiales. El 101 fue el cuarto que más víctimas produjo. Los integrantes de estos batallones y en particular el 101 de Hamburgo no eran especialmente adictos ideológicamente al nazismo antes de su enrolamiento (varias investigaciones recientes lo demuestran). Así, un grupo de hombres sin demasiado background ideológico, sin integrantes de un nazismo recalcitrante en los años anteriores, sin haber sido adoctrinados de manera especial, sin una selección especial, sin una preparación específica, se convirtió en uno de los más prolíficos productores de víctimas. Todo eso hace más aterradora la historia. Leé también: El criminal nazi que vivió 40 años en la Argentina y fue delatado por el valor de un boleto de colectivo En la primera misión hubo al menos 12 integrantes del batallón que se negaron a disparar o que quedaron paralizados ante los ruegos de las víctimas. Les permitieron alejarse del lugar y esperar en los camiones que los habían trasladado. En los demás operativos hubo hombres que, como aquellos 12, se negaron a participar, que dijeron que ellos no iban a asesinar a sangre fría. Y lo más sorprendente es que ninguno fue asesinado, enviado a la cárcel o degradado. Una de las grandes preguntas es por qué solo tan pocos se negaron, si podían hacerlo. Los que se negaron no fueron vistos como buenas personas, ni siquiera ellos alegaban que su bondad les impedía matar a alguien. El resto estaba convencido de que aquellos que se rehusaban eran débiles, casi traidores. Se transformaban en las ratas, los cobardes del batallón. Los maltrataban, les daban las tareas que nadie quería: limpiar los baños, por ejemplo. Les hacían sentir que cargaban de mayor responsabilidad a sus compañeros, con los que convivían diariamente. Pero ninguno de los renuentes, de los objetores, sufrió represalias irreparables. Aun así la gran mayoría decidió participar de las masacres. El caso lo estudió el historiador Christopher Browning en su libro Aquellos Hombres Grises (Ordinary Men). Y que tiene su correlato en el documental Civiles Armados, El Holocausto Olvidado, estrenado por Netflix hace un par de años. Browning con su investigación llega a una conclusión sorprendente y algo aterradora. Compara esta situación al Experimento Milgram o al de la Prisión de Stanford (dos experimentos en los que los participantes eran motivados para que propinaran daño o dolor a personas indefensas). En ambas experiencias el porcentaje de los que se rehusaron fue del 20 %. Según los testimonios que leyó y los que consiguió Browning, en el Batallón 101 la tasa de objetores fue también cercana al 20%. Los comandantes estaban más preocupados por sus hombres que por las víctimas. Veían como el peso de sus actos erosionaban la moral de estas personas que carecían de instrucción militar. Tomaron medidas para evitarlo. Decidieron que los fusilamientos fueran a mayor distancia y que las víctimas se encontraran de espaldas, así no les veían la cara en el momento de fusilarlos. Los asesinatos se convertían más anónimos. El fusilado no tenía cara. Algún desprevenido pensaría que las noches que seguían a las matanzas eran lúgubres, que los hombres apenas podían hablar entre ellos aplastados por los recuerdos de sus actos. Pero no era así. Muchas de las noches, el ambiente en el lugar en el que estaba establecido el Batallón 101 era festivo. Había celebraciones intensas y todos terminaban borrachos. Los jefes procuraban atiborrar a sus hombres de alcohol para que no pensaran, para que a la mañana siguiente volvieran a sus tareas asesinas. Se podría dividir a los soldados en tres grandes grupos según su reacción ante estos hechos. Por un lado estaban los que disfrutaban, regresaban eufóricos y celebraban con grandes comilonas y recreaban a los gritos los eventos de esa jornada, eran los que día a día alimentaban y aumentaban su sadismo. En este primer grupo están también aquellos en los que predomina la ideología; solían ser los líderes, se convencían de que sus actos estaban fundados por ideas (fuertes), los que acomodaban los hechos a sus ideas, los que se creían empujados y justificados por ellas: "los fanáticos". El segundo grupo era el de los pasivos: los que cumplían con las órdenes, con su trabajo, sin mostrar -ni involucrar- demasiadas emociones. No había planteo moral ni justificaciones, sólo acción. Por último estaban los objetores, los que se negaron. Algunos consiguieron ser trasladados a trabajos de oficina a otras ciudades alemanas u ocupadas. Pero estos renuentes no afectaban el devenir de los hechos. Eran desplazados, reemplazados y hasta denostados. La maquinaria seguía funcionando, seguía en marcha. Leé también: La historia del pastor cristiano que, mirando un documental, descubrió que es nieto de un temido jerarca nazi Browning invierte la ecuación. Para él la insensibilidad no fue la causa de los crímenes, sino la consecuencia. Los integrantes del batallón recordaban con precisión sus primeras misiones, sus primeras veces matando gente. Podían recordar vívidamente su pesadumbre, recreaban con exactitud las circunstancias del momento: el lugar, la manera en que ocurrieron, lo que sintieron ellos, las caras y los gritos y gemidos de las