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  • A 40 años de la tragedia de Chernobyl: la vida en la ciudad maldita

    » Clarin

    Fecha: 25/04/2026 08:59

    Los extremos del alfabeto latino y el número de los dedos de una mano, separado por un guión. AZ-5. Ese botón -sólo ése, entre cientos de botones de un centro de control aún analógico- provocó una reacción en cadena que se transformó, en pocos minutos, en la mayor tragedia atómica de la humanidad. Los efectos de la radiación letal -restos de átomos rotos que salieron al mundo normal como semillas de muerte perforando muros, personas, animales, árboles, ríos y piedra como si fuesen de telgopor- seguirán allí por 20.000 años. Sólo pasaron cuarenta. Allí es Chernobyl, en Ucrania, 110 kilómetros al norte de Kiev y a menos de 20 kilómetros de la frontera con Bielorrusia. El sábado 26 de abril de 1986 era la Unión Soviética. Ya no, aunque hace pocos meses volvió a hablarse ruso en torno a los reactores nucleares que siguen en la zona, después de una ocupación temporaria del ejército de ese país, en plena guerra con Ucrania. Publicaciones locales advierten que ahora la zona fue minada por los rusos y se ignora si alguna vez los civiles -incluidos los contingentes de turistas que salían de Kiev en excursiones de 12 horas para recorrer el croquis de la muerte- podrán volver a asomarse. La muerte va seguido a Chernobyl, la ciudad maldita. ¿Qué hay allí, además del ya famoso sarcófago del Reactor Cuatro, que a simple vista parece el manso tinglado de un polideportivo de pueblo bonaerense? Una villa muerta, un bosque tupido, una ciudad fantasma, perros vagabundos que buscan alimento cerca de los comedores de la docena de trabajadores especializados que hacen mantenimiento y guardias que matan el tiempo en cabinas que marcan el contorno de los anillos de exclusión. Los kilómetros que hay que alejarse para que la radiación comience a volverse inocua. El desastre de Chernobyl aún se mide con los cimientos de la Física: tiempo y espacio. La ruta desde Kiev -que este cronista recorrió en 2019- es una autopista que a poco de andar se transforma en ruta de mano y contramano, luego en camino rural sin banquinas y finalmente en senda mal marcada y con el pavimento lleno de pozos. A los costados asoman primero horribles edificios -tipo elefante blanco- que sobreviven a la época soviética, luego pequeñas chacras y finalmente bosques tupidos. Los carteles alertan sobre la presencia de osos y jabalíes. Los perros son vagabundos y está prohibido tocarlos. Las embarazadas no pueden trabajar dentro de la zona de exclusión y tampoco hay chicos. Bienvenidos a Chernobyl La primera parada es ante una caseta con barrera que parece el cruce fronterizo de una película de los 70. Eso marca el primer límite: 30 kilómetros de la zona de exclusión. Antes de la guerra con Rusia, viajaban al lugar 1.000 turistas por día que llegaban en 60 combis autorizadas por el Gobierno. La excursión costaba 140 euros e incluía un almuerzo en un comedor comunitario donde para entrar había que pisar una plataforma con un poco de agua (para limpiar las suelas del calzado) y colocar las manos sobre unas marcas de una máquina que en pocos segundos indicaba la radiación a la que cada uno había sido expuesto. Eran tiempos en que el turismo oscuro había aumentado un 40% por el lanzamiento de la serie Chernobyl en HBO (2019) con una audiencia global récord, superior aún a la de la titánica Game of Thrones. En Chernobyl había un par de hoteles para pasar una noche con baño compartido, pero casi nadie elegía quedarse por allí más de lo estrictamente necesario. Mucho menos después de ver el pueblo fantasma pegado a la central nuclear: Pripyat (se pronuncia prípiat), una urbanización modelo que regulaba la vida social de los trabajadores de la planta nuclear y sus familias. Había allí escuela, hospital, comisaría, oficinas, un polideportivo con canchas de básquet, un estadio, un parque de diversiones a punto de ser inaugurado y una pileta olímpica cubierta donde competían los chicos de la zona que luego buscaban clasificarse para viajar a Moscú y soñar con la élite de los deportistas soviéticos. Un pequeño paraíso entre el verde del bosque, con senderos que conectaban los edificios entre fuentes y rotondas peatonales tapizadas de flores multicolores en verano y pequeños pinos nevados en invierno. Doce horas después de la explosión, Pripyat -a sólo 2 kilómetros del complejo atómico- fue evacuada preventivamente, por tres días. Ninguno de sus 50.000 habitantes volvió nunca más. Y allí quedaron mangueras de bomberos arrolladas junto a la escalera de un edificio público; cuadernos a medio escribir tirados en el piso de la