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» Clarin
Fecha: 06/05/2026 10:48
Tal vez convertirse en comediante fue su mecanismo de defensa. El humor como anticuerpo, respuesta inmunitaria, antídoto. Juan Díaz, para todos Cuchuflito, tenía 18 años cuando una tragedia familiar -la muerte de su hermano menor-, hizo tambalear su universo, pero supo hacer de la pena un "bollito" al que arrojó lejos. Con la tristeza a cuestas, un buen día se fue de su Mercedes natal, llegó a la gran ciudad, hizo descostillar a porteños y así nació una vocación luminosa y una técnica de supervivencia. "Fui muy feliz haciendo reír", hace el balance a los 87 años, sorprendido por la entrevista. Trabajó con un seleccionado (Carlitos Balá, Jorge Porcel, Alberto Olmedo, Luis Sandrini, Juan Carlos Altavista, Javier Portales...) y sin embargo los medios lo dejaron de lado. El consuelo: aquel público vitalicio que miraba Telecómicos -o más adelante Calabromas- no olvida ese rostro como de plastilina, una usina de muecas. "Por una cuestión de edad ya no puedo levantarme a las cinco de la mañana para grabar, pero con gusto aceptaría un papel que me hiciera salir de la comodidad, aunque siento que ya no hay personajes interesantes para mí", se sincera a 65 años de su debut televisivo, en Telecómicos. Sobreviviente de ese calibre de artistas que se inició en la época de esplendor de la radiofonía, vivió la era de orquestas de frac en los estudios y público haciendo filas kilométricas en la puerta. "Yo fui una vez a presenciar La revista dislocada y, al domingo siguiente, fui espectador de Farandulandia. Era una radiofonía elegante, de elencos y músicos estables, una ceremonia teatral con micrófono. Cuando terminó ese día Farandulandia me presenté ante Aldo Cammarota, hice una prueba y me citó para empezar a trabajar, con una salvedad: '¿No tiene pretensiones económicas, verdad?'", se ríe. Cammarota era un influyente libretista de esos tiempos dorados. Para tomar dimensión de la huella histórica que dejó, basta citar un mínimo ejemplo: popularizó la palabra "gorila" como sinónimo de antiperonista. "Yo arranqué con cuatro líneas en Farandulandia, pasé a ocho, a diez, el ciclo de radio saltó a la televisión, a Canal 7, y terminé escribiendo personajes y destacándome. Lo mío es lo mímico, la expresión". -¿Cómo nace el apodo Cuchuflito? -Por un muñeco que hice en Telecómicos, el muñeco Cuchuflito, le daban cuerda. A veces se descomponía, a veces se desarmaba. Gustó mucho a chicos y grandes. Jugábamos a que un aviso publicitario salía mal y, por ejemplo, explotaba una licuadora que era marca Cuchuflito... Tengo patentada la marca. -En 2019 Cristina Kirchner pronunció la palabra "cuchuflito" junto a "pindonga" para referirse a lo berreta. Sin querer, reavivó su recuerdo y todos empezaron a preguntarse qué era de su vida... -Fue un boom, porque los que no me conocían se enteraron de quién era yo. Mauro Viale reprodujo el sketch. Pero yo no quise entrar en polémicas. Yo no pertenezco a ningún partido político y tengo amigos de todos los partidos. Respeto todo. Trato de ser objetivo. Es como si tuviera una cámara y mirara desde una nube hacia abajo lo que dicen. De chico vi hacer realmente política, no politiquería. Soy de otra época. Ni malas palabras dije nunca. Los argentinos en general no saben votar, porque ni saben cómo se compone el Congreso. Argentina es un gran vodevil... -Gran definición... un vodevil... frivolidad, enredos, malos entendidos... -El argentino tiene dos grandes adicciones: el fútbol y el celular. Y los fanatismos son ignorancia. Me gusta mucho ese monólogo de Federico Luppi en Martín (Hache), dirigido por Adolfo Aristarain. Como dice él: "Argentina es una trampa". El guiño de Alfredo Alcón Nacido en la ciudad de Mercedes en 1939, hijo del medio de tres, el hombre que consagró su vida a la comedia conoció temprano la desgracia. Apenas llegaba a la mayoría de edad cuando tuvo que poner el pecho al desgarro familiar. "Mi hermano más chiquito, José María, siete años menor, murió