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  • Violencia en las escuelas: radicalización juvenil y una señal de alerta

    » Clarin

    Fecha: 05/02/2026 06:48

    La detención de dos menores de edad en La Quiaca y Miramar, tras una alerta proveniente del FBI, vuelve a poner en primer plano una problemática que crece en complejidad y frecuencia: la planificación de actos de violencia extrema contra las escuelas. Según la información disponible, los jóvenes se comunicaban a través de redes sociales, compartían mensajes de odio, antisemitismo y supremacía racial, y poseían municiones, armas blancas y elementos con simbología nazi. No se trató de una amenaza improvisada, sino de una conducta organizada, ideológicamente orientada y con capacidad real de daño. Este episodio, aunque impactante, no constituye un hecho aislado. En los últimos dos años se han registrado al menos trece casos similares en la Argentina, varios de ellos con participación de menores de edad. A su vez, fenómenos comparables han sido documentados en otros países de América Latina, principalmente en Brasil y, con particular gravedad, en Estados Unidos. La reiteración de estos episodios obliga a abandonar la lógica de la excepcionalidad y a analizarlos como parte de una tendencia emergente de radicalización juvenil vinculada a la violencia escolar, asi como de la cultura del odio, la misoginia, el racismo, y la glorificación de la violencia. Las escuelas, tradicionalmente concebidas como espacios de protección, socialización y aprendizaje, aparecen crecientemente como escenarios potenciales de agresiones planificadas. Este desplazamiento no puede comprenderse únicamente desde la perspectiva de la seguridad, sino que exige un análisis más amplio que articule dimensiones psicológicas, sociales, culturales y tecnológicas. Uno de los elementos más relevantes es el rol de los entornos digitales. Las redes sociales y plataformas de mensajería permiten hoy la creación de comunidades cerradas, transnacionales y altamente ideologizadas, donde circulan narrativas extremistas, símbolos de violencia y discursos de exclusión. Estos espacios no generan por sí solos la radicalización, pero funcionan como aceleradores, reforzando creencias, validando emociones negativas y normalizando la idea de la violencia como respuesta legítima. La presencia de antisemitismo y simbología nazi en este tipo de casos no es un fenómeno local ni coyuntural. Se inscribe en repertorios ideológicos que circulan globalmente, adaptándose a lenguajes juveniles y a dinámicas propias de la cultura digital. Para algunos jóvenes, estos marcos ofrecen una identidad rígida y simplificada, capaz de transformar sentimientos difusos de frustración, aislamiento o falta de reconocimiento en una narrativa coherente de pertenencia y acción. Desde el punto de vista de la investigación en juventudes, la violencia extrema rara vez surge de manera súbita. Se construye a lo largo de trayectorias marcadas por múltiples factores de riesgo: debilitamiento de los vínculos sociales, dificultades en la integración escolar, problemas de salud mental no atendidos, experiencias de exclusión o acoso, y ausencia de dispositivos de escucha y acompañamiento oportunos, síntomas que se mostraran más claros pos pandemia. La ideología opera, en estos casos, como un marco que organiza y legitima conductas previamente incubadas. Resulta significativo que en varios de los episodios registrados los protagonistas sean menores de edad. Esto plantea interrogantes centrales sobre la capacidad de detección temprana por parte de las familias, las escuelas y las instituciones del Estado. La acumulación de armas, municiones o materiales simbólicos de violencia no ocurre en el vacío. La pregunta clave no es solo por qué estos jóvenes actúan, sino qué señales previas no fueron identificadas o adecuadamente abordadas. La respuesta institucional frente a estos hechos suele concentrarse, de manera comprensible, en la intervención. Sin embargo, la evidencia internacional muestra que este enfoque, aunque necesario para la prevención inmediata, resulta insuficiente si no se articula con políticas de carácter preventivo y educativo. La reducción de la violencia extrema en contextos escolares requiere estrategias integrales que incluyan educación para la convivencia, alfabetización digital crítica, fortalecimiento de los servicios de orientación escolar, capacitación docente y trabajo sistemático com los profesores y con las familias. Asimismo, es indispensable mejorar los mecanismos de cooperación internacional, dado el carácter transnacional de muchas de estas redes y narrativas. El episodio reciente demuestra que la prevención efectiva depende, en parte, del intercambio de información y de la capacidad de anticipación frente a riesgos emergentes. Lo ocurrido en La Quiaca y Miramar puede ser leído, en este sentido, como una alerta temprana. Esta vez, la intervención oportuna evitó consecuencias irreparables. Pero la recurrencia de casos similares indica que el problema no se resolverá con respuestas fragmentarias o reactivas. Se trata de un desafío estructural que interpela a los sistemas educativos, a las políticas de juventudes, las famílias y a la sociedad en su conjunto. Abordar la violencia extrema en las escuelas implica reconocer que no estamos ante episodios aislados, sino frente a una transformación preocupante de ciertas expresiones juveniles contemporáneas. Comprender sus causas profundas y actuar preventivamente es una condición indispensable para preservar a la escuela como espacio de cuidado, inclusión y construcción democrática. Sobre la firma Newsletter Clarín

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