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Concordia » Lanotadigital
Fecha: 25/04/2026 02:01
Recuerdo haber pasado hace varios años una noche frente a la capilla católica del barrio. Caminaba sin apuro y miré hacia adentro casi por reflejo: la puerta estaba abierta, la luz encendida y el sacerdote celebraba misa frente a tres personas dispersas en los bancos. La escena parecía suspendida, íntima, como si el tiempo se hubiera detenido dentro del templo mientras la ciudad seguía su ritmo afuera. No había abandono ni urgencia, solo una continuidad sostenida por quienes permanecían allí. Ayer volví a pasar por el mismo lugar, casi a la misma hora, y la imagen fue distinta: personas detenidas en la vereda me obligaron a desviar levemente el paso. No era una multitud, pero algo había cambiado en la relación entre la capilla y quienes la rodeaban, como si el barrio hubiera vuelto a reconocer ese espacio. Las percepciones urbanas pueden anticipar cambios sociales, aunque también engañan y obligan a mirar con mayor detenimiento. Para comprender esa sensación busqué contrastarla con investigaciones sobre religiosidad en Argentina. Los trabajos de Fortunato Mallimaci y Verónica Giménez Béliveau, basados en encuestas nacionales sobre creencias religiosas, permiten leer estas escenas mínimas como parte de un proceso más amplio y sostenido en el tiempo. En 1945, más del 90% de la población argentina se identificaba como católica, en un país donde la Iglesia organizaba rituales sociales, calendarios familiares y formas compartidas de pertenencia cultural. Creer y pertenecer coincidían casi naturalmente dentro de un mismo horizonte simbólico que estructuraba la vida cotidiana y ofrecía referencias comunes para comprender el mundo social. Hoy el escenario es distinto. Las mediciones más recientes muestran que aproximadamente el 62,9% de los argentinos se reconoce católico. La disminución no expresa necesariamente pérdida de fe, sino un cambio profundo en la manera de creer y de relacionarse con lo sagrado. Disminuye la práctica regular, aumenta la autonomía individual y se vuelve legítimo construir trayectorias espirituales propias, menos sujetas a normas institucionales rígidas. Muchas personas mantienen identidad católica por tradición o memoria familiar, aunque combinan creencias diversas y prácticas ocasionales según momentos vitales específicos. La Iglesia Católica deja de monopolizar la experiencia religiosa y pasa a convivir con espiritualidades más biográficas, flexibles y adaptadas a ritmos personales de búsqueda y significado. En paralelo crecen las iglesias evangélicas y también quienes se definen sin religión institucional, especialmente entre jóvenes urbanos que construyen identidades menos heredadas y más electivas. Sin embargo, la desafiliación no implica ausencia de creencias ni indiferencia espiritual. Persisten vínculos personales con Dios, espiritualidades híbridas y búsquedas individuales de sentido que reaparecen en crisis, celebraciones o experiencias límite. Argentina continúa siendo culturalmente creyente, pero ya no organizada por un único centro ni por una autoridad capaz de ordenar las prácticas religiosas de manera uniforme. La fe no desaparece: se desplaza. Cambia de escala, de lenguaje y de territorio. Ya no convoca necesariamente desde el templo; circula en casas, grupos pequeños, experiencias personales y comunidades móviles. El desvío del camino deja entonces de ser un gesto casual: señala que las prácticas religiosas se están moviendo, y que el mapa de la fe argentina ya no se ve desde el altar, sino desde quienes siguen caminando. J. Noriega imagen. IA
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