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Fecha: 26/04/2026 05:55
A los 12 años, Juan Pablo Martín tenía una vida que giraba alrededor del movimiento. El fútbol, las carreras con su papá, la natación, los amigos, el colegio. Todo era acción. Mi infancia fue muy feliz. Hacía mucho deporte, me iba bien en el colegio, me gustaba leer, ver fútbol, estar con mis amigos. Estaba en un ambiente muy sano, muy contenido, y eso creo que fue muy importante para lo que vino después, cuenta hoy, con 22 años, este seminarista mendocino radicado en Buenos Aires. Nada hacía pensar que ese cuerpo, que parecía no tener límites, iba a detenerse por completo. El primer aviso fue el dolor. A los 11 años me empezó a doler mucho la espalda. Yo decía que me dolía, pero al principio no entendíamos bien qué era. Íbamos a médicos y no nos daban un diagnóstico tan claro. Pero el dolor estaba y cada vez era peor. Había días en los que estaba muchísimas horas acostado, no salía, no hacía nada. Usaba bolsa de agua caliente, tomaba algún calmante, pero no alcanzaba. Era un dolor muy fuerte, constante, recuerda. Leé también: De la terapia al alto rendimiento: a los 18 años sueña con el Mundial y es el Messi de la equitación El diagnóstico llegó después, con una contundencia difícil de asimilar. Me encontraron una malformación genética en la columna, una espondilolistesis. Era algo muy grave. Me dijeron que tenía que operarme urgente, que incluso podía quedar en silla de ruedas. Fue un golpe muy grande, porque yo venía con toda una vida organizada alrededor del deporte, estaba por empezar a entrenar en Godoy Cruz, había cambiado de turno en el colegio para eso y de un día para el otro todo se frenó, evoca. La operación no podía esperar. El camino llevó a su familia hasta el consultorio del cirujano Alejandro Morales Ciancio. Gracias a Dios dimos con él. Es uno de los grandes médicos del país. Si no, me tenía que operar en Buenos Aires. Y él fue el que me operó. Desde el primer momento sentimos mucha confianza, rememora. Una cirugía y aprender de nuevo a caminar La cirugía salió bien. Pero lo que vino después fue otra historia. Tuve que aprender a caminar de nuevo. No me podía levantar del piso, no me podía mantener en pie. Era volver a lo más básico. A lo que uno da por hecho. La recuperación llevó entre cinco y seis años. Fue un proceso muy largo, relata. Durante dos años, su mundo fue una cama. Estaba mucho tiempo acostado. No iba al colegio, tenía escolaridad en casa. Y en ese tiempo empezás a pensar muchas cosas. Yo me preguntaba cuál era el sentido de todo esto. Por qué me pasaba, señala. Pero no siempre encontraba respuestas. Tuve mucha ansiedad, incluso una crisis de fe. No entendía. Era chico y todo había pasado muy rápido. Pasar de correr, de jugar, a no poder ni levantarme era muy fuerte, dice. Pero algo empezó a cambiar. Con el tiempo fui resignificando el dolor. Empecé a ofrecerlo por los demás. Cada vez que me dolía, cada vez que tenía que atravesar algo difícil, lo ofrecía por un amigo, por un familiar, por el médico, incluso por los problemas del mundo. Era como transformar el dolor en oración. Eso a mí me ayudó muchísimo, recuerda Juan Pablo. Leé también: Tiene 10 años, sufrió bullying en la escuela e intentó quitarse la vida: No quiere jugar con otros chicos La presencia de los otros también fue clave. Yo siempre me sentí muy contenido. Mi familia, mis hermanos, mis amigos. Pero también hubo algo muy fuerte con la fe. Más de 50 sacerdotes me visitaron cuando estaba postrado. Y mis amigos del movimiento FASTA (Fraternidad de Agrupaciones Santo Tomás de Aquino), que tenían 11 años, venían a verme a mi casa, donde yo estaba tirado. Eso me marcó muchísimo. Ahí sentí el amor de Dios de una manera muy concreta, remarca. Y entonces, en medio de todo eso, apareció una certeza que hoy repite sin dudar. Fui feliz estando en una cama. Y eso a mí me cambió la vida. Porque entendí que la felicidad no depende de poder hacer todo lo que uno