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  • Caminar sobre explosivos: así trabaja el equipo de expertos internacionales que desactivan minas enterradas en el país

    » La Nacion

    Fecha: 25/04/2026 00:25

    A fondo Caminar sobre explosivos Así trabaja el equipo de expertos internacionales que desactivan minas enterradas en la Argentina Por Diego Cabot. 25 de abril de 2026 De machetes a aparatos sofisticados para detectar minas bajo tierra TARTAGAL.- A las 6, cuando todavía no amaneció, en las afueras de la ciudad hay un lugar que no parece parte de la Argentina. Se trata de un predio de más o menos una hectárea. Cuatro ciudadanos de Zimbabwe viven ahí, en una casa que está en el centro del terreno. Cuentan que recorrieron el mundo en busca de explosivos y que desde el año pasado están en Salta. Se suma un exmarine inglés, barba rubia y acento londinense. Viene de Ucrania, donde se dedica a desactivar bombas que quedaron en el territorio sin explotar. Entre ellos hablan en inglés. Al rato llega una profesora de inglés salteña, que hace las veces de traductora para los locales que no dominan el idioma. De a poco, la sala del lugar se empieza a llenar. Un español que viajó por el planeta entero para certificar la desactivación de bombas saluda; le responden un hombre y una mujer de Colombia, ambos adiestradores de perros, empleados de una empresa belga, que recorrieron varios estados colombianos para desenterrar las minas antipersona que dejaron las FARC. Trabajaron inmediatamente después de la firma del acuerdo de paz con las guerrillas. El lugar es una suerte de salón de usos múltiples, con luz blanca y una pared en la que se destacan mapas, advertencias sobre insectos, víboras y otros animales. Hay una mesa larga y al costado una cocina en la que empiezan a preparar el almuerzo desde temprano. Todo tiene el logo de TDI, The Development Initiative, una empresa basada en Mozambique, de capitales ingleses, que fue contratada en 2024 por YPF para retirar explosivos enterrados por la antigua compañía estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales, entre fines de los 70 y principios de los 80, con el objetivo de localizar reservas de petróleo en el suelo de Salta y Jujuy. Encima de un panel de imágenes hay una foto. Ese es Henry, dice uno de los hombres nacidos en África. Habla de Henry Martin Douglas Macharaga, de Zimbabwe, un miembro de la cuadrilla que falleció el 18 de agosto del año pasado en una zona llamada La Cuchara, en Tartagal, a pocos metros de la ruta 34 y a no más de cinco kilómetros de la ciudad. Su vida se fue cuando intentó desactivar uno de los explosivos. La imagen no solo es un homenaje a un compañero de trabajo sino que se convirtió en la advertencia más dura para estos hombres y mujeres que, a diario, caminan sobre explosivos. La cuadrilla de Tartagal y uno de los perros del inédito operativo De a poco llegan varios baqueanos salteños que conocen el territorio, tres enfermeras y un chofer de una ambulancia. Eso no es todo. Se suman un técnico en explosivos de YPF y otro que lleva una suerte de jabalina con un GPS en un extremo. Además hay un encargado de pedir permiso a los propietarios de las tierras antes de que la cuadrilla camine sus terrenos. Son 27 en total, 19 con mamelucos naranja, tres vestidos de azul para ser identificados ante eventuales emergencias de salud y los otros con ropa safari. De lunes a viernes, esta cuadrilla se encuentra en este rincón de Tartagal, a poco del centro. En San Ramón de la Nueva Orán y en Libertador General San Martín, Jujuy, hay dos bases más donde el procedimiento se repite. Cada una tiene responsabilidades sobre 500 kilómetros de líneas sísmicas y, en caso de ser necesario, se prestan colaboración entre ellas. Además, hay un campo de cinco hectáreas en Tartagal para entrenamiento, evaluación y certificación de los guías y los perros que se usan en las operaciones. En total son 105 personas afectadas a las operaciones, de las cuales 90 están directamente desplegadas en el terreno y 15 aportan soporte en logística, administración y cocina, entre otras tareas. El variopinto grupo sube a la combi con todas las herramientas necesarias para recorrer algunos de los 8300 kilómetros