25/04/2026 09:57
25/04/2026 09:57
25/04/2026 09:57
25/04/2026 09:57
25/04/2026 09:55
25/04/2026 09:54
25/04/2026 09:52
25/04/2026 09:51
25/04/2026 09:50
25/04/2026 09:49
» TN
Fecha: 25/04/2026 06:41
La emisión batió récords de rating. Fue el programa especial no deportivo más visto de la televisión de Estados Unidos hasta ese momento. Se emitió en directo a más de 30 países. Se había generado una expectativa desmesurada por un posible hallazgo histórico. Pero todo terminó en un fiasco colosal, uno de los más grandes de la historia. La promesa era acceder a las bóvedas secretas de Al Capone, el hombre de la mafia más célebre del Siglo XX. ¿Qué habría detrás de esa pared? ¿Con qué se encontrarían? ¿Pilas y pilas de dólares enmohecidos? ¿Una galería de cajas fuertes? ¿Una montaña de cadáveres consumidos por el tiempo? ¿Un arsenal? Leé también: Se hacía pasar por productor de cine, ganó millones con estafas y hoy no se sabe si está vivo o muerto A fines de abril de 1986, ese programa especial conducido por Geraldo Rivera paralizó Estados Unidos. Más de 30 millones de espectadores, avisos publicitarios a la altura del Super Bowl. Podría haberse tratado de un Super Bowl de la Mafia. El programa, El Misterio de la Bóveda Secreta de Al Capone, prometía incursionar en los túneles del Hotel Lexington de Chicago, hogar del capomafia durante años, en sus túneles subterráneos y acceder a una bóveda secreta derribando algunas paredes. A pesar de que habían pasado casi cuarenta años de su muerte, Al Capone seguía generando misterio, su figura seguía interesando. Su reinado fue breve. Tan solo siete años. De 1925 a 1932. Luego, la caída. La cárcel, la enfermedad, el ostracismo, la muerte. Fueron muchos los que reinaron en la mafia luego de él, sin embargo, Al Capone y su leyenda lograron perpetuarse. Es el arquetipo del mafioso. Alphonse Gabriel Capone nació en enero de 1899 en Brooklyn. Desde muy chico le gustó estar en la calle. Buscaba siempre una oportunidad para resaltar, para obtener algún beneficio. En la escuela sus problemas de conducta eran frecuentes. En esos años conoció a Frankie Yale, un gángster que lo reclutó y lo tuvo entre sus favoritos dada la energía y disposición del joven Capone (cuando fue poderoso no dudó en mandar matar a su mentor por una cuestión de negocios). En una discusión en un local nocturno, a Al le cortaron la cara, dejándole unas profundas cicatrices en una mejilla. Ya no había que pensar un apodo para él, lo llevaba en la cara: Scarface. Se mudó a Chicago y, tras realizar los trabajos más diversos para su nuevo jefe se convirtió en la mano derecha del mafioso local Johnny Torrio. En poco tiempo, Al Capone pasó a manejar el negocio tras el retiro de Torrio y su vocación por eliminar toda posible competencia. Eran los tiempos de La Prohibición, de la Ley Seca. Sus negocios eran mucho más vastos que la venta ilegal de alcohol. Si bien así consolidó su imperio, también se ocupaba de los demás rubros con los que los mafiosos recaudaban: juego clandestino, protección y prostitución. El ABC del crimen organizado. Capone era bueno para los negocios. Y podía prever algunas situaciones. Avisaba en cada entrevista que la Bolsa se caería, instaba a sus cercanos a vender las acciones. Y también sabía que la Ley Voestad (Ley Seca) tenía poca vida y comenzó a diversificar sus intereses e inversiones. No era rechazado por el ciudadano común. En eso tuvo mucho que ver su carisma y la costumbre de aparecer en los medios. También ciertas actitudes demagógicas que lo posicionaron ante la opinión pública. Durante la Gran Depresión del 29 organizó entregas diarias de alimentos y leche para aquellos que lo necesitaban. Se mostraba como el que suplía las deficiencias del estado. Al Capone se definía como un benefactor público que brindaba pequeños placeres a los habitantes de su ciudad: alcohol, juego, prostitutas. La clandestinidad de sus negocios se oponía a su omnipresencia en la conversación pública. Disfrutaba del protagonismo y lo buscaba con denuedo. A Capone le fascinaba