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  • Adiós a Luis Brandoni, el último gran actor de una generación que marcó la identidad popular argentina

    » TN

    Fecha: 20/04/2026 09:48

    Con la triste partida de Adalberto Luis Beto Brandoni desaparece el último gran actor de una generación que definió la cultura argentina. El teatro, el cine y la vida pública fueron los tres ámbitos en los que trabajó con entusiasmo hasta el final, con paréntesis obligados por circunstancias ajenas a su enorme capacidad, y que él lamentaba. Su talento para la comedia emanaba de una comicidad natural, una facilidad para el humor que nacía de un tono en la voz, un gesto sutil, un brillo en la mirada. Las mismas herramientas con las que podía emocionar, en el drama, como demuestra esa despedida disponible en plataformas llamada Parque Lezama, su último capolavoro. Ascética versión cinematográfica de una puesta que estuvo once años en cartel y que Juan José Campanella puso al servicio de su lucimiento, como un merecido homenaje. A la par de su trabajo profesional de intérprete que legó frases memorables, puteadas gloriosas y formas del ser argentino, su compromiso con lo público también queda documentado y es de todos. Fue consecuente con ideas de democracia y libertad que lo dejaron del lado contrario de la grieta. No tenía problema en comentar, con dolor, que durante el kirchnerismo se había quedado sin trabajo. Una década, o más, afuera del cine, para el actor cuya presencia provocaba una sonrisa. Más allá de su rol en Actores, o su paso por la política formal en las filas del radicalismo, muchos tienen anécdotas personales que dan cuenta de su compromiso con el bien común. La mía está registrada en Un tal Mario, la película sobre y con mi padre, a quien Beto quería y admiraba (el afecto era mutuo) y que ayudó a producir su mujer, Saula Benavente. Fue durante una nota en TN que al terminar, cuando se apagaron los micrófonos, quiso contarme una historia vinculada a la represión y el terror de los setenta, que involucraba a Mario en la época del cierre violento de la revista Satiricón. Él la tenía guardada en la memoria y le propuse que la contara a cámara. Me dijo que primero había que pedirle permiso a mi padre, y luego abrió las puertas de su casa para evocar esa y otras historias, suyas, personales, del exilio forzoso. El recuerdo del dolor por haber tenido que dejar su país, de esa manera, lo emocionó. Pudo hablar, largamente y sin apuro, de Perón y los militares, de Isabel y la Triple A, pero fue cuando le puso palabras a lo más simple, a lo más humano, que permitió que la emoción lo atravesara. Cuando dijo: Es muy triste, muy duro tener que irte de tu país. En esa humanidad, optimista, intensa, se cifraba su figura única.

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