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» SL24
Fecha: 29/08/2025 07:05
Facebook Twitter LinkedIn WhatsApp Por Nicolás Carugatti Embarcamos en Ramallo, casi sin darnos cuenta de que íbamos a ingresar a un universo paralelo que late a metros de la costa y que muy pocos conocen. Desde la lancha de apoyo, dedicada a realizar batimetrías, se accede a la rutina invisible de la draga Afonso de Albuquerque, una de las siete dragas que la compañía belga Jan de Nul destina a la operación argentina de la Vía de Navegación Troncal, desde Santa Fe hasta la desembocadura del Paraná en el Río de la Plata. Puesto de monitoreo del Dragador El paisaje parece repetirse en cada tramo del río, pero lo que se esconde bajo el agua cambia todo el tiempo: profundidades, sedimentación, corrientes. Allí entra en acción la tecnología de la empresa, que procesa en tiempo real los datos enviados desde el Paraná hasta las oficinas centrales en Buenos Aires. Un entramado de logística, software y precisión que permite sostener la ruta por donde pasa el 80% del comercio exterior del país. Cabezal de la draga con el que aspiran el sedimento desde el fondo del río A bordo sorprende la juventud de la tripulación. Capitanes, oficiales, maquinistas, dragadores: todos formados en la Escuela Nacional Fluvial, con un 90% de argentinos en una dotación de 17 personas. La segunda oficial, Florencia, ya acumula horas de mando rumbo a convertirse en capitana de esta embarcación sofisticada que puede girar sobre su propio eje como si fuese un juguete en miniatura. El régimen de trabajo es estricto: 21 días embarcados, 12 horas de labor y 12 de descanso, seguidos de tres semanas de franco en tierra. Ese viernes la operación transcurría en el paso Las Hermanas, kilómetro 316 del Paraná, frente a Ramallo. La draga aspiraba sedimentos del fondo y los trasladaba a la zona de vuelco por fuera de la vía troncal, en un ciclo continuo de 24 horas al día, siete días a la semana. Lo primero que sorprende es el silencio. En cubierta se puede conversar sin alzar la voz mientras cientos de metros cúbicos de arena y barro ascienden por las tuberías. Lo segundo es la ausencia del clásico humo negro de los barcos en maniobra. Con sistemas de combustión avanzados, la draga no contamina el aire con bocanadas de hollín, a pesar de consumir la friolera de 11 metros cúbicos de gasoil por día, medio camión cisterna en apenas 24 horas. Mirá también Puerto de Santa Fe: barcazas con soja de cooperativas santafesinas zarparon hacia ACA San Lorenzo Descarga de la arena sacada de la Vía de Navegación Troncal Pero la vida a bordo no se mide sólo en cifras técnicas. Hay un elemento invisible que sostiene la convivencia: la comida. El cocinero, con 27 años en la empresa, es señalado por todos como figura clave. Arranca a las cuatro de la mañana para servir el desayuno del primer turno. En el comedor, los marineros encuentran un buffet digno de un restaurante de cinco tenedores, con opciones dulces y saladas, platos calientes y postres. “Si no tuviéramos la mejor comida, no podríamos convivir 21 días en estas condiciones”, confiesa uno de los tripulantes. El comedor y el cocinero la clave de la operación a bordo El barco, con régimen de bandera argentina, es un pequeño cosmos donde se combinan tecnología de punta, disciplina laboral y una cultura marinera que pasa inadvertida para quienes miramos el Paraná desde la orilla. La tarea de dragado puede sonar técnica, casi fría, pero al presenciarla se entiende que es la columna vertebral de la competitividad nacional. Sin estas operaciones, el comercio exterior se paralizaría y el país quedaría aislado del mundo. La crónica de la jornada se cierra con una certeza: hay un universo entero de esfuerzo humano y conocimiento técnico escondido bajo la superficie del río. A pocos metros de nuestras costas, en la rutina constante de una draga silenciosa, late el pulso que conecta a la Argentina con el mundo. Buenos vientos.
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