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Parana » Informe Digital
Fecha: 30/11/2025 13:13
—¿Qué es democracia según su propia concepción teórica y por qué considera que esa definición sigue siendo decisiva para evaluar los regímenes políticos contemporáneos? —Hay mucho debate sobre el significado de la democracia. Si uno repasa los estudios desde el siglo XVIII en adelante, aparecen elementos en los que existe cierto consenso: la democracia suele concebirse como una forma de gobierno representativo con cualidades específicas, especialmente las elecciones. Una definición clásica la entiende como un régimen político con elecciones competitivas; la posibilidad de alternancia es esencial. También importan la participación ciudadana y el derecho al voto, amplio en su extensión. Elecciones limpias, sin intimidación, que permitan ocupar cargos públicos con poder real. —Los chinos se autoperciben una democracia. ¿Qué riesgos políticos y analíticos supone evaluar regímenes a partir de definiciones imprecisas, como por ejemplo que haya elecciones, pero hasta determinado punto, o que no haya división de poderes entre el Judicial y el Ejecutivo y Legislativo? —Retomo lo dicho al principio. Me gusta citar a Bobbio: la democracia no es un concepto que se pueda estirar a voluntad. Hay un debate sobre si existe un concepto universal aplicable a Argentina, Estados Unidos o China. Si bien hay flexibilidad en las formas concretas de practicar la democracia, es un concepto universal que permite evaluar objetivamente, con datos, si un país es o no democrático. La percepción dentro de China de que hay democracia es distinta a la mirada del analista. Existen organismos, como la OEA, que observan procesos electorales y aplican criterios extraídos de convenciones internacionales para determinar si las elecciones cumplen estándares democráticos. —Si los chinos creen que viven en democracia, aunque no haya alternancia de partidos políticos, ¿es una democracia? —Creo que, objetivamente, no. Hay casos en que un gobierno popular se mantiene en el poder por largos períodos, Japón suele citarse como ejemplo; aun así, la alternancia es un indicador valioso: muestra que realmente existe la posibilidad de ganar una elección desde la oposición. En China o Cuba, por ejemplo, no hay posibilidades reales de alternancia porque no existe competencia electoral. —Usted sostuvo que el Estado no es un simple marco institucional, sino un factor constitutivo de la democracia misma. ¿Cómo es eso? —No estoy seguro de haberlo dicho exactamente así; en todo caso me acerco a esa idea, que pertenece a Guillermo O’Donnell. Trabajé con Guillermo en un informe del PNUD (N. del E: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) y él desarrolló esa tesis en su último libro. Es útil distinguir entre el régimen político —que puede ser democrático o autoritario— y el Estado. El Estado, como administración pública, servicios de seguridad, etc., puede ser corrupto, grande o pequeño, pero es algo distinto al régimen. La democracia remite principalmente al régimen político; el Estado es el instrumento para implementar políticas. —Para que haya democracia, ¿tiene que haber una burocracia autónoma con una continuidad más allá del partido que gobierna? —La democracia funciona mejor cuando existe un Estado permanente con ciertas reglas, en inglés “rules of law”, y con autonomía frente a la presión directa del poder político. —Si tuviera que hacer una síntesis, ¿la democracia en realidad es el mayor grado de independencia que puedan tener las personas y las instituciones? —El votante tiene el poder de echar a quien no le agrada; es un poder muy relevante. —Finalmente, democracia es un proceso de división de poder. ¿El poder está lo suficientemente dividido como para que haya autonomía en la burocracia del Estado, para que no tengan que recibir órdenes indebidas los militares, para que el votante pueda elegir realmente y haya una alternativa que pueda gobernar? —Estoy de acuerdo. Analíticamente separaría un poco los elementos, aunque en la práctica todo se entrelaza: la política, el Congreso y el Ejecutivo que dirige el Estado. Pero el Estado es más amplio