ver su cara en los diarios, leer en letras de molde sus declaraciones estentóreas y altivas. Fue un personaje mediático antes de que el concepto existiera. Eso explica que haya sido el gángster más famoso de su tiempo cuando en todo el territorio de Estados Unidos había, al menos, dos decenas de hombres con igual poder y similar poco apego a la legalidad. Quería ser famoso como Babe Ruth, firmar autógrafos, ser reconocido en la calle. Quería pasar de ser el enemigo público a ser una figura pública. Que muchos periodistas fueran sobornados tuvo bastante incidencia en la creación de su imagen pública. Capone, por su parte, no consideraba desatinado que un líder mafioso fuera tapa de Time. Fue un asesino. Se le atribuyen más de 300 asesinatos. Convirtió a Chicago en un campo de batalla. Su lenguaje era el de la violencia. Los ajustes de cuentas se hacían a la luz del día. Los tiroteos se habían convertido en un espectáculo habitual en las esquinas céntricas de Chicago. En una visita a la ciudad, Lucky Luciano, el célebre mafioso de Nueva York, sentenció: Chicago es una ciudad de locos. Nadie está seguro en la calle. Su lenguaje era el de la violencia. En un momento eran tantas las muertes que el jefe de policía de la ciudad llegó a declarar: No deseo alentar el negocio pero si alguien tiene que morir es bueno que los gángsters se maten entre ellos. Su rápida hegemonía en el hampa de Chicago tuvo su contracara. Eran muchos los que lo querían matar a él. Para evitar que sus enemigos consiguieran su objetivo, tomaba recaudos extremos. Y aquí es donde entra en la historia el Hotel Lexington, donde estaba la supuesta bóveda que Geraldo Rivera intentó develar. El hotel tenía túneles que conectaban con otros edificios, aunque no fueron construidos por el mafioso, sino que era usual que todos los tuvieran para transportar mercaderías en tiempos de frío extremo. Para él significaban la posibilidad de nuevas vías de salida en caso de emergencia. La suite que ocupaba Capone constaba de diez habitaciones. La que él utilizaba para dormir parecía un burdel de lujo. Paredes forradas con terciopelo, espejos en el techo, esculturas ostentosas y mucho oro. Leé también: Un túnel de 135 metros, meses de trabajo y una ayuda inesperada: el plan para escapar del Muro de Berlín La organización ocupaba una gran superficie del hotel. La seguridad era extrema. El acceso al líder mafioso parecía imposible. Hasta el sillón que utilizaba Capone tenía el respaldo blindado. Cada vez que se desplazaba por el hotel era rodeado por 8 guardaespaldas, un auténtico escudo humano. Hombres que dormían, literalmente, en la puerta de su cuarto, armas y puestos de guardia en cada rincón. El cocinero debía realizar cada procedimiento culinario a la vista de algún hombre de mucha confianza de Capone y luego de terminar de cocinar debía probar cada plato frente a su jefe. Se trasladaba en un Cadillac que pesaba siete toneladas, blindado, en la que cada parte del auto era a prueba de balas, los paragolpes de un material que no se abollaba y tenía también un dispositivo en la luneta por el que podía sacarse el caño de una ametralladora. En el vehículo invirtió 20.000 dólares (unos 250.000 actuales). Cuando cayó en desgracia, el Cadillac fue decomisado y debido a su solidez pasó a integrar la comitiva de seguridad del presidente norteamericano Franklin Roosevelt. Una de las grandes intrigas en la vida de Capone es la de su dinero. ¿Qué pasó con su gigantesca fortuna? ¿Dónde quedó? Como sus actividades eran ilegales y a raíz de la persecución de la IRS, el mafioso movía ingentes cantidades de efectivo. Algunos de sus secuaces reconocieron haber visto habitaciones del Lexington repletas de dólares que no tenían cómo guardar y no se les ocurría cómo gastar. Se especula que Capone enterraba baúles con dólares y que tenía caja fuertes y cuentas bajo nombres de fantasía en los más variados sitios de Estados Unidos y el mundo. También varias empresas las manejaba a través de testaferros. Lo encarcelaron en 1932 por evasión impositiva. El