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  • Entre el voto y el deseo de votar

    Concordia » Lanotadigital

    Fecha: 07/05/2026 00:38

    Recuerdo el año pasado. 2025. Escuela Manuel Belgrano, cerca de las diez de la mañana. La fila avanza sin apuro, sin tensión visible, como si ya conociera su propio ritmo. Jubilados apoyados en bastones, jóvenes mirando el celular, familias que conversan en voz baja sin dirigirse del todo a nadie. Las autoridades de mesa ordenan boletas únicas sobre pupitres gastados, con una precisión casi automática, repetida muchas veces antes. En la entrada, un policía observa sin intervenir. Alguien pregunta por un aula y la respuesta llega sin énfasis, como un dato más del procedimiento. Nadie discute candidatos ni resultados. Todo funciona, todo se ajusta, en una normalidad que ya no necesita explicación. Debió haber sido en 1985. Tenía seis o siete años. Recuerdo el domingo electoral como una jornada que desbordaba la escuela y alcanzaba la ciudad entera. Los adultos salían temprano y regresaban hablando, comentando lo que habían visto y lo que habían escuchado. Las radios permanecían encendidas todo el día, como una segunda voz doméstica. En las veredas se armaban conversaciones largas, inestables, atravesadas por entusiasmo, dudas y discusiones que no se cerraban. La elección no terminaba en el cuarto oscuro: continuaba afuera, en la calle, en la mesa familiar, en la espera extendida del resultado. Yo no comprendía la política, pero el tiempo social tenía otra densidad todavía en expansión histórica. En los años noventa algo comienza a ceder sin estridencias. 1991: 82,9%. 1993: 81,3%. 1999: 80,1%. Los números todavía sostienen una estabilidad aparente, pero debajo se insinúa un desgaste progresivo en la relación entre ciudadanía y acto electoral. La participación ya no convoca del mismo modo ni arrastra como antes. En 2001 el quiebre se vuelve visible: 75,1% en legislativas. Un cuarto del padrón queda afuera. El ausentismo deja de ser excepción y pasa a funcionar como indicio persistente. Después, las presidenciales recomponen parcialmente el vínculo, pero las legislativas no recuperan ese suelo y quedan por debajo de forma estructural con un desplazamiento que se vuelve cada vez más difícil de revertir. La serie reciente confirma el desplazamiento. 2021: 71% en legislativas. 2023: 77% en presidenciales. 2025: 68% en legislativas. Uno de cada tres electores queda por fuera del proceso de votación. Ya no se trata de oscilaciones coyunturales sino de un patrón que se estabiliza en el tiempo. La democracia mantiene su arquitectura formal: escuelas abiertas, mesas constituidas, urnas que reciben votos. Sin embargo, algo se adelgaza en la experiencia social del acto electoral. Pierde espesor, pierde adhesión, pierde capacidad de convocatoria. Entre quienes participan y quienes se abstienen se abre una distancia que no es únicamente estadística sino perceptiva, instalada en la vida cotidiana como condición de época en curso en tránsito. Salgo de la escuela. La ciudad continúa su curso habitual, pero algo ha cambiado en la relación entre el gesto y su sentido. Votar ya no convoca por sí mismo ni organiza el deseo de manera automática. La escena electoral persiste, aunque atravesada por una pregunta sobre su eficacia real. Entre participación y ausencia se abre una grieta que no termina de cerrarse. En el trasfondo, un orden económico consolidado desde mediados de los años setenta, con su deriva financiero-primaria, actúa como condición estructural de esta desinstitucionalización progresiva. La democracia continúa operando en su forma, pero el deseo que la sostenía aparece más tenue, fragmentado y disperso en la experiencia contemporánea. J. Noriega imagen. IA

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