Contacto

×
  • +54 343 4178845

  • bcuadra@examedia.com.ar

  • Entre Ríos, Argentina

  • El crimen de Ursula Herrmann, el caso que conmovió a Alemania y que 45 años después aún despierta sospechas

    » TN

    Fecha: 19/04/2026 07:09

    Baviera, 1981 El 15 de septiembre de 1981, Baviera mostraba su cara más apacible. En las orillas del Ammersee, un lago de aguas tranquilas al suroeste de Múnich, el aire olía a hojas húmedas y a madera. Era un entorno donde las familias dejaban a los chicos jugar sin temor, convencidos de que en aquellos bosques frondosos nada podía pasar. Pero aquella tarde, la confianza en esa seguridad se rompería para siempre. Ursula Herrmann, de diez años, había pasado el día en la casa de su tía, a pocos kilómetros de la suya en Eching am Ammersee, un pequeño pueblo con apenas 600 habitantes. Como tantas veces, el regreso se haría en bicicleta. Era un trayecto corto, conocido, de menos de diez minutos, bordeando el bosque. Ursula conocía de memoria el camino y a la hora del regreso todavía había luz suficiente. Ella vestía pantalón, una blusa clara y llevaba una pequeña radio portátil. Pedaleaba con calma, pero en esos pocos cientos de metros, entre los árboles y la penumbra que caía, se abrió un abismo. Cuando pasaron los minutos y Ursula no llegó a casa, sus padres sintieron el primer zarpazo de inquietud. Al principio pensaron en un retraso: quizá se había detenido a jugar o a conversar. Pero al caer la tarde y no haber señales, la preocupación se transformó en alarma. Pronto el pueblo entero se movilizó: vecinos, amigos y policías recorrieron el camino, alumbrando con linternas los claros del bosque. La bicicleta fue hallada apoyada cuidadosamente junto a un sendero, como si Ursula la hubiese dejado allí de manera ordenada. Pero de ella, no había rastro. No había huellas de lucha, ni gritos escuchados por los vecinos. Un crimen singular y macabro Lo que nadie sabía en ese momento era que Ursula había sido atrapada por secuestradores que habían planeado un crimen singular y macabro. Muy cerca de donde se encontró la bicicleta, bajo tierra, había una caja provista de ventilación y de una radio para transmitir mensajes. Esa caja, destinada a mantener a la nena con vida mientras se pedía rescate, se convertiría en su tumba. La desaparición de Ursula se transformó en cuestión de horas en un caso nacional. Baviera, acostumbrada a asociar el Ammersee con veranos felices y paseos familiares, se vería obligada a mirarse en el espejo de un crimen que parecía impensable. Los secuestradores de Ursula Herrmann no improvisaron: habían diseñado un artefacto que todavía hoy estremece. Se trataba de una caja de madera, fabricada con tablones reforzados, de dimensiones reducidas: apenas lo suficiente para que una nena de diez años pudiera permanecer sentada o recostada en su interior. Medía alrededor de 1,40 metros de largo por 70 centímetros de ancho y 72 de alto. No había espacio para estirarse ni para moverse con libertad: era, en la práctica, un ataúd. La caja fue enterrada a poca profundidad en un claro del bosque cercano al lago Ammersee. Por encima se camufló la tierra removida con hojas y ramas para que nada delatara el escondite. El interior estaba preparado con una precisión inquietante. Había almohadillas y mantas para que la chica pudiera acostarse, una pequeña estantería improvisada con algunos dulces, galletas, refrescos y libros de historietas, como si con eso se pudiera suavizar el horror del encierro. El detalle más escalofriante era el sistema de supervivencia: dos tubos de plástico de unos cinco centímetros de diámetro conectaban el interior con la superficie, pensados para ventilar. Uno de ellos estaba cubierto con una rejilla metálica para evitar que entrara tierra. Además, dentro de la caja colocaron un transistor de radio y una lámpara que funcionaba a pilas. La idea era que Ursula pudiera escuchar música o noticias para entretenerse y no perder la noción del tiempo, y que la luz le diera cierta tranquilidad. Una trampa mortal Pero el diseño, que en la mente de los secuestradores podía parecer sofisticado, era en realidad una trampa mortal. Los tubos no eran suficientes para garantizar oxígeno continuo: apenas dejaban pasar aire, y al poco tiempo se obstruían con humedad y tierra. La tapa, gruesa y sellada con tornillos, hacía imposible que la niña pudiera salir por sí sola. Los secuestradores le dieron un calmante y la encerraron con la promesa de que pronto volvería a casa si su familia obedecía. El bosque se convirtió en su cárcel. Los sonidos que la rodeaban eran apenas los de la radio y, cada tanto, las pisadas apagadas de sus captores revisando la superficie. La confirmación del secuestro llegó poco después a través de llamadas telefónicas inquietantes. Los padres recibieron mensajes grabados, reproducidos con una voz artificial distorsionada. No era la voz directa de un hombre ni de una mujer, sino una cinta manipulada que repetía las exigencias: un rescate millonario que debía entregarse sin intervención policial. La elección de usar un sintetizador primitivo buscaba garantizar anonimato, pero también transmitía un tono mecánico y frío que aterrorizó a la familia. La voz metálica pedía varios millones