que el gobierno. Puede existir democracia a pesar de problemas graves en el Estado; en América Latina eso ocurre. —¿Un sistema federal es más democrático porque tiene más dividido el poder? —No necesariamente. Hay democracias en países federales, como Estados Unidos; es una variación legítima, una de las distintas formas de organizar la democracia. —¿Por qué la desigualdad económica constituye un factor decisivo para evaluar la calidad democrática? —Para evaluar la calidad democrática el principio básico es la igualdad política: que todos tengan el mismo peso. Gerardo Munck, en el reportaje de Periodismo Puro con Jorge Fontevecchia ." src="https://fotos.perfil.com//2025/11/30/900/0/gerardo-munck-en-el-reportaje-de-periodismo-puro-con-jorge-fontevecchia-2145210.jpg?webp" loading="lazy"/> Democracias Latinoamericanas. “Lo positivo es que se ha expandido la democracia, hay continuidad, hay crisis, hay problemas, hay todas esas cosas. En términos de la calidad, hay un montón de indicadores”. (FOTO SERGIO PIEMONTE) —¿Pero puede haber igualdad política con enorme de-sigualdad económica? —La calidad de la democracia la medimos por si todos tenemos la misma influencia sobre las decisiones políticas: el voto. Todos tenemos un voto, pero en contextos de fuerte desigualdad económica los que poseen recursos tienden a tener más peso. Eso incide en la calidad democrática. Conviene distinguir entre lo que pertenece estrictamente a la democracia y factores que son causas o consecuencias; la desigualdad económica sería una causa fundamental que afecta la calidad. —Usted sostuvo que “medir la democracia no es una tarea neutral”. Entonces, ¿quién define los parámetros de lo democrático y qué consecuencias tiene para los países evaluados? —Hay dos enfoques. Uno es teórico y académico, con siglos de elaboración sobre la actividad democrática. Otro es práctico: en los trabajos con la OEA o Naciones Unidas, cuando elaboramos índices nos apoyamos en documentos y convenciones que los propios países han firmado y que explicitan características de la democracia. Esos criterios son los que se usan en las observaciones electorales; la metodología para reunir los datos es técnica, pero las definiciones provienen de acuerdos entre los países, lo que respeta la soberanía y es un punto importante. —¿Cuál debería ser, a su juicio, el equilibrio entre una concepción procedimental de la democracia y una que incorpore los resultados sustantivos, como por ejemplo igualdad, inclusión? —La democracia es, ante todo, un procedimiento: cómo tomamos decisiones políticas, cómo elegimos representantes y cómo estos deciden. No se agota en resultados sustantivos. Hay, sin embargo, un límite: como decía Bobbio, no se puede anular la democracia. Dentro de los marcos democráticos, los ganadores pueden decidir sobre impuestos, políticas públicas o nombramientos, y la ciudadanía evalúa su desempeño por los resultados —crecimiento, inclusión—. Por eso la valoración del gobierno está muy ligada a la sustancia de las decisiones y al rendimiento del régimen. —En su libro “Medir la democracia”, usted sostiene que medir la democracia es un acto tanto científico como político. ¿Qué quiere decir exactamente con político? —Es científico por la metodología: construir indicadores, recopilar datos. Es político porque etiquetar a un país como “dictadura” o “democracia” tiene un efecto público y simbólico que trasciende lo académico. Si yo pongo un número en una regresión es un ejercicio técnico; decir públicamente que cierto país es una dictadura se interpreta como una afirmación política con consecuencias en el debate público. —Y por ejemplo, El Salvador, ¿es político decir que es una democracia o no? —Es un caso emblemático. En México y El Salvador hay divisiones sobre la evaluación: algunos sostienen que El Salvador dejó de ser democracia, otros opinan lo contrario, según los criterios. En El Salvador hay fundamentos para hablar de un quiebre importante —por ejemplo, la colocación de personas afines al gobierno en la Corte Suprema para facilitar la posible reelección de Bukele—, lo que afecta procedimientos legales. En México hay preocupaciones similares respecto de