quiere, sino de cómo uno vive lo que le toca, advierte. La recuperación avanzó. Lentamente. Hasta que, cuando parecía que lo peor había pasado, volvió a pasar. Cuando llevaba un año y medio de recuperado, ya había empezado a volver a jugar al fútbol. Y un día, jugando al básquet con mi hermano, jorobando, lo levanté. Él pesaba 40 kilos y yo podía levantar hasta 10. En ese momento se me rompió una placa de titanio. A la media hora ya me dolía muchísimo y al otro día no me pude levantar de la cama, relata. Otra operación. Otro comienzo. Pero esta vez, con otra cabeza. El chico que ofrecía su dolor y terminó transformado No me costó aceptarlo. Me dije: todo lo que hice mal en la primera recuperación, lo quiero hacer mejor en esta. Fui menos ansioso, recé más, hablé más con mis amigos, con mis hermanos. Leí más. Casi no vi televisión. Fue una recuperación más profunda. Incluso se propuso algo concreto. Me hice una lista de más o menos 150 días, y cada día ofrecía lo que me pasaba por alguien distinto. Eso me fue transformando mucho. Me ayudó a salir de mí mismo, reflexiona hoy. En ese tiempo también encontró nuevos caminos. Un psicólogo me dijo que tenía que encontrar algo que me guste tanto como el fútbol. Y ahí empecé a tocar la guitarra. Pero después eso fue más allá. Porque lo que realmente empezó a llenar todo fue Dios, confiesa. La recuperación siguió. Paso a paso. Caminar es un don que no todos valoramos. Yo lo aprendí de la manera más dura, dice. Esa frase volvió a cobrar sentido en 2025, cuando su vida volvió a estar en riesgo. Me atropelló un colectivo en Recoleta. Salí volando como seis metros. Fue un golpe muy fuerte. Yo pensé que me iba a tener que volver a operar, evoca. Pero lo que pasó después desconcertó a todos. Fui a más de diez médicos y ninguno encontraba una explicación. Tengo 12 clavos en la columna y solo se movió uno, que justo era el único que ya no servía. El médico me dijo: tendrías que estar muerto y estás acá. Y ese clavo se está consolidando solo, lo cual es casi imposible, señala con una sonrisa de oreja a oreja. Para Juan Pablo, no hay dudas. Eso es la protección de Dios. Yo siempre me sentí muy cuidado. En las operaciones, en la recuperación, en el accidente. Siempre, asegura. Un año después, ese cuerpo que alguna vez no pudo levantarse de una cama hizo algo que parecía imposible. Caminar para agradecer y valorar Lo cierto es que en febrero caminó 800 kilómetros. La peregrinación fue desde Luján hasta Cura Brochero. Durante 31 días. Para mí era un regalo poder caminar todo ese tiempo. Yo no debería caminar. No debería poder correr. Y sin embargo estaba ahí, caminando, todos los días, durante un mes, asegura. Leé también: Pablo tiene 27 y descubrió recién hace tres años que nunca tuvo olfato: No elegiría vivir de otra manera El camino fue mucho más que físico. Esta experiencia me volvió a recordar que todo es un don de Dios. Lo veía en la generosidad de la gente, en el amor de la Virgen, en cada persona que nos ayudaba, en cada gesto. También fue un encuentro con la identidad. Los cuentos, los libros, las historias que habíamos escuchado de chicos se hacían realidad en el camino. En los paisajes, en los pueblos, en la gente. Y el corazón se llenaba de fe. Yo solo podía decir: gracias Señor por ser argentino, dice, emocionado. Hoy, con 22 años, Juan Pablo está en el seminario. Eligió ese camino después de haber atravesado el dolor, las preguntas y las respuestas. Yo quería ayudar a las personas. Pensé en medicina, en psicología. Pero sentía que no alcanzaba. Entonces me pregunté qué me había sostenido cuando estaba postrado. Y la respuesta fue muy clara: Dios. Y ahí entendió todo. Quiero llevar eso a los demás. Porque cuando uno está en el dolor, necesita algo más profundo. Y yo lo encontré, afirma convencido y cierra con una reflexión: Yo no debería caminar. Pero camino. Y cada paso es un regalo. Por eso, lo único que me sale es agradecer.
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