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Fecha: 23/04/2026 14:09
El destino final natural de los papas, salvo alguna excepción en particular, es morir en Roma. Y se cumplió con Francisco. El entonces cardenal Bergoglio viajó a Roma el 25 de febrero de 2013 para despedir a Benedicto XVI tras su abdicación y para participar del cónclave que lo consagraría nuevo pontífice. Nadie hubiera podido imaginar entonces que convertiría su papado en un exilio. ¿Voluntario o involuntario? Solo él lo supo. Y se llevó el secreto a la tumba. Pasó los últimos 4438 días de su vida entre el Vaticano y los 60 países que visitó en 47 viajes, pero nunca regresó a la Argentina. Murió sin volver a ver su casa natal en el barrio de Flores, ni a su escuela, ni a la placita donde jugaba de niño. Ni a la Basílica de San José de Flores, donde nació su vocación religiosa, ni a la Catedral desde cuyo púlpito fustigaba a los gobiernos insensibles, ni al Club San Lorenzo de sus amores, ni a las villas que recorría incansable, ni a visitar a su adorada Virgen en Luján, ni a viajar en subte. Estuvo cerca, muy cerca. En Brasil, Paraguay y Chile, donde mostró su predilección por los pobres y visitó las favelas, villas y poblaciones, como se denomina a los barrios populares humildes en cada uno de esos países. Pero no quiso visitarnos. Su ausencia contribuyó a que mientras era ensalzado en todo el mundo, aquí sus compatriotas lo metieran en la grieta por interpretar en clave de mezquina política interna gestos de dimensión doctrinal, evangélica, ecuménica. Nunca dijo claramente por qué, a diferencia de los anteriores papas no italianos Juan Pablo y Benedicto, no quiso volver a visitar sus raíces. Simplemente no lo hizo, y entonces quedó convertido en un misterio la recepción que le esperaba si hubiera llegado a venir. Qué o cuánto se conservaba de aquel torrente, volcán de alegría y orgullo que estremeció a la Nación entera cuando se enteró de que había papa argentino. Leé también: La Iglesia es para todos, y todos es todos: el cura DJ que convoca multitudes llegó a la Argentina Si lo seguían queriendo, continúa siendo un misterio, pero hay señales. Un río humano desbordó de alegría, respeto, admiración y cariño la figura de Francisco invocada por un cura DJ portugués que llenó de música electrónica la Plaza de Mayo. La memoria del Papa que murió sin regresar sigue resonando fuerte, repatriado en el corazón de muchos argentinos.
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