concentración de poder y pérdida de autonomía de organismos electorales. Es un debate abierto. —México es la segunda democracia más antigua del mundo, después de Estados Unidos. Nunca tuvo golpes ni interrupciones militares, una excepción en América Latina. ¿Todo se reduce a la elección de los miembros de la Corte por voto popular y del Consejo Electoral? —Eso es fundamental. Parte de la transición en los 90 fue fortalecer al INE (antes IFE) como árbitro de las elecciones. La Justicia y la administración electoral tenían prestigio y capacidad para tomar decisiones que afectaban a todos los partidos. El gobierno de López Obrador los desarmó en buena medida: copó instituciones y promovió reformas judiciales que impulsaron nombramientos cercanos al Ejecutivo. Así se fue quebrando la división de poderes y emergió una tendencia preocupante de erosión democrática. —Usted también dijo que las democracias latinoamericanas son duraderas, pero de baja calidad. —Que sean duraderas no es algo obvio ni garantizado. Algunos hablan de una crisis de la democracia en la región. Argentina, por ejemplo, acumula más de cuarenta años de democracia; Chile y Uruguay también han tenido largos periodos continuos. Lo positivo es la expansión y continuidad de la democracia, pero la calidad muestra déficits: el uso frecuente de decretos en lugar de instrumentos excepcionales, represión de activistas, ataques al periodismo, problemas ambientales acompañados de violencia en Colombia, entre otros. También preocupa el papel del dinero ilegal en la política. Esos elementos muestran democracias que funcionan lejos del ideal: son de baja calidad. —¿Hasta qué punto una democracia puede considerarse de calidad si garantiza elecciones y división de poderes, pero no asegura condiciones materiales mínimas, igualdad de oportunidades y acceso efectivo a derechos? —La democracia es un concepto político. Cito a Adam Przeworski: no conviene sobrecargarlo con múltiples promesas —felicidad, crecimiento, reducción de pobreza—. La democracia es mejor que el autoritarismo para resolver problemas sociales, pero no garantiza por sí sola la solución de todas las carencias; puede tardar en producir mejoras materiales. —Churchill decía que es el peor de los sistemas… —Excepto todos los otros… —Y Alfonsín decía: con la democracia “se come, se cura, se educa”. ¿Es la democracia la condición necesaria para lograr que se coma, se cure y se eduque? —Varios estudios comparan democracias y regímenes autoritarios en indicadores como crecimiento, salud y educación, y muestran que las democracias obtienen mejores resultados en promedio. Eso sostiene la apuesta por la democracia, aun cuando los logros puedan tardar y las promesas no siempre se cumplan, como ocurrió con Alfonsín. —Se decía en los 80 con los Tigres asiáticos, que comenzaron siendo dictaduras, que el progreso económico y la competencia del mercado iban a llevar a la competencia política: ¿el capitalismo llevaba directamente a la democracia? —No comparto esa visión determinista. En mi clase en la UBA mostré un documental sobre Chile con Milton Friedman, quien sostenía que la libertad económica desemboca necesariamente en libertad política. La evidencia sugiere que factores políticos —movilización social, decisiones de actores políticos y circunstancias del régimen— son más determinantes en las transiciones a la democracia que los factores puramente económicos. —¿La enorme autonomía de su Poder Judicial y la alternancia en el poder en paz hacen a Brasil una de las mejores democracias de América Latina? —No sabría afirmarlo sin matices. Brasil sufrió un intento de golpe con Bolsonaro: había planes para atentar contra el candidato ganador en 2022 y no quiso transferir el poder. Fue una crisis grave, aunque la superaron. Persiste la polarización entre Lula y los bolsonaristas. La Justicia brasileña es una fortaleza con tradición importante, pero la situación no está exenta de riesgos. —Ni qué hablar en Estados Unidos. —Sí, la situación norteamericana también dio muestras de fragilidad. Lo ocurrido tras las elecciones mostró tensiones institucionales que no se habían visto con esa intensidad. —¿Qué país de América