por una embolia pulmonar tras una operación de cadera, a sus 11 años. Fue un golpe para todos, pero especialmente para mamá, que se volcó más al catolicismo". Como quien aprende a respirar bajo el agua, Juan encontró en la risa una forma de no ahogarse. Mientras en la casa la ausencia de Josecito lastimaba y la fe de su madre se volvía "una enredadera", "Cuchu" empezó a desarrollar inconscientemente su escudo. De ascendencia irlandesa, habituado a que en su hogar no se hablara permanentemente en castellano, creció escuchando "la melodía Irish English". Su padre, dueño de la joyería y relojería Merialdo de Mercedes, pudo haberle legado el arte de vender piedras preciosas, de detectar gemas, de convivir entre tic tac y engranajes, pero Juan fue tajante a la hora de la vocación. "Me dejaron ser libre. Si hubiera querido ser ingeniero o lo que sea, hubiera podido. Es cierto que a papá le habría gustado que yo quedara al frente del negocio, pero siempre busqué seguir lo que deseaba". Su primer trabajo en la gran ciudad estuvo relacionado con "poner la cara", pero desde otro lugar: la entrega puerta a puerta. "Tocaba timbres y recorría domicilios para entregar folletos de muestra de productos". "Yo escuchaba las obras que se transmitían en Radio Porteña desde los teatros y cuando salí del secundario armé un grupo de teatro, La Barca, con el que leíamos obras como En un burro tres baturros o Se casa un pajuerano, en la biblioteca de Mercedes. Fui autodidacta, me formé leyendo Stanislavski y viendo cine todos los días", detalla. "Fue en la Capital que ya trabajando en la oficina de Suavex, en Alsina y Sáenz Peña, en una empresa de aparatos de mesa que daban calor, que conocí a Alfredo Alcón. Un compañero de trabajo lo conocía y me dijo: '¿Te gustaría ir a ver Yerma, en el San Martín?'. Fuimos y al finalizar la función Alcón me preguntó qué hacía. Me dio vergüenza contarle que lo mío era el humor y me dio una lección: 'Sentite orgulloso de hacer comedia. Yo no puedo, le tengo miedo al ridículo". La vida después de un ACV Juan no tiene hijos, pero sí grandes amigos del espectáculo que lo contienen, como Gerardo Romano y Jorge Suárez. Dejó la pantalla chica hace más de 20 años, tras la convocatoria para la telenovela de telefe Culpable de este amor, con Juan Darthés y Gianella Neyra. "Eso es lo que yo quería, un personaje en el que no me reconocieran, una composición distinta. Encarné a un indigente". "Nunca una droga, nunca un exceso. Cien pedaleadas por día en bicicleta fija y 30 cuadras de caminata". Esa es la fórmula de "Cuchu" en su misión por mantenerse pleno a casi nueve décadas de su nacimiento. Ustedes preguntarán en qué utilizo tanto tiempo libre: leo mucho. Me leí casi toda la biblioteca de la Asociación Argentina de Actores y voy de vez en cuando a la de Argentores. Y escucho mucha música, tengo cerca de 200 vinilos, Piaf, Piazzolla, Troilo, Vivaldi, música inglesa, francesa, española, norteamericana, brasileña. Recuperado de un ACV, cuenta que hace unos años supo adornar de chistes su internación. "Me desperté un sábado y sentí algo raro en la boca, no podía hablar bien. Llamé a una amiga que se encargó de todo, y en el sanatorio La Providencia usé mucho el humor. Cuando me fui, los enfermeros me aplaudían. Si Miguel Gila pudo hacer humor hasta en la guerra, por qué yo no". "Mi público tiene hoy de 45 años para arriba. La mayoría recuerda a Juanchi, el amigo de Aníbal en Calabromas", dice el que participó de películas como Canuto Cañete, conscripto del siete, Expertos en pinchazos, Camarero nocturno en Mar del Plata, Las aventuras de Tremendo"... -En los ochenta supo tocar el cielo con las manos, ¿alguna nostalgia por el reino perdido? -¡No! Hubo un tiempo en que iba a comprar algo y no me cobraban, o entraba a un restaurante y todos aplaudían. Cuando todo eso no lo tuve más, no me deprimí como les pasó a otros colegas. Siempre supe que la fama va y viene. Sobre la firma Newsletter Clarín Tags relacionados
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