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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 30/11/2025 03:02
Ann Hodges con el meteorito que le rompió el techo de su casa y le cayó encima mientras dormía una siesta (UNIVERSITY OF ALABAMA MUSEUMS, TUSCALOOSA, ALABAMA) Una crónica publicada por el periódico regional Decatur Daily News da cuenta de un extraño suceso ocurrido la tarde del martes 30 de noviembre de 1954 en un pequeño pueblo rural llamado Sylacauga, en el estado sureño de Alabama. La nota relata que los vecinos fueron testigos de un inédito espectáculo en el cielo, “una luz rojiza brillante, como una vela romana que deja una estela de humo”. En un primer momento, muchos creyeron que se trataba de la caída de un avión incendiado; otros contaron que vieron “una bola de fuego” y relataron que se escuchó una tremenda explosión, seguida de una nube marrón. El avistamiento causó alarma entre los pobladores, pero no preocupó a la señora Ann Hodges, que no se enteró de nada porque en ese momento estaba durmiendo su siesta habitual. Y entonces ocurrió: el reloj marcaba las 16.46 cuando una piedra extraterrestre se estrelló contra el techo de la casa donde Ann vivía con su madre y su marido. “El meteorito bajó por el techo de la sala de estar y rebotó en una radio de consola de pie que estaba en la habitación y aterrizó en su cadera”, precisa la crónica, y agrega: “Ann Hodges estaba durmiendo la siesta en el sofá de su salón y estaba debajo de una manta, lo que probablemente le salvó la vida en cierto modo”. Al sentir el golpe, la durmiente Ann, que por entonces tenía 34 años, se despertó sobresaltada y vio que la sala estaba llena de humo y de escombros. Gritó y fue socorrida por su madre, que estaba bien despierta en otra habitación de la casa y se había llevado el susto de su vida cuando escuchó el golpe contra el techo. Lo primero que vio al entrar al salón fue un agujero en el techo. la radio destrozada y a Ann todavía en el sofá, tomándose el vientre. También vio algo extraño junto al sofá: una piedra negra del tamaño de un pomelo. Las mujeres llamaron a la policía y junto con los agentes llegó el alcalde del pueblo, Ed Howard, acompañado por un médico. Las mujeres no entendían qué había pasado, solo sabían que esa piedra negra había golpeado el cuerpo de Ann. “La llevaron al hospital, no porque estuviera tan gravemente herida como para necesitar ser hospitalizada, sino porque estaba muy perturbada por todo el incidente. Era una persona muy nerviosa, y no le gustaba toda la notoriedad ni toda la gente que había alrededor”, dice la crónica del Decatur Daily News. Así, la anónima señora Ann Hodges se convirtió en protagonista estelar de un fenómeno del que no se tenían antecedentes: no se sabía de nadie que hubiera sido impactado por un meteorito y vivido para contarlo. “Existen más posibilidades de ser golpeado por un tornado, un rayo y un huracán, todo al mismo tiempo, que de ser impactado por un meteorito. Las chances de que un ser humano reciba el impacto de un meteorito son de uno en alrededor de 160 millones”, calculó alguna vez el astrónomo Michael Reynolds, autor de “Estrellas fugaces, una guía sobre meteoros y meteoritos”. La noticia del extraño suceso corrió a velocidad sideral y periodistas de todas partes viajaron a Sylacauga para ver a Ann y contar su historia. Cuando todavía estaba internada, uno de ellos le tomó la foto que la inmortalizó al ser publicada por la revista Time. Allí se ve a Ann en la cama, con el vientre semi descubierto, donde se ve el enorme hematoma que le provocó el impacto del meteorito. El enorme hematoma que le dejó el impacto de la piedra del espacio exterior La crónica del Decatur Daily News también cuenta que mientras Ann recibía atención en el hospital de Sylacauga, el alcalde convocó a un geólogo que trabajaba en una cantera cercana para que identificara al objeto, y que el facultativo dijo de inmediato que se trataba de un meteorito. A