Latina tomaría entonces como el mejor alumno? —La respuesta habitual es Uruguay. Antes se mencionaba Chile, pero hoy Uruguay se destaca: alternancia, ausencia de confrontaciones extremas, bajos niveles de corrupción en el gobierno y partidos con visiones distintas que funcionan en la práctica. Costa Rica estuvo cerca, pero enfrenta problemas. Veo a Uruguay como el mejor ejemplo de lo que puede lograrse en la región. —El ejemplo de Uruguay y Costa Rica, que se utiliza siempre, como el de los países nórdicos, ¿indica que es más fácil administrar un país de cinco millones de habitantes y del tamaño de una provincia que administrar Brasil, México, Argentina o Estados Unidos? —Se suele decir que los países pequeños tienen una afinidad natural con la democracia: gestionar un Estado pequeño suele ser más sencillo en términos administrativos y políticos. —¿Qué rol juegan los poderes fácticos, los actores no estatales, en la configuración real de las democracias latinoamericanas, y hasta qué punto, en el sentido positivo, contribuyen, y en el negativo, condicionan la soberanía del poder político? —La democracia es un conjunto de instituciones para procesar conflictos, pero los poderes fácticos actúan fuera de ese circuito y tienen gran injerencia. Además de la ciudadanía organizada, hay actores como el empresariado, la Iglesia, el ejército, el crimen organizado y la influencia externa de potencias que condicionan decisiones de forma opaca. Eso constituye un reto central. En el informe que hicimos con Naciones Unidas —dirigido por Dante Caputo y con participación de Guillermo O’Donnell— encuestamos a cerca de doscientos presidentes, vicepresidentes y ministros, quienes destacaron esa cuestión como un desafío clave. —Durante el inicio del gobierno de Milei, usted expresó preocupación por el rol informal de Federico Sturzenegger en la redacción del DNU. Hoy, ya como ministro de Desregulación, pero continúa una influencia extrainstitucional en el asesor presidencial Santiago Caputo. —Es menos preocupante cuando esas personas ocupan un cargo formal: la presencia en funciones aporta transparencia sobre sus tareas. El problema inicial fue que, durante el primer año de Milei, el Congreso cedió una enorme cantidad de poder en lugar de cumplir su función de deliberar y controlar las políticas públicas. El paquete inicial de medidas impulsado por Sturzenegger fue demasiado amplio; los DNU deberían ser excepcionales y acotados. Ese uso generalizado resta poder al Congreso, que es un componente legítimo del sistema democrático. En el segundo año, la situación cambió en parte. —Esos DNU tienen más poder con sus equivalentes de Estados Unidos, donde no pueden eliminar una ley, como aquí en Argentina. —Allí se usan Executive Orders, que son de carácter administrativo y más acotadas; el gobierno no puede sustituir una ley con una orden ejecutiva. Aquí, en algunos casos, se han eliminado fondos establecidos por leyes aprobadas por el Congreso, lo que equivale a modificar el marco legal sin la intervención legislativa; generalmente esos temas terminan en la Justicia. —Que se puedan eliminar leyes directamente con un DNU con la aprobación tácita de una sola Cámara, ¿es antidemocrático? —Es una práctica fuera de lo normal y concentra mucho poder en el Ejecutivo. Ese fenómeno se remonta a decisiones de periodos anteriores, como el de Cristina Kirchner, y tiende a debilitar el contrapeso legislativo. Argentina: contrapesos y balances. “Sobresale que hay alternancia en Argentina, eso es fundamental, porque se venía del período en que siempre ganaban los peronistas; se cambió esa regla de la política argentina”. (FOTO SERGIO PIEMONTE) —Ahora, esa herramienta la tenía también Macri, y no se le ocurrió avanzar en la dimensión que avanza Milei con los DNU. —Macri, al principio, intentó nominar a dos miembros de la Corte Suprema pero luego reculó. El sentido de emergencia y la crisis posterior a la elección de Milei impulsaron al Congreso a transferir más poderes al Ejecutivo, alimentado por el apoyo popular. Ahí surge el debate entre el gradualismo y los cambios acelerados. —¿El gradualismo es otra de las características de la democracia? —Las