escuela; el quirófano destartalado del hospital o las cunitas de la nursery, donde había recién nacidos que luego sufrieron enfermedades por la lluvia atómica que siguió al desastre inicial. En el subsuelo del hospital todavía están los trajes de los 29 bomberos que llegaron primero al reactor a tratar de apagar las llamas con agua, pensando que se trataba de un incendio común. La mayoría de ellos murió devorado por la toxicidad de lo que en ese instante era el sitio más peligroso del planeta. Esos trajes emanan aún altísimos niveles de radiación. El suelo está tapizado de miles de pequeños retazos de chapa o acero que parecen papelitos de cancha oxidados, sólo que algunos pesan casi medio kilo. Llovieron desde la garganta furiosa del volcán atómico. La URSS informó en 1987 que hubo oficialmente 31 muertos. La ONU cree que hubo 10.000. Residuos de un mundo perdido Los turistas que conocieron el sitio tardaban poco en percibir que no estaban recorriendo un museo ni en un set de filmación sino en el corazón de la tragedia desnuda. Allí había zapatos. Más lejos, una muñeca de plástico. Más cerca, una campera. Más a mano todavía, un carrito de supermercado abandonado por alguien cuando tuvo que huir. Acá mismo, al alcance de la mano, una cuchara adentro de un plato. Huellas de alguien que hace cuarenta años salió corriendo antes de terminar de comer. Si no fuera por el avance implacable de la bella y caníbal espesura del bosque, o por el polvo de los años, o por las telarañas de los rincones fantasmagóricos que abundan, cualquiera que haya estado por ahí creería que Chernobyl explotó hace dos días. El horror quedó congelado para la eternidad. Es común que la primera imagen que aparezca googleando sobre Chernobyl hoy sea un juego de Vuelta al Mundo con canastos de metal amarillo expuestos a la corrosión pero no al olvido. El Parque de Diversiones sería inaugurado tres días después de la explosión y se pudrió allí mismo sin ser estrenado. En sus sillitas de apariencia inofensiva es justo donde la radiación del ambiente se triplica. Allí está. Es la corporación del segundo exacto entre la diversión y la tragedia. Ese instante lábil y feroz que casi nunca vemos venir entre la vida y la muerte. En los bosques y en los esqueletos de los edificios devastados se ven hormigas, cascarudos, mosquitos, mariposas, pájaros y perros. En el lago de Pripyat hay peces y los camalotes regalan bellas flores amarillas. La vida se abre paso en Chernobyl, pero no todo es lo que parece. Los perros son vagabundos y está prohibido tocarlos. El enorme Reactor Cuatro sigue en su sitio, pero ahora es un sarcófago de acero que se puso en 2017, costó 2.000 millones de dólares y mantendrá al reactor aislado durante 100 años. El origen del desastre está encriptado. Sus consecuencias, aún no. La Unión Soviética informó en 1987 que por la tragedia de Chernobyl hubo oficialmente 31 muertos. La ONU cree que ronda los 10.000. Aunque pasaron 40 años, Chernobyl nunca volvió a ser una ciudad común. Con o sin guerra, no está permitido que nadie viva allí todo el tiempo. Las embarazadas no pueden trabajar dentro de la zona de exclusión y tampoco hay chicos. En la plaza principal hay una escultura de hierro que representa a un Ángel tocando una trompeta, frente a una hilera de carteles delgados, sobrios, con un nombre cada uno. Son los 162 pueblos afectados directamente por la radiación, que comenzó cuando los burócratas que dirigían entonces la central nuclear trataron de hacer una prueba de seguridad y, para cuidar el reactor, lo detonaron. Las explosiones en cadena volaron la tapa del Reactor Cuatro, que pesaba 1.200 toneladas, y eyectaron a la atmósfera una descomunal cantidad de materiales radiactivos que viajaron por toda Europa y llegaron hasta América del Norte. La cantidad de químicos tóxicos liberados fue 500 veces mayor a la bomba atómica que cayó en Hiroshima en 1945. Tras la explosión y cuando todo estaba fuera de control, tres ingenieros -Alexei Ananenko, Valeri Bezpalov y Boris Baranov- salvaron a Europa de una segunda tragedia radiactiva: se metieron al Reactor Cuatro, bucearon en sus piscinas y abrieron válvulas para drenar el agua excedente que provocaría la reacción química para otro desastre. Increíblemente, los tres sobrevivieron. Mucho más lejos del mundo actual que lo que parecen apenas 40 años, la tragedia de Chernobyl fue provocada -y su repetición inmediata, evitada- por seres humanos que apretaban botones o abrían pesadas válvulas de hierro a mano. Un mundo analógico para la tecnología de punta, sin Internet, drones ni inteligencia artificial, que ya no existe. Sobre la firma Newsletter Clarín

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