lineales en los que están enterrados miles de boosters sísmicos. Cada artefacto tiene 300 gramos de explosivos, 60% de TNT y 40% de un componente mucho más potente llamado pentrita. La estrella del instrumental es el sistema utilizado para identificar minas enterradas. Se trata de detectores de metales de alta sensibilidad. El aparato se usa como una extensión del brazo y se desplaza a unos 10 centímetros del suelo. La alarma es un sonido agudo que marca que debajo del scanner se encontró un metal. LA NACION llegó puntual esa mañana. Después de los preparativos y de una charla de seguridad que brindó Prius Musa, un hombre de Zimbabwe que es el líder de la base de Tartagal, partió a las líneas sísmicas para testimoniar cómo es el proceso de remoción de uno de los pasivos ambientales más grandes y más desconocidos del país. Cómo se detectan los explosivos enterrados Las trazas La cuadrilla recorre las líneas donde se enterraron explosivos, con la ayuda de sistemas satelitales creados en base a los mapas de los años 70. En el lugar se desmaleza a mano, con machetes y motosierra. La búsqueda Una vez despejado el terreno, se rastrilla el suelo con detectores electrónicos que identifican minas terrestres que contienen componentes metálicos. La máquina emite un sonido cuando capta ese material. Alerta Cuando hay una señal que identifica un material metálico, se excava en el terreno para saber de qué objeto se trata. Detonación Si hay boosters, lo despejan de tierra sin moverlo. En caso de conservar el detonador, lo conectan a un cable de 50 metros y producen la explosión a distancia. Si no lo tiene, se coloca una bengala termita (puede perforar 4 cm de acero) y generan la detonación controlada, también a distancia. Revisión Cada hallazgo se marca en GPS. Pocos días después del recorrido de la cuadrilla, llegan los perros (pastores belga), entrenados para encontrar explosivos mediante el olfato. Riesgo a cada paso La línea debería ir por acá, dice uno de los empleados de TDI, salteño, conocedor del terreno, alto, de mameluco naranja, casco blanco y guantes gruesos. Lleva en una de sus manos una tablet, en la otra, un machete. En su dispositivo abre un mapa satelital, realizado en base a los viejos planos de los años 70 y 80, el único material que quedó de aquella época. En esos trazados, sobre papel, están marcadas las líneas donde se colocaron los explosivos, pero sin demasiada especificidad. De hecho, 40 años después, tuvieron que rehacer los planteos, geolocalizar las trazas y volcar todo sobre nuevos mapas. Sin embargo, la limitación más grande para saber dónde hay boosters y si se detonaron o no, es que no hay ningún tipo de registro sobre la cantidad, la distancia entre unos y otros ni sobre la ubicación de cada mina sísmica. La presencia de boosters en Salta y Jujuy no es solo una leyenda urbana, es una realidad explosiva y enterrada por décadas. Como toda leyenda, algunos la creen y otros la desconocen. No tenía idea de la existencia hasta que me hicieron una entrevista en TDI y empecé a trabajar para ellos, afirma la traductora del equipo. Antes de viajar al norte argentino, LA NACION contactó a exejecutivos de YPF que, al regreso de la democracia, tenían los principales cargos en la empresa. No sabía de la existencia de esto, fue anterior a nosotros, dijo un expresidente de la compañía. En el lugar, la yunga, el monte o la montaña, lo primero que se hace es instalar un gazebo, una suerte de carpa de campaña donde se despliega la base operativa del día. Cada uno de los integrantes de la cuadrilla, además de los datos personales, tiene que declarar en una planilla el grupo sanguíneo. Una ambulancia está disponible en el lugar todo el tiempo y acompaña el paso de los hombres; se mueve junto con ellos. Cada cual tiene que tener el equipo de seguridad que, además del mameluco naranja, consta de casco, guantes, zapatillas y, sobre todo, unas polainas de cuero que protegen de las víboras, uno de los principales peligros del lugar. Imposible salir sin ellas, dicen. Luego, a caminar, con 30 o 40 grados y con una humedad pegajosa. El equipo se organiza de una manera simple: lo encabezan los encargados de desmontar la línea, a fuerza de machete, bordeadora o