imperio tambaleó. La organización que había montado era sólida pero dependía demasiado de sus decisiones y de su presencia. En los primeros tiempos gozaba de beneficios en prisión. Confort, laxitud en la vigilancia de los guardias, visitas irrestrictas, celda con amplias comodidades y facilidad para comunicarse con el exterior. Pero ante una denuncia periodística, su situación cambió de forma drástica. Fue enviado a Alcatraz, bajo un régimen severo. Su salud decayó de manera súbita. Sífilis. Sus facultades mentales se deterioraron velozmente: pérdida de memoria y demencia. En 1939 lo dejaron salir de prisión y se instaló en Miami. Una de las consecuencias de su enfermedad fue que Capone no recordaba dónde había escondido su tesoro mal habido. Ningún recurso fue de utilidad para recuperar esa plata. Decenas de millones de dólares ocultos esperando a ser descubiertos. Tras su muerte esa búsqueda se intensificó pero siempre resultó improductiva. El de la fortuna perdida de Al Capone es uno de los grandes misterios de su vida ¿Dónde fueron a parar sus millones? ¿Sus secuaces se los quedaron? ¿Estaban todavía en su lugar original esperando ser encontrados? Parece que las autoridades impositivas de Estados Unidos creían que la respuesta a esa última pregunta era afirmativa porque detrás de cámaras mientras se avanzaba en la excavación y derrumbe de las paredes, había un equipo de la IRS, la agencia recaudadora de impuestos para hacerse del dinero en virtudes de las deudas que capone había dejado impagas. Esa leyenda, la falta de respuesta de la ubicación de la fortuna del mafioso, hizo que se generara una exuberante expectativa alrededor del bizarro programa televisivo. Un reality pionero de mafiosos, millones y hasta posibles cadáveres. Porque otro de los equipos que estaban dispuestos para entrar en acción era el de los forenses oficiales para manipular los cadáveres que pudieran hallarse. Mientras Geraldo Rivera caminaba por los túneles polvorientos y varios operarios tiraban tabiques y sacaban escombros como en una búsqueda arqueológica torpe, de trazo grueso, se alternaban imágenes de archivo y entrevistas con especialistas. El objetivo era llegar hasta la bóveda oculta en la que el gángster escondía quién sabe qué. En algún segmento del programa, el presentador accionó una explosión con dinamita bajando la palanca en forma de T como si fuera el Coyote persiguiendo al Correcaminos: solo faltó la marca Acme. A esas alturas se había sumado un tercer equipo de especialistas estatales. A los de los impuestos y los forenses, se agregaron varios ingenieros y expertos en estructuras edilicias preocupados porque las excavaciones podían producir un deterioro en los cimientos del hotel que ya estaba bastante desvencijado. Otro motivo de incertidumbre (y de atracción morbosa para el público). Hasta que llegó el momento cumbre. Ya iban dos horas de programa. Estaban por derribar la pared final. ¿Qué habría detrás? ¿Una fortuna, cadáveres, un arsenal, papeles secretos que despejarían misterios históricos? Las mazas azotando los ladrillos viejos. La pared se desmoronó. La respuesta a todas esas preguntas fue: nada. No había nada detrás de ese tabique. Sólo polvo, escombros y dos o tres botellas vacías de licor barato de los años treinta. Leé también: Hugh Hefner, entre los excesos y el escándalo: la vida del dueño de Playboy que construyó un imperio del sexo La decepción del público fue gigantesca. A los productores no les importó. El negocio estaba hecho. Audiencia histórica y todos los avisos vendidos. La desilusión de Geraldo Rivera fue visible, inocultable. Sus gestos se ensombrecieron, sus hombres vencidos por el papelón. Pidió perdón varias veces y se fue cantando una canción con los obreros que durante esas dos horas derribaron paredes y removieron escombros. Una canción triste, de derrota. El programa todavía puede verse en la web. Y vale la pena hacerlo. Es una pieza extraña, bizarra, irresponsable, divertida que habla de una ingenuidad que ya no existe.
Ver noticia original