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  • Se hacía pasar por productor de cine, ganó millones con estafas y hoy no se sabe si está vivo o muerto

    » TN

    Fecha: 19/04/2026 05:38

    A pesar de autoproclamarse productor audiovisual, nunca filmó ni una serie ni una película. Pero seguramente alguna vez se filmará la historia de su vida y sus fraudes se convertirán en una superproducción. Pat Andrew fue un maestro de la estafa. Tal vez la frase anterior tenga un error, esté mal formulada y debe escribirse en presente. Pat Andrew es un maestro de la estafa. Leé también: Conoció a su marido en una iglesia y años después descubrió que tenía secuestrada a una pareja en el sótano Es muy posible que esta frase tenga un nuevo error. Y que Pat Andrew no se llame así. En 2019 Pat Andrew, productor cinematográfico, desembarcó en Mallorca con grandes planes. Varias películas y siete series. Aseguraba tener proyectos cerrados con cada gran estudio y con cada plataforma. Disney, Amazon, Netflix, Warner, Paramount. Un magnate que todo lo podía convertir en realidad. Sus cartas de presentación eran una foto abrazado a Spielberg, la presencia de Antonio Banderas encabezando su siguiente película, el estreno asegurado en un gran festival. Pero con el tiempo se demostró que todo se trataba de una gran farsa, de una estafa monumental orquestada por un hombre sin escrúpulos pero con un gran poder de convicción. Cuando todo se complicó, alguien de su entorno comunicó su muerte. Eso hacía finalizar la persecución en la justicia, extinguía la acción penal. Pero sus mentiras fueron tantas que la justicia española no creyó que el hombre estuviera muerto. Y, tal vez por primera vez en la historia, la justicia ibérica se puso a perseguir un fantasma. La historia la dieron a conocer hace poco más de dos años sendas investigaciones de los diarios Sur de Málaga y El País, que llegó a reunir los testimonios de alrededor de veinte damnificados. Pat Andrew vestía trajes caros, usaba pañuelo colorido en el bolsillo superior del saco, camisas ostentosas, gemelos de oro y tenía la sonrisa tatuada en la cara. En un análisis lombrosiano hasta se puede afirmar que en su imagen, en sus modos, están los rastros, los rasgos, del embaucador, de alguien poco fiable. Todos los testigos, todas las víctimas coinciden en que Andrew era un tipo encantador, con un poder de convicción, de seducción, único. Aunque había comenzado su actividad en España en 2017 con cierta timidez, como tanteando el terreno, en 2019 se lanzó con todo. Anunció que desde su productora Wanda Halcyon lanzarían siete series para diferentes plataformas. Pero esos anuncios no eran un comunicado a las redacciones, un posteo en las redes sociales. Nada de eso. Tenían la pompa y el glamour que exige un gran proyecto en un mundo como el del cine. Conferencias de prensa en grandes hoteles, cócteles, grandes sets de filmación para hacer los trailers, afiches, piezas para redes, todo regado con buen vino y espumante y un catering de lujo. También había mandado hacer merchandising de cada uno de sus supuestos proyectos que repartía a inversores y posibles participantes en sus productos. A algunos de los estafados les sacaba menos de mil dólares. Les exigía un pago para asociarse al sindicato norteamericano, condición indispensable para que las plataformas aceptaran que fuera parte del proyecto. A otros les prometía grandes ganancias y los convencía de invertir varios cientos de miles de dólares. Pero no sólo engañaba a un trabajador que pretendía una buena oportunidad para su carrera. También en sus trampas, urdidas con descaro e ingenio innegable, caían grandes corporaciones. Leé también: Estaba obsesionado con Jodie Foster y creyó que un atentado podía conquistarla: así intentaron matar a Reagan Para obtener servicios tenía otra táctica. Prometía y hasta se comprometía a grandes pagos, a inversiones monstruosas para obtener los servicios y luego postergaba indefinidamente los pagos. A una empresa de marketing y lanzamientos digitales les prometió una inversión de un millón de euros a lo largo de un año: debieron agrandar su plantilla, hacer los trabajos para Andrew en tiempo récord y luego quedar con un deuda impagable, que los empujó al abismo de la quiebra. Lo mismo hizo con unos estudios de grabación a los que sedujo con importantes inversiones que nunca realizó. Y hasta con comprarlos y darles luego a los antiguos dueños puestos ejecutivos excelentemente pagos. Los hoteles con sus suites presidenciales y sus grandes salones reservados para recibir a la prensa también fueron otras de sus víctimas predilectas. Era (o es: fue tan bueno en lo suyo, en el arte del engaño, que hasta pone difícil el tema de los tiempos verbales) un talento en el arte de la persuasión. Un hombre