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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 30/11/2025 12:47
La curiosa relación entre Oscar Wilde y Sigmund Freud: entre la ficción, la admiración y los malentendidos “Todo en el mundo gira en torno al sexo, excepto el sexo, que gira en torno al poder” es una frase que suele atribuírsele a Sigmund Freud. Curiosamente, también se le atribuye a Oscar Wilde. En redes sociales –versión contemporánea de evangelio apócrifo– puede verse cada tanto que se alterna la autoría. Lo cierto es que la frase no pertenece a Freud. No se la encuentra en ninguna parte de su obra. Tampoco es de Wilde. Aparentemente la atribución a este último nace a partir de una referencia hecha por el escritor Michael Cunningham (autor de la célebre novela Las horas, entre otras), pero lo más probable es que él mismo haya también sucumbido a la influencia de la viralización. Es que la frase es ciertamente atribuible a Wilde. Tratándose de un artista, podríamos decir que lo verosímil es más eficaz que la verdad. Hay un viejo sketch de los humoristas de Monty Python en el que representaban un encuentro en la casa de Oscar Wilde: una detrás de otras, las frases (inventadas) son retruécanos y respuestas agudas parecidas a esta. Quizá haya que decir que esta frase, que no es de Oscar Wilde, es tan de Oscar Wilde como aquellas otras que sí dijo y escribió. Que no lo haya dicho o escrito en la realidad, es apenas un detalle menor. O una licencia cosmogónica, que no le quita valor a la certidumbre literaria, más verdadera y más real –para hablar un poquito como Borges. En un mundo posible, la frase podría haber sido dicha por Oscar Wilde… para reflejar algo propio del pensamiento freudiano. Sin embargo, al universo le gustan los anacronismos: Wilde muere el mismo año en que Freud publica La interpretación de los sueños. Ese otro detalle menor no les impide ser contemporáneos. De lo que sí podemos estar seguros es de que Freud sí leyó a Wilde. Incluso, existe el mito –también viral– de que habría tenido un retrato suyo en su biblioteca. Este es un dato muy improbable. Cuesta imaginarse la sala Freud, llena de pequeñas esculturas antiguas y la foto del escritor. También hay otra leyenda dando vueltas, la de que Wilde le habría dedicado a Freud su tragedia Salomé. Este dato es directamente imposible, porque la ópera es de 1893 y para ese entonces Freud no era el descubridor del inconsciente ni el fundador del psicoanálisis. Aún serían necesarios algunos años para que este propusiera su teoría sexual. No obstante, ¿por qué se insiste en relacionarlos? No son pocos los psicoanalistas que han dedicados estudios a la obra del escritor. Junto con Dostoievski debe ser de los autores de referencia básica para la formación de la escucha analítica. Lo mismo que Shakespeare, por supuesto. Y en el marco de la crítica literaria, no son pocos los autores que dedicaron estudios al cruce entre Dorian Gray y la categoría de narcisismo, esa imagen en la que alguien gusta de reconocerse, desde una mirada específica y exterior, pero que no se corresponde con su fundamento pulsional. Como dije antes, de lo que sí podemos estar seguros es de que Freud leyó a Wilde. Tal vez el mito de que había un retrato del escritor en la biblioteca del psicoanalista, provenga de una alusión a la presencia de un ejemplar del Retrato de Dorian Gray en alguno de los varios estantes… Escribo esta última línea y se me ocurre una idea puntual: ir a la página del catálogo de la biblioteca de Freud, compilado y editado por Keith Davies y Gerhard Fichtner en 2004 para el Museo Freud de Londres. Para mí sorpresa, ahí están Dostoievksi y Shakespeare, pero no hay ninguna obra de Wilde. Entonces, ¿cómo podemos estar seguros de que Freud leyó a Oscar Wilde? ¿Quizá fui tan ingenua como para sucumbir a una leyenda? ¿Puede ser que Freud nunca haya leído el Retrato? ¿Se confirma así la tesis de que Freud era un viejo conservador que no se interesaba por nada de la literatura de su época? Un argumento malicioso, hecho con el único fin de salvar la decepción, podría estar en el planteo de que la biblioteca de Londres no tiene todos los ejemplares, sino los que Freud pudo mudar con la segunda guerra… …pero lo cierto es que también se podría dudar de que tuviera ejemplares de Wilde antes de ir a Londres y, para peor, si los tuvo, ¿los tiró? ¿Tan poco los apreciaba? Ahora bien, si podemos estar seguros de que Freud leyó a Wilde es por dos referencias explícitas en su obra. La primera de ellas es un libro temprano. En un agregado de 1910 a la edición de la Psicopatología de la vida cotidiana, Freud cuenta un olvido de nombre propio en el que una dama no recuerda el nombre del psiquiatra Jung, pero sí el de otras personas, la primera de las cuales es una que se ve muy bien para su edad. También recuerda los nombres de Wilde y Nietzsche, que la reconducen a hablar de la enfermedad mental y decir: “Ustedes los freudianos, de tanto y tanto buscar las causas de las enfermedades mentales, se volverán tales”. Enseguida agrega que Wilde tenía relaciones con gente joven [jungen Leuten]. Ahí está la referencia que faltaba: Jung en alemán quiere decir joven. Lo interesante de esta referencia es que Freud pone un ejemplo en que su nombre queda opuesto al de su discípulo disidente, para estar en línea con Wilde y Nietzsche. Que Freud sentía admiración por este último sí es algo constatado. Parafraseando una canción de The Smiths, podríamos plantear que Freud decía: “Keats and Yeats están de tu lado, mientras que Wilde [y Nietzsche] del mío”. Junto a los enfermos. Por cierto, a propósito de la homosexualidad, sí está documentado que en la década del ’30 del siglo XX Freud estuvo entre los intelectuales que firmó una solicitada para que se la retirase del Código Penal como delito. De Freud puede decirse que era conservador, pero no que era reaccionario. La segunda referencia de Freud a Wilde es más interesante. Está en uno de los artículos más importantes de su obra: Lo siniestro. Este texto es valioso no solo porque introduce una noción que complementa a la de narcisismo, sino porque es una referencia fundamental para tener una idea de la postura que Freud tenía sobre el arte. Allí dice: “Hasta un fantasma real, como el del cuento de Oscar Wilde El fantasma de Canterville tiene que perder sus poderes, al menos el de provocar horror, cuando el autor se permite divertirse ironizando sobre él y tomándole el pelo”. No podemos estar seguros de que Freud haya leído el Retrato, pero sí de que leyó este gran cuento. Y, además, es notorio que Freud celebra un recurso técnico del cuento, que reúne el terror con la diversión. Como ya lo había propuesto en sus otros textos sobre arte, el valor de un escritor está en poder recrear la distancia estética que permite que el lector juegue y no solo quede atrapado en la lectura pasional. Esta es una idea que Freud sostiene luego en su libro Más allá del principio del placer, cuando sitúa que el juego puede hacer coincidir lo desagradable con el alivio, de la misma manera en que cuando se contempla una crucifixión, no solo se tiene miedo, sino que también se siente piedad o respeto. Podemos estar seguros de que Freud leyó a Wilde. Y también de que lo admiraba. Todo lo demás son variaciones en que la ficción justifica su verdad. Inexacta, pero verdadera.
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