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  • Relatos del verano: el trato

    » Diario Cordoba

    Fecha: 31/08/2025 02:15

    Eduardo se bajó como todas las tardes al atardecer a una de las terrazas del paseo marítimo para sentir la brisa del mar y huir del sopor del cálido verano, con una copa bien fría de vino blanco del Penedés o una caña, según el día y a su antojo. Desde su reciente jubilación todavía no había encontrado el acomodo en la rutina de su vida. En la costa se aburría, rodeado de gentes que parecían ser felices y explotaban con gritos su energía de vivir. Esta tarde agradecía la soledad frente a un mar de bandera amarilla hermoso y poderoso en esa armonía de colores que se deslizaba del azul intenso al verde apacible al lamer la arena. La terraza sombreada solamente estaba ocupada por tres mesas, incluida la suya. Sacó del bolsillo superior de la camisa de verano el paquete de cigarrillos y encendió con calma y placer un rubio. Se había hecho la promesa de dejarlo con la jubilación para empezar a cuidarse sin el agobio de cumplir con el trabajo más exigente a medida que cumplía años. Pero esa tarde había estallado una bronca con su mujer por una tontería de esas que explotan cuando el calor agobia y la convivencia diaria y cercana se vuelve insoportable. Necesitaba irse y calmarse en soledad antes de empezar a decir burradas, de las que al rato se arrepentía. Eduardo era un buen hombre, pero tenía mal genio y aguantaba poco y mal las críticas de Carmen. Se fijó en la mesa que tenía a la vista, ocupada por una pareja que hablaba en un tono normal. A la mujer la veía de espaldas. Se fijó más en ella porque no paraba de hablar y su tono era fuerte y molesto. Tenía una voz desagradable. El hombre era guapo, de aspecto marroquí, y mucho más joven que ella. Hablaban de que el chico tenía a su madre enferma y la debía llevar al hospital en Vilanova, pero no disponía de coche en esos días, y parecía que ella estaba dispuesta a llevarlos hasta allí en su coche. El trato estaba quedando demasiado claro. La mujer morena de pelo rizado, teñido y reseco por el sol y las lacas, sacudía la cabeza insistiendo en su ofrecimiento y lo que conllevaba el trato por el favor planteado. -Pero te das cuenta de lo que te estoy diciendo. ¿Sí? repetía constantemente clavando sus ojos y manejando los brazos y las manos sin mucho sentido, como un molino de viento. Eduardo miró, con cierta pena, los hermosos ojos morunos del hombre. Le costó cerrar el trato, pero resultaba claro que estaba acostumbrado a estos negocios en los que los favores se pagaban con su cuerpo. Un cuerpo perfecto. Comprobó cuando la pareja se levantó de la mesa dejando los chupitos que habían comandado sin apurar. Entonces es cuando pudo ver a la mujer completa, no solo de perfil. Era fea, alta, ni gorda ni delgada, fuerte. Y se fijó en la extravagancia de su calzado para estar a 32 grados. Llevaba unas botas altas de esas de vaquero de tacón cubano. Un despropósito en pleno mes de julio ¡con lo que se suda en la costa! -Entonces, vamos, mi amor, recogemos a tu madre y os llevo hasta Vilanova. ¿Sí? -repitió. Los vio alejarse, y cómo el hombre deslizaba suavemente su mano sobre el hombro masculino de la mujer que esa noche iba a destrozar a polvos al joven marroquí. Eduardo, entonces, pidió la cuenta y llamó a su mujer para invitarla a cenar en un japonés que tenía buena pinta. Sintió de pronto que debía disculparse con Carmen. Lo mejor era una cena ligera y brindar por la vida; y esa noche seguramente tendría ganas de acariciar el todavía precioso cuerpo de su esposa y hacerla gozar, como él sabía hacerlo después de tantos años de convivencia.

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