encantador, que sabía halagar a su interlocutor y que encontraba -casi un don- qué era lo que el otro necesitaba: dinero, buen cartel, adulación, compartir proyecto con alguien de renombre. Utilizaba el método cascada: mentía en el primer gran hombre ya comprometido en el proyecto (por lo general, alguien muy famoso e irreprochable) y después los otros iban cayendo. Cada uno se volvía un eslabón que terminaba de convencer al anterior. Fue tan extraordinaria la construcción de su mundo de mentiras (era eso un mundo: con una lógica propia, con continentes conectados, complejo, inabarcable) que nadie sabe bien qué fue mentira y qué realidad en sus proyectos. Si todo se trató de una enorme farsa o si en algún momento al menos alguno de los proyectos tuvo algún viso de realidad. La mayoría de sus estafados firmaron contratos de verdad. Revisados por abogados, certificados por escribanos, en oficinas de alguna productora seria, para proyectos que salían anunciados en los grandes medios españoles. Una arquitectura elaborada, casi perfecta, del engaño. La llegada de la pandemia le dio la excusa ideal para justificar incumplimientos, para desaparecer. El camino de la intervención de la justicia española empezó con una nimiedad. El reclamo de un hotel por una deuda de 7.500 euros. A partir de ese momento, un aluvión de demandas y de denuncias. Los damnificados se amontonaban en los juzgados, se peleaban por contar sus penurias, la manera en que fueron timados. No pasó demasiado tiempo para que se supiera que Pat Andrew no era su nombre real. O al menos no el que había utilizado siempre a lo largo de su vida. Austin, Augustus, Pat. Quién sabe cuál era su verdadero nombre. Sus supuestos oficios, sus disfraces laborales, también fueron múltiples: productor, editor, diplomático, ex combatiente. Cuando la demanda de los hoteles NH de Málaga avanzó, Pat Andrew fue detenido. Pasó unos días en un calabozo y fue liberado a la espera del juicio. Fue la última vez que se supo de él. Acorralado por los reclamos, desapareció. Para siempre. A los pocos días, a través de un mail que se envió a las redacciones de diferentes medios españoles que habían publicado investigaciones sobre su caso, su (supuesta) secretaria anunció su muerte en Londres acaecida unos días antes, el 28 de abril de 2023. No hace falta subrayar que nadie le creyó. Ni siquiera la justicia española que ordenó continuar con las causas contra Andrew sin extinguir la acción penal y emitió una orden de captura del productor. Si de verdad está muerto, los investigadores estarían detrás de un fantasma. Desde Inglaterra, llegó el certificado de defunción y toda da a entender que no es apócrifo, que en el registro correspondiente quedó consignada su muerte. El médico participante dijo que él no podía decir más de lo que estaba en el certificado, que no podía violar el secreto profesional. La que no está muerta es Trudi Rothwell, su mano derecha, la que envió el mail anunciando su deceso. Muchos dicen que ella era su secretaria, su socia, su testaferro, su amante. Lo de Trudi, a esta altura sabemos, es relativo. Su nombre podría ser ese como también Anne Grey, Susan Handler o Lucy Carver. Los que fue utilizando a lo largo de los años junto a Andrew para perpetrar las estafas. Leé también: El caso Grassi: la dura historia del joven que lo denunció por abuso y la trama de una investigación histórica Una vez respondiendo un mail a sus víctimas españolas cometió un desliz. Lo firmó con uno de sus otros seudónimos delictivos y no con el de Rothwell como era conocida por ellos. Eso hizo que googlearan y descubrieran a partir de ese nombre (Anne Grey) otras estafas de Andrew en otras jurisdicciones. Su camino de engaños se pudo reconstruir con paciencia y gracias a las huellas que fue dejando. En Estados Unidos fue juzgado y condenado por una deuda de casi siete millones de dólares, de allí pasó a Irlanda en los que cometió-con distinta identidad- otros fraudes millonarios. Antes de ser atrapado en territorio británico escapó a París donde también dejó un tendal. Esa fue su última parada antes de Málaga. Para el final quedan muchos interrogantes y una certeza menor. Las preguntas sin respuesta: ¿Cómo se llamaba de verdad este artista de la estafa? ¿Cuál era la clave para conseguir engañar a tanta gente a la vez? ¿En qué otros países desplegó sus dotes de timador? ¿Sigue con vida o de verdad está muerto? La única pregunta con una respuesta contundente e indubitable en el caso de Andrew es la de cómo hizo para tener una foto con Steven Spielberg, una imagen que era una de sus principales cartas de presentación. Andrew en esa foto no abrazaba a Steven Spielberg sino a la estatua de cera que lo representa en el Museo de Madame Tussuads.

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