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  • El Parakultural: memorias de un subsuelo que hizo historia y construyó un mito en el under porteño

    » Clarin

    Fecha: 25/04/2026 07:31

    Todos pasaron por ahí. Y los que no pasaron por ahí, dicen que pasaron por ahí. El Parakultural abrió sus puertas en abril de 1986. Sin que ello ocurriera, probablemente hubiera sido más difícil conocer a, dos puntos, Las gambas al ajillo, Batato Barea, Carlos Belloso, Damián Dreizik y otros. El Parakultural pudo ser el Di Tella de otra época. Uno se fundó bajo la primavera desarrollista de Frondizi. El otro con la primavera democrática de Alfonsín. Sólo la estación del amor haría posible que aquel sótano se convirtiera en algo luminoso. El primer Parakultural, el histórico, estaba en Venezuela 336, barrio de San Telmo. El debate posmoderno del ser o no ser independiente empezó acá. Acá tocaron Los Redonditos de Ricota. El under también estaba ocurriendo en otras partes como en Cemento. Cemento, previo al antro conocido, empezó buscando ser arrogante y elitista. En su inauguración, Katja Alemann se ondulaba en las alturas de una estructura móvil. Todo estaba coordinado por esa especie de Groucho Marx vernáculo -su dueño-, Omar Chabán. Tocar en Cemento era un sueño que no significaba haber llegado. Era el lugar en el que todas las bandas comenzaban, aunque a lo mejor hubieran comenzado antes. Decir "Te sigo desde Cemento" significa decir desde el principio. El Parakultural fue inaugurado por Omar Viola y Horacio Gabin en una cripta alquilada como sala de ensayo. Viola, Gabin y raros como Batato Barea, Alejandro Urdapilleta o las Gambas al ajillo ensayaban por las noches. En algún momento invitaron gente a los ensayos y eso hizo que finalmente el lugar se abriera al público. "Que tengas suerte" Una sed de humedad verdadera tiznaba las paredes. Dice Omar Viola, uno de sus fundadores: "Cuando llegué a la sede de Venezuela, el lugar no tenía techo y el piso estaba agujereado. La gente me decía: 'Que tengas suerte' y me daba palmaditas en la espalda". Tuvo dos sedes: la paradigmática de Venezuela, que duró cuatro años, y la de Chabacuco al 1000, que se conoció como Parakultural New Border, donde dio sus primeros pasos Alfredo Casero. El manifiesto de Omar Viola propiciaba el encuentro. Hablaba de que el teatro tenía que ser como una cita amorosa: si se planificaban los pasos a seguir, se perdía el encanto. La idea del under estaba muy bien consumada escaleras abajo de un lugar donde se suponía que pasaban las cosas antes de que realmente pasaran. Un ejemplo de la vuelta al mundo es Verónica Llinás, que hoy es figura comercial de la calle Corrientes con Una Navidad de mierda. A 40 años del Parakultural, Llinás sigue dando notas donde habla de las Gambas al ajillo. Urdapilleta, Batato Barea y Tortonese eran los dioses de ese olimpo. En 2004, Urdapilleta reemplazó al padre del aula Alfredo Alcón en una obra del San Martín. Es decir, el máximo referente del teatro nacional era reemplazado por el máximo referente del teatro independiente. Carlos Belloso, de Los Melli, se hizo famoso como El Vasquito de Campeones, una tira diaria de Adrián Suar. Y Dreizik, que nunca dejó de ser Dreizik, hace poco encabezó un espectáculo en el Teatro Nacional Cervantes. El under no es un estado, sino un pasaje hacia otro lado. "Cuando Batato hacía el personaje de la mucama de Barrio Norte que se quería ir a Cuba porque 'allá te dan unos zapatos que te duran toda la vida', vos te reías pero después te dabas cuenta de que no era un chiste", recordó el fotógrafo Adrián Rocha Novoa, responsable de la muestra Los 90, el Parakultural. Parakultural porque para es un prefijo que quiere decir al margen, algo paralelo al régimen. Y ya que estamos una k, como afectuoso residuo del anarquismo punk. Los Macocos conocieron todos los circuitos laborales, desde el off al oficial y al comercial. Daniel Casablanca, uno de sus integrantes, supo de trasnochadas en los' 80 y supo también lo que