pesar de esa seguridad, el alcalde avisó a la Fuerza Aérea: eran tiempos de la Guerra Fría y temía que se tratara de un proyectil disparado por los soviéticos. Para rematar el artículo, el cronista del diario regional eligió resaltar un hecho tan casual como curioso. “Increíblemente, al otro lado de la calle se encuentra el autocine Comet, que tiene un cartel de neón que representa un cometa cayendo por el cielo”. Piedras que caen desde el cielo Protagonista de una historia única, Ann Hodges se convirtió así en una verdadera estrella. Hubo quienes buscaron antecedentes de meteoritos que hubieran impactado en personas. Desde la más remota antigüedad circulaban historias sobre cuerpos celestes que han impactado sobre seres humanos, pero se trata de casos incomprobables, aunque sobre algunos de ellos existan documentos que los relatan. Uno de los trabajos más interesantes sobre estos posibles episodios es uno publicado en 1994 – es decir, 40 años después de que Ann recibiera el piedrazo - por tres científicos de la NASA encabezados por Kevin Yau, quienes analizaron miles de documentos históricos chinos escritos desde el año 800 antes de Cristo hasta 1920. En unos trescientos se mencionan meteoritos y en siete de ellos se registraron víctimas fatales. Uno de esos documentos relata que el 14 de enero del año 616 una decena de soldados se encontraba en un campamento del rebelde Lu Ming-yueh cuando un meteorito tumbó una de sus torres y los aplastó. Otro, de alrededor de 1341, menciona “una lluvia de hierro” que mató a personas y animales en la provincia de Yunnan. Un tercero cuenta que entre febrero y marzo de 1490 “cayeron piedras como lluvia” en el distrito de Ching-yang, en la provincia de Shansi, y mataron a más de diez mil personas, un dato que seguramente tiene más de mito que de realidad. Las chances de verse golpeado por un meteorito son de uno en alrededor de 160 millones. Ann fue noticia en el mundo (UNIVERSITY OF ALABAMA MUSEUMS, TUSCALOOSA, ALABAMA) Un grupo llamado The Meteoritical Society también se ha ocupado de recoger testimonios registrados sobre posibles caídas de meteoritos que han impactado sobre personas. Uno de estos documentos, escrito por un monje, relata un acontecimiento ocurrido en 1667 en el monasterio de Santa María, en Milán, cuando una piedra caída del espacio golpeó a uno de los religiosos que vivían allí y murió desangrado. “Los demás monjes se apresuraron hasta el que había sido golpeado, tanto por curiosidad como por lástima (…). Todos ellos examinaron el cuerpo cuidadosamente para descubrir los efectos más secretos y decisivos del choque que había recibido; encontraron que había ocurrido en uno de sus muslos, donde percibieron una herida ennegrecida por la gangrena o por la acción del fuego. Impulsados por la curiosidad, agrandaron la apertura para examinar su interior; vieron que había penetrado el hueso, y les sorprendió mucho encontrar en el fondo de la herida la piedra redonda que la había provocado, y que había matado al monje de una manera igual de terrible e inesperada”, dice el manuscrito. Son apenas unos casos y no todos comprobables. Lo cierto es que se calcula que entre mil y diez mil toneladas de material extraterrestre llegan cada día a la Tierra desde el espacio y que la mayor parte son pequeñas rocas de algunos centímetros que se desintegran al chocar con la atmósfera. El meteorito de la discordia En el caso de Ann Hodges, la Fuerza Aérea estadounidense estudió el objeto y descartó de inmediato que se tratara de algún proyectil desconocido, quizás un arma secreta soviética, como se llegó a decir. Lo que había caído del cielo era el fragmento de un meteorito de 3,8 kilos, compuesto mayormente de hierro y níquel y de una antigüedad estimada en 4.500 millones de años. Ann tuvo la fortuna de que la piedra se partiera en dos y que sólo una parte impactara sobre el techo de su casa. Más tarde, se estableció que el meteorito se había roto al entrar en