motosierra, según requiera la vegetación. Luego del despeje, un par de metros atrás, llegan los hombres de Zimbabwe, encargados de pasar los detectores de metales de alta sensibilidad que, como un péndulo, mueven de un lado a otro por los caminos que recorrieron los técnicos petroleros en los años 70 y 80. En aquel momento, la operación era distinta. Cuentan los viejos conocedores de la zona que en esos años se desmontaba la cima de algún cerro como para que un helicóptero pudiera dejar la carga explosiva y todo lo necesario para la colocación de los boosters. Entonces, el camino era en descenso, cuestión de no luchar con el peso en ascenso pese a que se usaban caballos y mulas. Hemos encontrado algunas cargas fuera de las líneas, imaginamos que se han caído de los helicópteros o directamente no se colocaron y quedaron ahí por décadas, relatan en la cuadrilla. Mientras el sensor va y viene, lo único que se escucha es el sonido de los machetes. Hasta que irrumpe un ruido agudo que indica que un material ferroso está enterrado. Puede ser un cable, una tapita de gaseosa, un tornillo o una mina sísmica con 300 gramos de explosivos. Nadie sabe. Entonces empieza una operación a mano, a pura pala, para cavar y despejar la duda. Bigote es el sobrenombre que se ganó uno de los africanos. Es el primero de los tres que llevan los sensores. Si lo que aparece es cualquier otro objeto, desde un tornillo a un alambre, también se retira. Bigote vuelve a pasar el sensor. Si no hay más sonidos, avanza; de lo contrario, se repite la operación. Detrás, a unos metros, vienen otros dos hombres de Zimbabwe que repasan el lugar. Es obligatorio usar polainas de cuero para protegerse de las víboras Los africanos entienden casi nada de castellano y los argentinos hablan poco inglés. Pero hay algunas palabras sueltas, chanzas, cargadas, sobrenombres y risas. Pero esa algarabía o despreocupación cambia cuando aparece un booster. El procedimiento toma otra densidad. Como jefe de la cuadrilla, Musa toma el control. Vestido con un chaleco celeste con una protección extra y una máscara que le cubre toda la cabeza, similar a la que usan los soldadores, actúa solo. Se acerca al booster, sin celular ni ningún dispositivo electrónico. Descarga la corriente estática que podría haber acumulado ya que hay riesgo de que con ella pueda detonar el explosivo. En ese chaleco celeste hay un bolsillo a la altura del pecho. Allí lleva el detonador manual, cosa de que nadie salvo él, pueda conectarlo y hacer explotar el artefacto. Además de la estática, los boosters pueden explotar por un golpe o presión, por intervención de ondas de radiofrecuencia (VHF), mediante el contacto con una simple pila de 300 miliamperios, con un rayo lejano por una tormenta eléctrica o por influencia del fuego, entre otros motivos. Los boosters tienen un detonador interno del que salen dos cables que quedan en la superficie. Pero, con los años, no todos funcionan ni siguen dentro del cilindro rojo, de plástico, que contiene el explosivo. Ese es el primer tema que se chequea. Si la mina está completa con su detonador, se conectan los cables con otro de alrededor de 50 metros; de lo contrario, se coloca una bengala termita, un instrumento que se usa en todo el mundo para perforar el acero de las bombas que no explotaron en los conflictos armados y que se quieren detonar para despejar el peligro. Musa tiene que colocar una de estas bengalas color celeste. Luego conecta los cables. A medio centenar de metros del explosivo, repite la operación. Pone las manos en el suelo por 15 segundos y conecta el detonador que lleva en el bolsillo del chaleco protector al otro extremo del cable. Una de las enfermeras permanece a su lado. Toma la radio y advierte que se acerca una explosión. Pregunta si alguien está cerca y pide que se despeje la zona. Luego se arrodilla, agarra el detonador y aprieta un botón que enciende una luz verde. Hace una pequeña cuenta regresiva y aprieta el otro botón, que activa la luz roja. A 50 metros, el booster explota. Doble registro (uno vía dron) de una misma detonación controlada Esta operación se repite a diario, cada vez que aparece un explosivo. Fue la que no salió como debía aquel día que Henry perdió la vida. Tenía