políticas de largo plazo se consolidan más cuando se adoptan gradualmente; lo que se cambia muy rápido suele revertirse con la misma velocidad. El gradualismo puede generar cambios más duraderos. Lo de Milei, en cambio, ha sido profundo y veloz, distinto a lo que hizo Macri; es un tema de discusión si ese ritmo es conveniente. —Los libertarios rechazan las Constituciones, porque las consideran un pacto de una generación que obliga a otra. ¿La democracia también se sostiene en acuerdos intergeneracionales y en un equilibrio entre pasado y presente? —La democracia es un sistema con límites: uno puede venir de la oposición y confrontar al establishment, pero existe el marco constitucional heredado. La Constitución puede modificarse, pero en los hechos muchas cosas se ajustan a ella. Milei, por ejemplo, anuncia cambios radicales y en algunos aspectos copia a Trump; su estilo resulta atractivo para cierto electorado, pero la verdadera prueba es lo que hace en la práctica. Comparando, Trump fue más dañino para las instituciones democráticas en su primer mandato que lo que hasta ahora ha hecho Milei, en mi opinión. —Usted ve a Trump más autoritario democráticamente que Milei. —Lo percibo así. —¿Y a qué lo atribuye, al carácter de la persona o al contexto? —A varios factores: el contexto político, el apoyo en el Congreso que le quita frenos, la influencia sobre la Corte y cambios en prácticas institucionales. También la historia personal y los problemas legales de Trump influyen en su conducta. —¿Y si tuviera más poder Milei? —En los primeros dos años no lo tuvo. Hoy posee algo más, pero todavía no alcanzaría un escenario comparable al de Trump. La personalidad y el bagaje de Trump —y sus acciones en el primer mandato— lo obligan a protegerse ante la Justicia, lo que lo hace actuar de manera más autoritaria. —¿El poder en algunos casos convierte a las personas? —Hay contraejemplos: el comportamiento de Trump en los negocios anticipó su conducta como gobernante; lo mismo puede decirse de los Kirchner. Algunos rasgos persisten y, cuando se acumula poder, las tendencias personales se amplifican. Si una persona ya tenía prácticas problemáticas, entregarle más poder suele agravar esas conductas. —¿Cómo evalúa la democracia argentina en estos 42 años y cómo la evalúa en comparación con nuestros vecinos? —En términos generales la valoración es positiva, aunque con matices. Hubo crisis políticas —por ejemplo, Alfonsín y De la Rúa no completaron sus mandatos—, lo que revela debilidades de los gobiernos no peronistas. Un aspecto notable es la alternancia: se rompió la dinámica en que en elecciones libres siempre ganaban los peronistas. No obstante, lo que no cambió es la dificultad de un gobierno no peronista para lograr la reelección: Alfonsín no pudo garantizar la continuidad con Angeloz, De la Rúa enfrentó problemas, y Macri tampoco pudo consolidarse. Hay un desbalance político persistente en Argentina más allá de las ideologías. —En el caso de Brasil, tanto Fernando Cardoso como Lula, los dos fueron reelectos. En Uruguay, solamente el Frente Amplio fue reelecto. —Fue reelecto por tres períodos consecutivos. —Pero no la oposición del Frente Amplio. —Sí, la oposición no logró reelecciones en ese lapso. —¿Se estará convirtiendo el Frente Amplio en el peronismo? —Tuvieron 15 años muy exitosos; habrá que ver cómo evoluciona. —¿Los partidos políticos son esenciales para que haya democracia? —Aunque no me especializo en partidos, es claro que han cambiado: pasaron de estructuras con raíces sociales —sindicatos, movimientos— a organizaciones moldeadas por la globalización y los nuevos medios. Hoy un outsider puede ganar con poco aparato, como Milei, pero gobernar sin partido es muy difícil. Para gobernar y perpetuarse en el tiempo se necesita construir un aparato político; los partidos siguen siendo necesarios para la gobernabilidad, sobre todo cuando se debe trabajar con un Congreso. —En Chile, el clivaje político se sigue ordenado en Pinochet sí, Pinochet no. ¿Existe ese clivaje en Argentina en peronismo sí, peronismo no, representando el antiperonismo el radicalismo, el partido militar, el PRO que absorbe al radicalismo y ahora