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» Diario Cordoba
Fecha: 05/04/2025 12:56
El recuerdo de sus goles -y de las furiosas celebraciones posteriores- forma parte del imaginario colectivo del Córdoba CF, un club que tiene en él a uno de esos iconos forjados en los años 90, aquel periodo de locura absoluta. Campañas delirantes en Segunda B, entrenadores de quita y pon, presidentes personalistas con tintes mesiánicos -con Rafael Gómez 'Sandokán' como máximo exponente-, liguillas de ascenso frustradas, fajos de billetes de acá para allá, encierros por impagos... Por allí anduvo Alfonso Espejo Navajas (Córdoba, 1972), un delantero de la casa que protagonizó una conmovedora historia de superación. De meter goles en el patio de tierra del colegio Salesianos con el Don Bosco a escuchar ovaciones en El Arcángel, que se identificó con su modo de entender lo que significaba defender el escudo. Era una entrega sin miramientos. Lejos de exquisiteces con el balón, iba a lo práctico, a lo suyo. Tanto marcas, tanto vales. Fue un jornalero del área que nunca se creyó más de lo que era. Firmó 14 tantos, que junto a los 15 de Loreto -un campeón de la Recopa con el Zaragoza- lideraron en la 98-99 uno de los ascensos más necesarios de la historia blanquiverde: el que devolvió a la entidad a la Segunda División después de 17 años peregrinando por Segunda B y hasta Tercera. Espejo celebra un gol con el Córdoba CF en El Arcángel. / CÓRDOBA El azar o el destino El día que debutó como jugador en liga profesional en el Córdoba CF resultó inolvidable. A él, que le dijeron que no tenía sitio en la cantera blanquiverde cuando hizo una prueba con nueve años, le aclamaban en el estadio cuando salió como titular un 25 de marzo del 2000, hace ya 25 años. Era la jornada 32 y Pepe Escalante -su técnico el año anterior, el del ascenso- le devolvió un lugar en el lugar que siempre había soñado. Salía de una lesión. A los 24 minutos, ante el Logroñés, las gradas enmudecieron cuando le oyeron gritar caído sobre el césped. Se volvió a lesionar. Fue uno de los episodios que alimentaron su condición de héroe trágico. Y, con todo, lo recuerda con felicidad. "¡Claro que lo echo de menos! Quienes hemos vivido esa vida de futbolista sabemos lo que es. Se disfruta mucho pero también se sufre mucho. A mí me costó. Yo tenía muy claro desde que era un niño y después como juvenil que quería defender la camiseta del Córdoba", relata ahora, con un expediente en el que anotó más de 500 goles en todas las categorías del fútbol español excepto la Primera División. "Echo en falta el día a día, los entrenamientos, los viajes, las concentraciones, los partidos, los compañeros... Intento recordar siempre lo bueno, no lo malo como las lesiones, las etapas sin equipo... Pero a día de hoy estoy contento de haberlo vivido", afirma. Entradas y salidas Espejo sólo estuvo tres años en el Córdoba, al que llegó en 1998 después de haber logrado ascensos a Segunda en las filas del Écija y el Recreativo de Huelva. A comienzos de la década de los 90 le enviaron cedido al Estepona -junto al central Juanito, otro que terminó siendo un símbolo del club- porque lo que se estilaba era tirar de chequera para traer futbolistas "con nombre". Él se lo tuvo que construir lejos de su tierra. Cuando fue uno de los pilares del Decano para subir a Segunda, con Joaquín Caparrós como entrenador, se volvieron a acordar de él. El ariete, con los ánimos encendidos, no defraudó. Con Fernández, Juanito, Rafa Navarro y Escalante, compañeros en el ascenso del 99. / CÓRDOBA Su tope deportivo colectivo fue ser líder de Segunda después de arrancar un empate a uno en el estadio Vicente del Calderón en aquellos años del Atleti "en el infierno". Después de que le abrieran la puerta de atrás en 2001, siguió ganándose el jornal a base de goles en el Cádiz, Villanueva, Orihuela, Carolinense, Lucena, Iliturgi, Arahal y Montilla, donde dijo adiós. Allí, en Montilla, fue donde debutó como jugador cordobesista. “Un partido de Copa del Rey ante el Hércules”, recuerda. En el mismo estadio de la localidad vinícola disputó sus últimos minutos. Su entrenador por entonces, José Antonio Romero, era el mismo que le llevó a la cúspide como juvenil en las filas del Don Bosco, en el despegue de su carrera. ¿Qué hace ahora? "Sigo vinculado al fútbol a través de mis hijos, de 21 y 17 años. Uno es árbitro y yo sigo entrenando a chavales, por lo que en mi casa estamos constantemente hablando de fútbol", cuenta Alfonso Espejo, quien sigue amarrado al deporte pero con una ocupación laboral distinta: es operario del servicio de limpieza municipal en la capital cordobesa. "La vida sigue. Colgué las botas en 2008 y sabía perfectamente que empezaba otra etapa diferente. Cuando dejas lo que has estado haciendo desde niño piensas: ¿y ahora qué hago? Busqué trabajo para sacar adelante a mi familia, que era mi nuevo objetivo. Entré con un contrato en Sadeco y hace ya algunos años que saqué mi plaza", relata Alfonso Espejo, quien tiene una agenda muy definida en su día a día. "Trabajo siempre de noche porque entreno por el día a niños en la Escuela de la AFE. Rubiales puso una escuela en Córdoba y ahí estamos trabajando varios exfutbolistas. Tratamos de inculcar valores a los niños y enseñarles que más allá del fútbol hay cosas importantes. Mi vida es deporte y trabajo", dice. Espejo junto a Rafa Reyes, por entonfes segundo del Córdoba CF. / CÓRDOBA Más allá de esas ocupaciones, mantiene siempre el foco en el Córdoba CF y sus andanzas. Lo siente "como cordobesista" y fabula, como todos sus compañeros en esta pasión infinita, con ver de nuevo a los suyos en Primera División "y que sea mejor que la última vez". Lo de patear balones -o cabecear, su especialidad- queda ya en un plano secundario. "Juego al pádel, corro... Lo que me demanda el cuerpo o lo que puedo hacer. También juego a veces con los veteranos del Córdoba CF, pero poco. Prefiero un deporte más de disfrute, para desconectar", reconoce desde un distancia forzada y, seguro, no deseada. La llama de un corazón rebelde nunca se apaga. Suscríbete para seguir leyendo
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