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  • ¿Quién me va a querer?: quedó cuadripléjico, perdió a su novia y revela cómo hizo para armar su nueva vida

    » TN

    Fecha: 17/01/2026 05:56

    El 3 de diciembre de 2017, el mundo de Víctor Guerrini se detuvo en una bicisenda de la Ciudad de Buenos Aires. El ruido no fue un estallido, sino el seco crujir de sus vértebras cervicales. Víctor, un joven de Pergamino que se había mudado a la gran ciudad para estudiar Diseño de Imagen y Sonido, volvía de trabajar una noche en su bici. Iba con casco, con luces y con cuidado, pero la caída ocurrió. En el asfalto, mientras los autos pasaban sin detenerse, Víctor sintió que no podía mover ninguna parte de su cuerpo. Leé también: Suspendió sus vacaciones y se quedó en Buenos Aires para cortarle el pelo a la gente que vive en la calle Una joven llamada Carla, médica y embarazada en aquel entonces, pasaba con su auto y se tiró al suelo para estar al lado de Víctor. Él, con la lucidez desesperada del que sabe que algo se rompió para siempre, la miró y le soltó una frase que a ella le quedó grabada a fuego: Me cagué la vida, ¿no?. La llegada de su familia desde Pergamino fue el inicio de un laberinto hospitalario. En el primer centro médico, el diagnóstico fue una sentencia de muerte encubierta. Gracias a un amigo que entró a la guardia y me dijo te tenés que ir de acá, confié más en él que en todo el resto, recordó Víctor, en diálogo con TN. Terminó en el Hospital Italiano, frente a Santiago, un cirujano que se convirtió en su última carta. Nadie quería operarlo. El riesgo de que se quedara en la mesa era demasiado alto. Pero Víctor, desde su fragilidad, fue quien le dio valor al médico. Hacé lo que tengas que hacer, tranquilo, le dijo antes de que la anestesia borrara las luces del quirófano. En la operación sufrió dos paros respiratorios: Víctor se fue y volvió, pero el precio de ese regreso fue una cuadriplejia permanente. El idioma de los párpados Pasó 40 días en terapia intensiva, tratando de escapar de un bosque repleto de sondas y monitores. No tenía voz. Su vida se redujo a un cuaderno donde su novia y su hermano señalaban letras. Víctor guiñaba un ojo cuando acertaban. Tenía frases armadas como ¿Dónde está mamá?, pero también preguntaba si me estaban dando la pastilla para el pelo, porque me preocupaba quedarme pelado", dijo el hombre de 32 años. El milagro de la comunicación llegó el 24 de diciembre. Un kinesiólogo le colocó una válvula y Víctor pudo hablar. No era su voz, era un eco metálico y extraño, pero fue el regalo que le dio a su familia esa Navidad: volver a escucharlo. Aceptar la cuadriplejia no fue un evento, fue un proceso doloroso que Víctor describe como pagar un duelo en cuotas. Hubo un momento de quiebre en la clínica de rehabilitación. Se vio a sí mismo desde afuera, como si fuera una cámara de seguridad vigilando a un extraño en una silla. Miré a mi hermano, con el que siempre jugábamos a la Play, y le dije: No hay reset. Él no entendía, pero yo le repetía que no había un botón para volver atrás. Ahí entendí que esa vida que yo había planeado ya no existía más. Se había muerto todo eso, recuerda. El amor, la desnudez y las nuevas pieles Durante cuatro años después del accidente, su novia se quedó a su lado. Fue su sostén, su refugio. Pero en 2021, la realidad se impuso. La relación no pudo contra la discapacidad. Ella se había enamorado de alguien que seguía estando en una parte, pero en otra no, explica sin rencor. Ese adiós abrió la puerta a los miedos más profundos: la soledad y la mirada del otro. ¿Quién me va a querer cuando vea que mis piernas están flacas porque no camino? ¿O cuando sepa que necesito un enfermero para ir al baño?. Víctor describe ese proceso como una nueva adolescencia. Tuvo que aprender a gustarse a sí mismo en un cuerpo que ya no reconocía para poder dejar que alguien más lo quisiera. Por suerte me pasó con otra chica, con la que volví a sentirme querido, y fue como una confirmación de una sospecha: que sí se podía, confesó. Durante mucho tiempo, Víctor creyó que su único trabajo era volver a mover un músculo, una mano, un dedo. Pero en 2019, algo cambió. Me di cuenta de que la rehabilitación no podía ser todo en mi vida, porque aunque me rehabilitara, no iba a volver a ser fotógrafo o editor, reflexionó. En plena pandemia, mientras el mundo se detenía, él aceleró: se volcó de lleno a la carrera de Psicología. Aquel encierro, que para muchos fue una cárcel, para él fue una oportunidad de accesibilidad digital. Hoy, ese esfuerzo tiene nombre y apellido en su agenda: atiende a 18 pacientes y, en paralelo, da clases de italiano. La coreografía de la dependencia Su día a día es una lección de paciencia y logística. Lo que para cualquiera es un acto reflejo, para Víctor es una operación planificada. Mi mañana es la parte más laboriosa. Necesito asistencia las 24 horas. Para bañarme, para vestirme, para que me saquen de la cama... es un proceso donde yo prácticamente no participo, relató. Su autonomía es un rompecabezas de accesorios: puede lavarse los dientes con un adaptador o manejar su computadora, pero no puede servirse un vaso de agua o acostarse solo. Esa frontera entre lo que su cuerpo permite y lo que la voluntad empuja es su batalla cotidiana: Acepté que, aunque hiciera ocho horas de gimnasio, igual iba a necesitar ayuda. Entender eso me liberó tiempo para vivir. Leé también: Matías entrenaba para ser campeón de natación y tuvo un accidente en la pileta: su lucha por volver a caminar Víctor no esquiva el tema que muchos callan: la eutanasia y el deseo de dejar de estar. Su visión es profesional pero también profundamente humana. La muerte es algo que tengo que hablar con mis pacientes. Hay que sacarle el tabú al deseo de quitarse la vida, dijo con serenidad. Para él, haber estado en el borde le dio una perspectiva única: Es una decisión que hace trampa con todas las otras opciones, porque si la tomás, nunca vas a poder probar las alternativas. Aunque hubo noches de morfina y cansancio extremo donde sintió que podía dejarse ir, hoy elige quedarse para ver qué hay en el próximo capítulo, aunque no haya un botón de reset para el pasado.

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