víctimas. Sin embargo, de las siguientes casi no conservaban recuerdo alguno, se les volvieron difusas. Se acostumbraron. Esas misiones, esas matanzas, se habían convertido en rutina. Se convencieron de que era su trabajo, lo que tenían que hacer. Pensaban: Yo soy mejor que el otro, que el que se niega y que la víctima, soy más valiente, cumplo con mi misión, soy clave, mi ayuda es vital, para que la causa triunfe. En el camino quedaban múltiples víctimas y su sensibilidad. Esos hombres se deshumanizaron. Todos encontraban algún tipo de justificación. Aún cuando les preguntan, tiempo después, por qué mataban a los niños. Un oficial de alto rango respondió que era indispensable, porque cuando esos chicos crecieran y vieran lo que les habían hecho a sus padres, se convertirían en recalcitrantes enemigos de Alemania. Se convencían, así, de que estaban protegiendo su nación. Otto Olehndorf, el máximo responsable al que debían responder, tenía cinco hijos. Y ningún remordimiento. Olehndorf fue condenado a muerte en uno de los Juicios de Nuremberg, el de las Einsatzgruppe de 1947. Después de la sentencia, el fiscal visitó a Olehndorf en su celda. Hasta ese momento no había tenido contacto con él fuera de la sala de audiencias, era su primer encuentro a solas. Le preguntó si podía hacer algo por él. El fiscal supuso que el nazi condenado a muerte le pediría que le enviara algún mensaje personal, íntimo, a su esposa y a sus hijos. El hombre no envió ningún mensaje amoroso. Sin ningún gesto, sin dejar que alguna emoción floreciera, el hombre ya en el patíbulo, le dijo que no estaba arrepentido: Hice lo que tenía que hacer. Si hubiera tenido que matar a mi propia hermana la habría ejecutado. Otro ejemplo: un capitán del batallón llevó a su esposa a una de las misiones. Se habían casado hacía poco y ella estaba embarazada. Hay fotos que muestran a la mujer sonriente en medio de una mesa con el resto de los oficiales nazis del 101. La misión consistía en el vaciamiento de un gueto. Hubo muertos, muchos muertos: alrededor de 10.000. Otros 11.000 judíos fueron trasladados a Treblinka. Hubo violencia, sangre, pilas de cadáveres amontonados y la mujer estuvo parada a unos metros de distancia observando todo el operativo. El capitán estaba orgulloso de sus actos y le mostraba a su amada lo bien que hacía su trabajo. Browning encontró en archivos alemanes los testimonios e interrogatorios de 210 integrantes del Batallón. Eran detallados. Buceándolos, descubrió las características de los integrantes, cómo se fueron habituando a los crímenes, el hecho de que tenían la posibilidad de negarse. También indagó en las declaraciones testimoniales de los diferentes juicios (en el documental se ven algunos testimonios impactantes de oficiales nazis y de víctimas). Uno de los grandes éxitos del antisemitismo en la Alemania Nazi es cómo instaló la idea de nosotros y ellos. Esa distinción naturalizó la estigmatización, la persecución, la masacre. Se buscaba una excusa, algún argumento que sostuviera el odio y los hechos: a los judíos se los acusaba del avance comunista, de quedarse con el dinero de otros, de tener mejores trabajos y/o ingresos que debían ir a los arios. Entonces los hacen perder el trabajo, no pueden acceder a determinados lugares, son señalados por la calle, los echan de sus casas, destruyen sus negocios, se quedan con sus posesiones, los reducen al esclavismo, los matan. Pasada la Segunda Guerra, estos hombres, los líderes y los integrantes sin jerarquía, se veían como dobles víctimas. Primero, del sistema nazi que los obligó, los conminó, a actuar de esa manera. Según ellos no les quedaba más remedio que seguir las órdenes del Führer, que eran ley en el Tercer Reich. No mataban por convicción sino por obedecer. Hay otra justificación. Afirmaban que ellos sólo eran un engranaje, uno menor, en una gran maquinaria. Sostenían que eran víctimas del juzgamiento retroactivo, de la derrota en la guerra, de tribunales que aplicaban leyes posteriores a los hechos y, principalmente, de una nueva moral que había surgido a partir de 1945, un ordenamiento moral que no existía antes. Aquellos Hombres Grises, el libro de Browning, fue respondido por otro texto que fue célebre a mediados de los noventa: Los Verdugos Voluntarios de Hitler de Daniel Goldhagen. Más allá de su suceso, este generó una gran polémica. En las reediciones posteriores de su obra, Browning incorporó un apéndice con una larga respuesta de más de 60 páginas a Goldhagen. Christopher Browning llega a una conclusión perturbadora. Sostiene que la enseñanza de esta historia es que cualquier dictador que quiere perpetrar una masacre, no la va a dejar de hacer porque no encuentre quien la lleve a cabo. Siempre habrá gente dispuesta a hacerlo, a seguirlo, a obedecerlo. Esa gente nunca va a faltar. Leé también: Identificaron al verdugo nazi de una de las fotos más estremecedoras del Holocausto Los tiempos oscuros son aquellos en los que se vuelve normal lo que es abyecto. Los asesinatos masivos se convirtieron en una rutina para estos hombres alemanes. Y pocos, muy pocos, rechazaron fusilar indefensos aunque tuvieron la posibilidad de hacerlo.
Ver noticia original