la atmósfera terrestre. Uno de sus fragmentos golpeó a Ann, mientras que otro cayó a pocos kilómetros del pueblo y fue encontrado por un agricultor llamado Julius Kempis McKinney. El hombre lo vio y lo cargó en su carro sin saber bien qué era, pero cuando se enteró de que se trataba de un meteorito lo puso en venta y se embolsó un buen puñado de dólares, tantos que, según informó el Decatur Daily News, le alcanzaron para comprarse una casa y un auto. Descartada la hipótesis delirante del proyectil ruso y también otra que apuntaba a que era el pedazo de un plato volador, la Fuerza Aérea le devolvió el meteorito a Ann. “Siento que el meteorito es mío. Creo que Dios quería que fuera para mí. Al fin y al cabo, ¡fue a mí a quien golpeó!”, dijo ella, según cuenta una publicación del Museo de Historia Natural de Alabama, donde hoy se exhibe la piedra. Tiempo después, el meteorito fue objeto de disputa entre la pareja y la propietaria de la casa (UNIVERSITY OF ALABAMA MUSEUMS, TUSCALOOSA, ALABAMA) Pero si la buena de Ann vio al meteorito como un regalo de Dios, su marido, Eugene, lo vio más bien como una oportunidad bien terrenal. Enterado del negocio que había hecho McKinney con el pedazo que había encontrado, lo puso también a la venta. Y ahí empezó otra historia, porque se generó una disputa legal por la propiedad de la piedra. El problema radicaba en que, si bien Ann vivía allí, la casa no era de su propiedad, sino que el matrimonio Hodges se la alquilaba a una viuda llamada Birdie Guy, que contrató un abogado para presentar una demanda judicial y quedarse con la piedra. Su argumento se puede resumir así: la casa es mía, el techo destrozado es mío… luego, la piedra también es mía. Finalmente, las partes llegaron a un acuerdo extrajudicial: los Hodges le pagaron 500 dólares a la viuda Guy y se quedaron con el meteorito. Eugene volvió a ponerlo a la venta, pero ya el impacto de la noticia había pasado y a casi nadie le interesó comprar la piedra. Así y todo, el Museo Smithsonian les hizo una oferta, pero Eugene la rechazó porque estaba convencido de que podía obtener más dinero. Mientras tanto, la piedra había dado lugar a otra discordia, porque Ann no quería saber nada con venderla y le recriminaba a Eugene que quisiera lucrar con ella. Suerte para la desgracia El matrimonio se separó y en 1956 Ann terminó donando su meteorito al museo. Para entonces era una celebridad cuya historia había sido contada por Time e incluso había participado de uno de los programas televisivos más famosos de la época, “Tengo un secreto”, conducido por Garry Moore, en el que el público debía adivinar quién era y qué había hecho el personaje que le presentaban ante las cámaras. Ann Hodges murió en 1972, a los 52 años, en una clínica de Sylacauga, luego de una descompensación producida por un fallo renal. Eso dice su certificado de defunción, porque para Eugene, su exmarido, lo que la mató fue el meteorito, no por el golpe en sí sino porque “nunca se pudo recuperar de la crisis emocional que le causó todo eso”. En la biografía que escribió sobre su amigo Isaac Newton, William Stukeley cuenta que fue el propio descubridor de la Ley de la Gravedad quien le contó cómo se le había ocurrido la idea que lo llevó a enunciarla: “Me dijo que había estado en esta misma situación cuando la noción de la gravedad le asaltó la mente. Fue algo ocasionado por la caída de una manzana mientras estaba sentado en actitud contemplativa. ¿Por qué esa manzana siempre desciende perpendicularmente hasta el suelo?, se preguntó a sí mismo”. De ser cierta la historia, que tantas veces se ha graficado con la fruta cayendo del árbol para dar en la cabeza del físico, se la podría comparar con lo que le ocurrió varios siglos después a Ann Hodges, pero con consecuencias muy diferentes porque a ella, si bien el golpe de la piedra sobre su estómago la hizo famosa, solo sirvió para acarrearle desgracias.
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