La Libertad Avanza, absorbe al PRO? —He visto la entrevista con Manuel Antonio Garretón (el reportaje del domingo pasado de Periodismo Puro). Una de sus tesis es que el clivaje por el golpe de Pinochet sigue organizando la política chilena. En Argentina fue distinto: el régimen militar no dejó un heredero identitario de la misma manera que en Chile. La UDI, por ejemplo, nació con vínculos al régimen chileno; en Argentina no hubo un vehículo político que continuara esa línea tras 1983. Por eso las divisiones históricas —radicales y peronismo— se han manejado de formas distintas hasta hoy. —El gobierno argentino militar fracasó en términos económicos; el chileno no. —Así fue; el régimen argentino no dejó una Constitución o un vehículo político perdurable. En Chile sí hubo continuidad política por parte de algunos sectores que heredaron el legado del régimen. —En Brasil, la dictadura militar en términos económicos fue exitosa: el milagro económico brasileño, y también fue exitosa la alternancia democrática entre Fernando Henrique Cardoso y Lula. En Argentina no funcionaron ni la dictadura ni la democracia. ¿Por qué? —Argentina es un país difícil por la profunda contradicción sobre el modelo de desarrollo. Las visiones de país son tan contrapuestas que resulta complejo alcanzar consensos mínimos. En Brasil o Chile hubo períodos donde se consolidaron modelos que permitieron continuidad; en Argentina, los cambios de gobierno a menudo implicaron cambios drásticos de modelo, con costos para la matriz productiva. La falta de acuerdos mínimos complica la implementación gradual de políticas sostenibles. Democracia, crisis global y desafíos futuros. “Es bueno tener centros de poder. China, Europa y distintos centros de poder que le ponen ciertos límites a EE.UU. Pero Europa no le está poniendo ningún límite a EE.UU. prácticamente”. (FOTO SERGIO PIEMONTE) —En los casos de los vecinos citados, el éxito de un régimen facilita el éxito del que lo sustituye. —Sí. —La pregunta sería: ¿por qué económicamente nadie tuvo éxito duradero en la Argentina? —Hubo momentos de éxito, como el período kirchnerista cuando el viento soplaba a favor, pero no se consolidó una sostenibilidad a largo plazo. —Pero no fue sustentable. —Exacto: no fue sustentable. —Mientras que el éxito, tanto en Chile como en Brasil, fue sustentable. —En esos países hubo un periodo en que se pudo avanzar gradualmente hacia un modelo más estable; en Argentina no se logró esa continuidad. —¿Qué factor juega como reductor de la democracia el personalismo en líderes carismáticos que pueden no necesitar siquiera partidos políticos para llegar al gobierno? —Es un problema serio. Los líderes personalistas debilitan las instituciones —partidos, Congreso— que imponen límites. Si un líder acumula poder personal, puede producir cambios rápidos que satisfacen a algunos, pero dañan la calidad institucional de la democracia. Eso se está viendo en Argentina ahora. —¿El experimento Milei, en estos primeros dos años, fortalece o debilita institucionalmente la democracia argentina? —Podría tener un efecto positivo si sus medidas lograran mejorar la economía: mayor crecimiento y menor inflación, lo que permitiría anclar a la derecha en un partido estable, algo que según Torcuato Di Tella falta en Argentina. Si se consolida como un partido de derecha que logra resultados económicos, sería positivo. Pero me preocupaban tendencias iniciales del primer año de Milei, que parecían avasallar instituciones y críticas agresivas a los medios. Ahora parece haberse moderado y reconoce la necesidad de buscar acuerdos en el Congreso, lo que apunta a una política más normalizada. —¿Le cambió algo estar en la Argentina y verlo de cerca su opinión sobre Milei o no? —No realmente. Vengo de visita con frecuencia. Lo que sí impresiona es la volatilidad económica: en mayo vi precios muy altos y ahora todo parece más barato; las fluctuaciones son extremas. Esa montaña rusa se siente de inmediato para quien visita el país. —¿Trump sí erosiona la democracia en Estados Unidos? —Me preocupa más la situación en Estados Unidos con Trump que lo que ocurre con Milei en Argentina. Trump insiste en que no perdió