era el éxito absoluto de una obra como Toc Toc: casi una década protagonizándola. Más de 2.600 presentaciones. Luca Prodan, que vivía ahí nomás, solía cantar con una banda llamada Los apestosos. El under y el comercial, teatros mezclados El Parakultural podía ser resultado de un plebiscito intuitivo de cada fin de semana. Llegabas en un estado y te ibas en otro. Yo fui como público, nos dice el siempre eminente empresario teatral Carlos Rottemberg. Preguntarle qué piensa a Fernando Noy sería adivinar hasta los adjetivos. A Tortonese le nombrás el Parakultural y choca contra la nostalgia. Mejor tratar de saber si Rottemberg, criatura teatral desde tiempos inmemoriales, sabe de qué estamos hablando. Por supuesto que sí -nos amonesta-. Estamos mucho más mezclados de lo que se cree. Por eso Alfredo Alcón fue reemplazado por Urdapilleta en el Rey Lear dirigido por Jorge Lavelli. Después, los Javier Daulte, los Veronese, los Tolcachir ya estaban cruzándose de un circuito a otro. Todo suma para la misma actividad. Es vivo. Es artista respirando el mismo aire del público. El teatro es bueno o malo, decía Agustín Alezzo. Y el Parakultural era bueno. -¿Fuiste? -Como espectador, no era lo mío. No soy el mejor referente, porque habré ido un par de veces. Me había dado curiosidad. Lo recuerdo como una escalera abajo, una escalera angosta. La antítesis del teatro industrial. No había marquesina, las paredes todas descascaradas. Vi a Las Gambas. Era como un fogón que los empresarios de la calle Corrientes no iban a tomar. Había que crearlo en un hábitat coherente con lo que expresaban en ese momento. Después, con el tiempo, Verónica Llinás puede terminar en el Teatro Premier. Graciela Borges al teléfono: -¿Y era lindo el Parakultural? -Para serte sincera, no me acuerdo que fuera muy lindo, pero en lugares así uno no se fija mucho en detalles. Una ve el aura, el misticismo que había. Yo adoraba a la gente que estaba ahí. Me sentía en otro país, en otro mundo. Fernando Noy ha sido en mi casa alguien de una presencia total. Estábamos con él y con María Luisa Bemberg, que lo adoraba. En el fin de los 80 hicimos Kindergarten, una película muy discutida y muy interesante. En la película, en pequeñas escenas, estuvo trabajando Urdapilleta. Hablamos mucho de la cultura, de lo que el se oponía a la rigidez de las cosas. Anda por ahí Alejandro Veroutis, ahijado de Alejandro Romay, famoso jefe de prensa y asiduo concurrente del clásico té del domingo con Mirtha Legrand. Yo, yo -subraya- estuve presente cuando dos mujeres híper paquetas pertenecientes a las Tres A de la Argentina Aristocrática, mujeres muy de ir a las vernissages, salieron espantadas por las puteadas. Lo cuenta aclarando que a los dos años él ya andaba corriendo por los camarines del Regina y que a los cinco presenció una doble función de Edipo Rey. Urdapilleta se había metido con ellas desde su personaje. Era algo mucho más zarpado que el café concert. Casi diez años después, en El Palacio de la Risa, Antonio Gasalla hizo una parodia que parecía sacada exactamente de ese día. Para mí el Parakultural fue un lugar inhóspito. Era como un obra en construcción. Sin embargo, ver allí a las Gambas al Ajillo resultaba sumamente cool. Federico Manuel Peralta Ramos fue feliz cuando estuvo en el programa de Tato, así como lo fue Humberto Tortonese cuando Gasalla lo descubrió en el Parakultural. El discurso de lo disruptivo A los 87 años, vigente y con múltiples proyectos, Oscar Barney Finn puede ser un prócer del espectáculo. El Parakultural significó muchísimo. Era una boca de escape, un lugar donde se estableció el discurso de lo disruptivo. -O sea, ¿lo conoció? -¡Yo grabé ahí, frente al Parakultural! Era una miniserie con Rodolfo Bebán y Alberto de Mendoza. Pero no soy la persona indicada para hablar del tema. Haber respirado un clima de época no significa que uno pueda hablar con propiedad. Alguna vez me pidieron que hiciera una película sobre Batato Barea. Hay gente que lo ha sentido más en su piel, uno ha sido