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Concepcion del Uruguay » La Pirámide
Fecha: 01/05/2026 09:15
La dignidad del laburo frente al mostrador de la crisis Don Raúl se sentó, dejó la gorra sobre sus rodillas y suspiró como quien viene cargando una bolsa de cemento desde el puerto. "Mire, doctor, yo me jubilé hace dos años pero sigo arreglando radios y planchas porque la mínima no alcanza ni para los remedios de la patrona", me dijo, mientras sus manos, curtidas por décadas de oficio, temblaban apenas. Es esta una escena típica de nuestra ciudad, donde la cultura del esfuerzo choca de frente contra una realidad que no perdona... una metáfora cruel de una Argentina que parece habernos cambiado las reglas del juego a mitad del partido. Siempre nos dijeron que el trabajo dignifica. Es una frase que repetimos como un mantra, casi como un escudo para protegernos de la incertidumbre. Pero, ¿Qué pasa cuando ese trabajo, que debería ser el soporte de nuestra subjetividad, se vuelve una trampa? ¿Qué pasa cuando el esfuerzo diario no se traduce en bienestar, sino en una cuenta regresiva para ver qué servicio cortamos primero? En el consultorio, se nota que el malestar ya no es solo individual. Es un síntoma social. Freud decía que el trabajo es nuestro principal lazo con la realidad, lo que nos permite sentirnos parte de algo más grande. Pero hoy, para muchos argentinos, ese lazo se siente más como una soga que aprieta el cuello que como un puente hacia la realización personal. La factura siempre llega cara, y no hablo solo de los servicios. Hablo del costo psíquico de romperse el lomo y seguir sintiéndose en falta. Porque en esta época de crisis, es la identidad del trabajador la que está en crisis. Antes, uno "era" su oficio: el ferroviario, el docente, el empleado municipal. Hoy, la precariedad nos obliga a ser malabaristas de las monedas, y en ese desorden, lo que se pierde es la autonomía. Habitualmente sostengo que el envejecimiento activo es una conquista de derechos... pero qué difícil es hablar de "actividad" cuando el adulto mayor tiene que seguir laburando no por elección, sino por pura supervivencia. Ahí la dignidad se mancha. El sujeto de derecho se ve empujado de nuevo al lugar de objeto de cuidado pasivo, o peor, de "mano de obra barata" de la necesidad. No es solo un problema de números o de inflación. Es un problema de sentido. Cuando el laburo deja de ser el lugar donde proyectamos deseos para ser solo el lugar donde tapamos agujeros, la subjetividad se erosiona. El trabajador se siente alienado, pero no por una máquina, sino por una incertidumbre que le dice que mañana, pase lo que pase, va a estar un poquito peor. Una suerte de esclavitud moderna. A veces me pregunto si no estaremos romantizando demasiado el sacrificio. Como si sufrir por el laburo fuera un requisito para ser "buena gente". En Argentina somos expertos en aguantar, en "poner el hombro", pero el hombro también tiene un límite biológico y emocional. No podemos pedirle a la salud mental que solucione lo que la economía destruye sistemáticamente. Caminar por la y ver negocios que bajan la persiana es ver también cómo se apagan proyectos de vida. El trabajo debería ser el lugar donde nos inventamos a nosotros mismos, donde encontramos un "para qué". Si solo es un "cómo sea", estamos vaciando de contenido uno de los pilares de nuestra convivencia social. La dignidad no debería ser un lujo de pocos, ni una zanahoria que siempre está un metro más adelante. Debería ser el piso, no el techo. Porque si trabajar ya no alcanza para vivir con decencia, ¿Qué lugar nos queda para desear, para crear, para ser algo más que un número en una planilla de gastos? ¿Hasta cuándo podremos sostener el orgullo de ser un pueblo trabajador si el trabajo nos devuelve una imagen de nosotros mismos cada vez más cansada y empobrecida?
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