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Opinión
La voz hace 5 horas 4 min de lectura

El arte de encontrar la grieta

Las reglas nacieron con un propósito claro: despolitizar las disputas y sustituir el uso de la fuerza por acuerdos imparciales. Sin embargo, solemos ser seguidores devotos de las normas sólo cuando estas sirven a nuestros intereses.

El arte de encontrar la grieta
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Debate. El arte de encontrar la grieta

Las reglas nacieron con un propósito claro: despolitizar las disputas y sustituir el uso de la fuerza por acuerdos imparciales. Sin embargo, solemos ser seguidores devotos de las normas sólo cuando estas sirven a nuestros intereses.

Todos recordamos cuando, hace pocos días, el expresidente estadounidense Donald Trump solicitó públicamente al presidente de la Fifa, Gianni Infantino, la anulación de una tarjeta roja a un jugador de la selección de Estados Unidos.

La Fifa accedió invocando el artículo 27 del Código Disciplinario, una cláusula amplia que permite suspender las sanciones de manera total o parcial. Aunque la decisión no alteró el resultado del partido, el mensaje fue inequívoco: para quien tiene poder de influir, la ley puede convertirse en un traje a medida.

La plasticidad de la norma

Según el antropólogo Robin Dunbar, las comunidades de más de 150 personas necesitan normas escritas para mantener el orden. En grupos mayores, la regla escrita reemplaza al comando oral, aunque su elasticidad sigue siendo proverbial.

Ya lo sabían los sofistas de la antigua Grecia, aquellos oradores capaces de defender cualquier causa ante los tribunales de la polis siempre que el cliente pagara.

En lugar de la rebeldía abierta, el ser humano ha perfeccionado el arte de la ficción técnica: demostrar que, en realidad, nunca se rompió la ley, sino que se encontró un resquicio legítimo.

La historia está llena de ejemplos ingeniosos. En el siglo XVIII, el ilustrado Voltaire se hizo inmensamente rico al detectar un error de cálculo en la lotería estatal francesa: compró en forma masiva bonos baratos que tenían las mismas probabilidades que los caros y forzó así una interpretación literal de las reglas, hasta que el gobierno terminó cerrando el sorteo.

En el Nueva York de 1896, las leyes Raines prohibían servir alcohol los domingos, salvo en hoteles que ofrecieran comida. Los taberneros respondieron creando cientos de hoteles con habitaciones de cartón y un sándwich rancio que nadie tocaba para cumplir formalmente la norma.

Al otro lado del Atlántico, en el Londres victoriano, algunas destilerías adquirieron estaciones de tren abandonadas para beneficiarse de licencias ferroviarias y evadir las estrictas restricciones al consumo de ginebra, auténtico azote social por aquel entonces.

Por qué preferimos la trampa

Esta tendencia responde a una pulsión profunda: mantener la imagen de virtud y los beneficios de la cooperación social, mientras se fuerza la regla hasta que parezca avalar nuestro caso.

El problema se agrava cuando las leyes incorporan cláusulas de discrecionalidad amplias, como el artículo 27 de la Fifa. Estas funcionan como una hoja de parra: no engañan a nadie, pero permiten fingir que se ha respetado el debido proceso.

Hoy, los ejércitos de abogados actúan como los sofistas modernos. Ellos explotan esos vacíos en acuerdos internacionales que se desmoronan, en contratos comerciales que quedan obsoletos por la innovación tecnológica o en demandas millonarias, como la reciente de Apple contra OpenAI.

El ecosistema argentino

En la Argentina contemporánea, este arte del resquicio encuentra un terreno especialmente fértil. Con frecuencia, el legislador diseña con premeditación márgenes de discrecionalidad que luego podrán ser aprovechados.

Estamos rodeados de nuestros propios artículos 27: mecanismos que permiten al Poder Ejecutivo regatear la ley y vulnerar su espíritu sin aparente quebrantamiento formal.

Esa actitud tiene un costo elevado. Cuando burlar el espíritu de la república mediante atajos legales se vuelve costumbre, se erosiona la confianza mutua y la capacidad de cooperar. La verdadera diferencia entre el caos y el orden radica en la calidad y la claridad de las normas.

Sólo leyes diseñadas para minimizar los incentivos a la trampa, sustentadas en transparencia y rendición de cuentas, pueden atacar de raíz la corrupción. En ese desafío, hasta ahora hemos fracasado en gran medida.

Ante ese fracaso colectivo, cabe elegir: resignarse o convertirnos, cada uno en nuestro ámbito, en custodio riguroso de las reglas. Preservar la integridad en nuestro entorno inmediato donde aún conservamos potestad es el único camino para que, en el futuro, la ley deje de ser el refugio del más astuto.

Historiador y docente

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