que conectar los cables y regresar a detonar el aparato a distancia. Pero explotó cuando él estaba arrodillado delante de los cilindros rojos. El fiscal Gonzalo Vega investigó las causas de la muerte y la conclusión fue que, efectivamente, sucedió como consecuencia de la manipulación del artefacto. Fue un golpe durísimo en la cuadrilla. Nadie sabe qué pasó en esos 10 minutos en los que Henry estuvo solo junto a los boosters, lamenta Musa. Macharaga era empleado de TDI desde hacía más de tres años y contaba con las certificaciones y habilitaciones correspondientes para llevar adelante esta actividad. Tenía una amplia experiencia profesional tras haber realizado tareas de remoción de explosivos en Kuwait, Turquía, Azerbaiyán, Sudán del Sur, Mali, Somalía, Afganistán, Etiopía, Eritrea, Líbano, Kosovo y Mozambique. La empresa TDI inició un exhaustivo proceso de investigación y revisión, indicaron fuentes de YPF. Los trabajos se suspendieron unos días y se repasaron todos los protocolos. Mientras, los compañeros de Zimbabwe pidieron darle la despedida que ellos profesan a los fallecidos. Hubo que hacer trámites y lograr permisos para que el cuerpo pueda ser lavado, una de las costumbres en aquel país. Las acciones que pueden generar una explosión De acuerdo a la información judicial, la detonación no controlada puede dañar la integridad física de una persona que se encuentra cerca a la carga, pudiendo provocar su muerte El trabajo de los perros, otra instancia crucial Pasado el día de caminata, exploración y detonación hay que regresar a la base para un almuerzo tardío. Pasadas unas 72 horas, es el momento de los perros. Se trata de un servicio contratado por TDI que presta una empresa belga llamada Apopo, una de las principales compañías del mundo en el adiestramiento de ratas y perros para la búsqueda de explosivos a través del desarrollo olfativo. Son pastor belga, una raza muy inquieta. Estos vienen de Colombia, donde sirvieron para la búsqueda de las minas que enterraron las guerrillas, especialmente las FARC, cuenta a LA NACION un entrenador de Apopo. Allá era todo más peligroso; un paso en falso y explotaba una mina. Acá me falta esa adrenalina, le confiesa a este cronista. Cada cual se entretiene como quiere, fue la respuesta. Los perros tienen un GPS en el collar, cuyo recorrido se vuelca en el mapa, y una soga de 25 metros. Si queda algún resto de explosivo o un booster que no fue detectado por la cuadrilla, son ellos los que dan el aviso. Se detienen ante el hallazgo y dan vueltas sin levantar el hocico del suelo. En esos casos, se repite el procedimiento: sensor, pala, despeje y detonación. Trabajan unas horas, cuestión de que no se sature su olfato. Sus recorridos son el anteúltimo paso, previo a la inspección final. El último trayecto lo hace el responsable de YPF de todo el operativo, un gerente de TDI, un jerárquico de Saylus Global -una empresa encargada de la auditoría externa-, además de miembros de la cuadrilla para desmalezar y pasar con sensores. Recién entonces, en los mapas de tarea diaria, la línea roja que identifica las antiguas trazas con explosivos se pinta de verde. Camino despejado. Los nuevos mapas de las líneas con explosivos guían el trabajo En el campamento, la comida está preparada. Es hipercalórica, cuenta uno de los jefes de TDI. Hay que reponer fuerzas para arrancar unas horas después y terminar el recorrido pautado. Creen que a fin de año estará concluida la primera etapa del plan, que monitorea los sectores críticos, con mayor peligrosidad por la cercanía a los centros urbanos. ¿Cuáles son los mejores días de trabajo, los que encuentran explosivos o los que vuelven sin detonaciones?, pregunta LA NACION a uno de los hombres de Zimbabwe. Los que encontramos muchos explosivos, aunque sean los más peligrosos", responde sin dudar. Créditos - Edición periodística Florencia Fernández Blanco @florfb - Infografías Giselle Ferro @giselleferrodg - Edición visual Pablo Loscri @ploscri /Giselle Ferro @giselleferrodg - Fotografía y videos Ricardo Pristupluk @rpristupluk - Edición fotográfica Aníbal Greco @anibalgreco Compartir Copyright 2026 - SA LA NACION | Todos los derechos reservados

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