simplemente un espectador. En los Jueves Experimentales del Parakultural, segunda fundación, podía verse a Mariana Briski, Valeria Bertucceli, Graciela Mescalina y Damián Dreizik y Carlos Belloso, que ya venían de la sede de Venezuela. A mediados de los 90 ganan los vecinos y el Parakultural cierra definitivamente. "¡Aquí están las increíbles, las indescifrables, las Indepilables Gambas al Ajillo!". Así nos presentaba Omar Viola en las Noches parakulturales. Ni feministas, ni comunistas y mucho menos cristianas, decíamos de nosotras en uno de los primeros programas en fotocopia, recuerda María José Gabín. Convivíamos con travas, transformistas, varones medio afeminados, músicos un poco atolondrados, cantantes muy Janis Joplin. Urdapilleta podía cuidar un rato a tu hijo en el camarín después de haber parido un pebete de jamón y queso en la escena al grito de ¡Pebetito! Podías compartir pantalón palazzo con Batato Barea o escucharlo con admiración recitar el poema de Sombra de conchas. Alejandra Flechner, otra de las Gambas, hoy es una actriz que marca diferencia. En talleres, clases de clown y esas cosas me fui cruzando con la gente que luego estuvo en el Parakultural. Éramos esa generación de actores que no sabíamos si éramos actores o qué. Era el corte con la generación del Conservatorio, de la búsqueda del texto. Bueno, ahí conocí a las chicas. Fernando Noy y Batato Barea pegaron onda enseguida. A ellos se sumaron Tortonese y Urdapilleta. Los cuatro fueron el alma de ese templo del underground hasta que el Sindicato de Porteros compró el edificio en 1990. Damián Dreizik, el tipo más encantador y unipersonal de esa movida, nos cuenta su Parakultural. Las escaleras eran unas escaleras salvajes. Bajar era descender. Claramente un sótano. Y la boletería era una especie de monasterio de clausura. Mucha gente agolpándose. Los tres escenarios, algo que en esa época no era nada común. Las columnas del salón. Tremendas. Potentes. Pintadas de azul. Y ahí actuábamos. La barra era tan poco refinada como los baños. No, pará, los baños eran imposibles. No quiero ni recordar. Y había algo fuerte en la humedad del lugar. Muy colonial todo y esa cuestión de las no-butacas, todos parados. Mis padres -sigue Damián- vinieron a verme, un poco preocupados por saber qué hacía su hijo entre la una y las cuatro de la madrugada, y pudieron conseguir una banqueta. En un momento el lugar estalló y empezó a venir gente y gente y gente. El ladrillo. La cuestión histórica. El escenario principal que era un escenario de verdad. Los dos camarines con más público que actores.... Desde su columna Buenos Aires me mata del Suplemento Sí! de Clarín, Laura Ramos, la mejor literatura de su época, una cronista absolutamente moderna, conectó de inmediato con ese material. El rumor, el chisme o más bien el mito de Batato empezó a construirse mucho antes de su muerte -escribió la autora-. Sus irrupciones no siempre anunciadas en el sótano del Parakultural o en el Centro Cultural Rojas, sus acciones poéticas o performáticas siempre fueron precedidas por su leyenda. Ya se sabía, por chisme o rumor, que estaba enfermo de un mal incurable. Se decía que se prostituía en las calles del Abasto, que hacía visitas sexuales a los presos, a los asesinos, que buscaba a los muchachos de las estaciones de servicio, que después del suicidio de su hermano de diecisiete años levantaba tipos de las plazas para que lo abracen, porque había visto al fantasma o a la esfinge de su hermano sentado en un banco, que las Madres de Plaza de Mayo lo consideraban un hijo, que trabajaba de taxi boy. Cuando subía al escenario del Parakultural -cuenta Laura-, fueran las doce de la noche o las cuatro de la madrugada, con el sótano inundado o no, con el público de Sumo o con el de Los Redondos, Batato subía con su perturbadora mochila de historias, rumores y retazos. El mito no hubiera sido posible sin un apolillado telón de fondo. Sobre la firma Newsletter Clarín

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