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  • Mark Twain, a 190 años de s nacimiento

    Concepcion del Uruguay » La Calle

    Fecha: 30/11/2025 13:00

    Samuel Langhorne Clemens, más conocido por su seudónimo, Mark Twain, nació en Florida, Misuri, el 30 de noviembre de 1835 y murió en Redding, Connecticut, el 21 de abril de 1910. Fue un célebre escritor norteamericano. Si bien las aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn constituyen lo más conocido de su obra literaria, su pensamiento, a menudo corrosivo y profundamente inconformista, merece una atención renovada. En ese examen, un nombre emerge con la fuerza de un ancla ideológica en el tempestuoso mar del capitalismo de la Edad Dorada en Estados Unidos: Henry George. La Edad Dorada y la hipocresía del progreso La vida de Mark Twain abarcó el tránsito de un país todavía eminentemente rural a la potencia industrial y financiera del siglo XX. Fue testigo, y a menudo crítico ácido, de la deslumbrante época que él mismo, junto a Charles Dudley Warner, bautizó como «The Gilded Age» (La Edad Dorada). Esta era, brillante en su superficie de progreso técnico y acumulación de riqueza, ocultaba un núcleo podrido de especulación, corrupción y, sobre todo, una creciente inequidad social. La sátira de Twain, desde “Un yanqui en la corte del rey Arturo” hasta sus ensayos más tardíos y oscuros, no era un mero pasatiempo; era un bisturí sociológico. Su pluma diseccionó la hipocresía religiosa y la noción de que los monopolios y la especulación con los valores de la tierra justificaban la concentración obscena de la riqueza. Aquí es donde su trayectoria converge con la del economista y periodista Henry George. Henry George: la raíz de la desigualdad y su remedio Henry George, un autodidacta con una vida marcada por la precariedad hasta la publicación de su obra cumbre, se convirtió en una figura de renombre en 1879 con la aparición de “Progreso y Miseria”. El título mismo ya es una tesis: ¿por qué el progreso material por sí solo, lejos de erradicar la pobreza, parece en ocasiones agudizar las diferencias sociales? George ofreció una respuesta que, en su sencillez y radicalidad, sigue interpelando a nuestra contemporaneidad: la causa de la miseria persistente reside en la apropiación privada de la renta económica de la tierra. Para Henry George, la Tierra y sus recursos son un don de la Creación, un patrimonio común. El valor que emana del crecimiento demográfico, la inversión pública en obras, servicios y equipamientos, y el desarrollo comunitario –lo que hoy llamamos valor locacional o plusvalía urbana– es una renta no ganada. El georgismo postula, como solución, el Impuesto Único sobre el Valor de la Tierra. No se trata de colectivizar la tierra en el sentido socialista, sino de socializar su valorización producto del esfuerzo de la comunidad en su conjunto. Se trata de que el Estado recaude el valor total de esa renta no ganada, dejando en paz el fruto del trabajo y el capital productivo. Si se recauda con eficiencia este valor generado socialmente, argumentaba George, se podrían eliminar todos los demás impuestos al trabajo, al comercio y a la inversión productiva. Es, en esencia, la defensa de un mercado libre que, sin embargo, debe tener un anclaje ético y distributivo en el patrimonio común. George complementa su propuesta con una contundente defensa del libre comercio por sobre el proteccionismo. Twain y George: una alianza intelectual contra la inequidad La relación de Twain con el ideario de George no fue tangencial, sino de una profunda y reflexiva adhesión. Samuel Clemens y Henry George se conocieron en sus años formativos en California, y la admiración mutua se consolidó cuando George alcanzó la fama mundial. Twain se sintió inmediatamente atraído por la lógica implacable de George y por su profunda convicción moral. Twain vio en la tesis georgista la explicación y el remedio para la enfermedad de la Edad Dorada. La especulación con los valores de la tierra era para él el cáncer que carcomía el tejido social norteamericano. ¿Qué mérito tiene un hombre que se enriquece simplemente poseyendo un terreno sobre el que otros construyen, trabajan y generan valor? Twain sentía el mismo desprecio por el rentista improductivo que George había articulado en términos económicos. El punto culminante de esta adhesión se encuentra en 1889, cuando Twain –bajo el seudónimo satírico de «Twark Main»– contribuyó con un ensayo titulado «Archimedes» al periódico georgista The Standard, fundado por George. En este mordaz texto, Twain utiliza la famosa palanca de Arquímedes para ilustrar que, si se le diera una palanca para mover el mundo, el peor de los usos sería entregársela a un especulador para que la usara en su beneficio privado. Es una denuncia clara de cómo el derecho absoluto de apropiación de la valorización del suelo se convierte en una herramienta para explotar el trabajo ajeno. En una carta a William Dean Howells, Twain llegó a decir que el libro de George era «la más grande, la más simple y la más bella de todas las concepciones económicas.» No era un simple aplauso; era una convicción intelectual. El georgismo complementaba el republicanismo radical de Twain y su aversión a las oligarquías, ya fueran de cuna o de dinero. Twain entendió que la apropiación privada de la valorización del suelo era la base de una nueva forma de feudalismo. Un legado que interpela al presente A 190 años de su nacimiento, la sátira de Mark Twain sigue teniendo una actualidad notable. Y su afinidad con Henry George nos obliga a mirar el espejo de nuestra propia realidad. ¿Acaso no es la concentración de la renta inmobiliaria y la especulación sobre el suelo urbano uno de los grandes generadores de desigualdad en nuestros países, incluidos el nuestro? En muchas ciudades, la inversión pública en infraestructura se traduce inmediatamente en un aumento del valor de la tierra que rodea la obra. Ese aumento de valor –esa renta no ganada– no revierte a la comunidad que lo generó, sino que engrosa el patrimonio de los propietarios del suelo. Esto crea un círculo vicioso: la necesidad de financiar el progreso mediante impuestos al trabajo y a la producción, regresivos y distorsivos. El siglo XX nos alejó del debate sobre el georgismo, desplazado por las grandes narrativas de la economía neoclásica y el socialismo de Estado. Sin embargo, la crisis de la vivienda, la persistencia de la pobreza, la exclusión social y la hiperconcentración de la riqueza nos devuelven al punto de partida de Henry George. La efeméride puede ser una buena excusa para leer o releer a Mark Twain –no sólo sus ficciones, sino también sus ensayos–, y a través de él, redescubrir la fuerza liberadora del ideario georgista. Twain y George, en el fondo, lucharon por lo mismo: un mundo donde la igualdad de oportunidades no fuera una quimera y donde nadie pudiera vivir del sudor de los demás. El humor irreverente de Mark Twain, aliado con la lógica austera pero potente de Henry George, nos recuerda la necesidad de un sistema fiscal que no castigue la creación de riqueza, sino que recupere para la comunidad aquella riqueza que es, por naturaleza y por derecho, común. A 190 años de su nacimiento, Mark Twain nos sigue recordando que no puede haber progreso verdadero mientras la miseria persista y mientras el valor creado por la sociedad sea apropiado injustamente por algunos pocos. Una verdad incómoda, y a veces difícil de comprender, pero todavía necesaria.

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