en 2020, minimizó la gravedad de las protestas contra el Capitolio e indultó a quienes participaron de ese acto. Además, ante sus problemas legales, ha intentado copar la Justicia y usarla contra sus rivales, lo que es una utilización inédita y peligrosa del poder político. La gran inquietud es qué pasará en las próximas elecciones intermedias. —¿Y si pierde, qué pasaría? —Si pierde, como en su primer mandato, los demócratas en la Cámara baja podrían emprender investigaciones, transparentar asuntos y obstaculizar leyes. Eso representaría un cambio sustancial. —¿Qué sería bueno para la democracia, que gane o pierda? ¿En qué caso Trump se convertiría en más autócrata? ¿Enojado porque perdió? ¿Envalentonado porque ganó? —Lo mejor para la democracia estadounidense sería que el poder legislativo, al menos la Cámara baja, no esté en manos del liderazgo más próximo a Trump; eso le impondría límites. En recientes elecciones legislativas y de gobernadores los republicanos perdieron en varios lugares, lo que muestra una caída de popularidad para Trump. La incertidumbre mayor es si decide postularse nuevamente y qué hará con la estructuración del poder si obtiene más control. —¿Esta China es más democrática que la ex-Unión Soviética? —Existen variedades de regímenes no democráticos. En China el poder está muy concentrado en el Partido Comunista; Xi Jinping modificó la Constitución para perpetuar su liderazgo y el país ha tendido a una mayor autoritarización. —China empeoró su calidad relativa democrática a partir de que el presidente ya no dura diez años y se va. —Ese cambio plantea un desafío para el traspaso de mando, que antes tenía mecanismos más aceitados. Hay paralelos con lo ocurrido en Chile con Pinochet, que acumuló poder hasta incorporarlo en la Constitución. —Es un carácter específico de Xi. —Xi Jinping tiene un proyecto de país y ha acumulado poder, neutralizando rivales. La personalización del poder tiende a producir cambios abruptos. —A la democracia mundial le resulta mejor que haya contrapesos y no sea un país único el que tenga el control de todos los demás? —Sería preferible contar con varios centros de poder que apoyen la democracia. Históricamente Europa y Estados Unidos ofrecían visiones distintas de ese apoyo; hoy vemos también a Rusia y China promoviendo regímenes autoritarios en algunos países de la región, como Venezuela y Nicaragua. La promoción internacional de la democracia enfrenta tensiones con la promoción del autoritarismo. —Trump desafía las Naciones Unidas y, al mismo tiempo, Estados Unidos, históricamente nunca participó del Tribunal de La Haya. ¿Son importantes para una democracia mundial las Naciones Unidas? —Es un ideal distante. El poder militar y económico de Estados Unidos le da capacidad de imponer su voluntad; la Asamblea General es un foro donde todos votan, pero las decisiones de mayor peso se toman en instancias como el Consejo de Seguridad. No veo viable una democracia mundial en la que todos los países tengan igual peso. Es más práctico fortalecer democracias nacionales y utilizar foros como la OEA y la ONU para el diálogo y la cooperación. —Trump ni siquiera se toma el trabajo de disimular; Bush buscaba que las Naciones Unidas apoyasen determinadas acciones. Trump ni se toma la molestia de consultar a su propio Congreso. —Trump es extremo en ese sentido, pero el enfoque de prioridad nacional y excepcionalismo forma parte de la tradición estadounidense; no es exclusivo de una administración. Obama también mostró reticencias frente a la jurisdicción internacional. —A la larga, erosiona la democracia que haya un país que tenga tanto poder sobre todos los demás. —Erosiona el derecho internacional. —Que haya un país que no sea igual a todos los demás, ¿no es antidemocrático en el orden mundial? —En principio, sí. El excepcionalismo es parte del ADN de Estados Unidos y dificulta la igualdad entre naciones. Me parece positivo, no obstante, la existencia de varios centros de poder —China, Europa— que puedan poner límites a Estados Unidos; hoy, sin embargo, Europa ejerce pocos límites prácticos. Producción: Sol Bacigalupo.
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