de marcos (moneda del país anterior al euro), una suma desproporcionada incluso para la familia Herrmann, que vivía con holgura pero no era millonaria. Los secuestradores dejaron instrucciones vagas sobre cómo y cuándo se debía entregar el dinero. La policía, que escuchaba de cerca, se enfrentaba a un dilema: seguir el juego y tratar de ganar tiempo, o presionar con búsquedas masivas. Un secuestro planificado La carta de rescate, enviada además de las llamadas, mostraba un estilo torpe, lleno de errores, pero dejaba claro que el secuestro estaba planificado. Se aseguraba a los padres que Ursula estaba en un lugar seguro y que sería liberada apenas recibieran el dinero. Pero el mensaje tenía un detalle perturbador: no había prueba de vida real, ninguna fotografía reciente ni palabra de Ursula, solo la voz mecánica y la promesa de que la nena estaba bien. Mientras tanto, los Herrmann vivían cada minuto como una tortura. El padre, empleado ferroviario, no podía comprender por qué alguien atacaría a su familia. La madre se consumía entre la culpa y la esperanza. El pueblo entero de Eching se movilizó con linternas, perros y voluntarios, pero la niña seguía oculta bajo tierra a pocos kilómetros de su casa, escuchando una radio y respirando con dificultad. La policía intentaba rastrear las llamadas, pero la tecnología de la época era rudimentaria. Los secuestradores usaban cabinas públicas y cambiaban de lugar con rapidez. 19 días eternos La desaparición de Ursula se prolongó durante días que parecían interminables. Cada jornada comenzaba con rastrillajes de la policía y voluntarios por el bosque, cada noche terminaba con el silencio de no tener noticias. Pasaron diecinueve días desde el secuestro. El 4 de octubre de 1981, un grupo de policías que volvía a rastrear la zona cercana al Ammersee notó algo extraño en el suelo: una ligera depresión cubierta de hojas y ramas, como un terreno removido hacía poco. Decidieron cavar. A menos de un metro de profundidad, los picos golpearon una superficie dura: madera. La excavación reveló la caja. Cuando retiraron la tapa atornillada, la escena fue devastadora. Allí estaba Ursula, recostada en el interior, vestida aún con su ropa de aquel día. Tenía los ojos cerrados, el cuerpo rígido. La comida y las bebidas que habían dejado estaban intactas: no había tenido tiempo de consumir casi nada. El ventilador a pilas había dejado de funcionar, y los tubos de aire estaban taponados. El diagnóstico posterior fue claro: había muerto por falta de oxígeno pocas horas después de haber sido enterrada. El hallazgo conmovió a Baviera La caja no era un sótano escondido ni un lugar de cautiverio donde se pudiera sobrevivir: era un sepulcro diseñado desde el inicio para convertir la espera en una condena. Los periódicos titularon con furia: Das Kind im Kasten (la niña en la caja). La opinión pública reaccionó con indignación y miedo. ¿Quién podía haber ideado semejante plan? ¿Cómo era posible que en un rincón tranquilo del país, en un pueblo donde todos se conocían, alguien enterrara viva a una niña de diez años? La Kriminalpolizei bávara y la fiscalía comenzaron a barajar hipótesis. Se investigó a vecinos con antecedentes de violencia, a trabajadores de la zona forestal, a delincuentes con antecedentes de secuestros. Todos los caminos parecían cerrarse en falso. Durante meses, se intentaron técnicas de investigación novedosas: análisis acústicos de la voz grabada, revisiones de patrones de escritura en la carta de rescate, comparaciones de huellas de neumáticos en el bosque. Incluso se trabajó con los primeros sistemas de análisis forense de voz, rudimentarios para la época. Leé también: Isidro Velázquez, el bandido rural que azotó Chaco y terminó convertido en símbolo de rebeldía social El caso se fue enfriando a medida que pasaban los años. La memoria del pueblo mantenía viva la tragedia. La verdad sobre quién había secuestrado y enterrado a Ursula Herrmann sería esquiva durante décadas. La reapertura del caso A finales de los años noventa, cuando el caso parecía condenado al olvido, la fiscalía bávara decidió reabrir la investigación. Habían pasado casi dos décadas desde la tragedia, pero la presión pública no se había extinguido: los padres de Ursula seguían reclamando justicia, y los medios recordaban el crimen cada aniversario. Fue entonces cuando apareció un nombre que hasta ese momento había sido secundario: Werner Mazurek. Mazurek era un vecino de la región, hombre de clase trabajadora, casado, con varios hijos, que vivía acosado por las deudas. Tenía un taller mecánico, pero sus finanzas estaban en ruina. No era un desconocido para la Policía: en los ochenta había sido interrogado, aunque nunca se hallaron pruebas concluyentes. Pero a fines del siglo XX, los investigadores volvieron a mirarlo con otros ojos. La clave fue un radio Grundig. Entre los objetos hallados en la caja donde Ursula murió estaba un transistor de esa marca, modificado. Años después, un conocido de Mazurek declaró que él había tenido un aparato similar y lo había prestado o vendido en la época del crimen. Esa coincidencia encendió la sospecha. Además, los fiscales consideraron que su situación económica en 1981 le daba un motivo plausible: necesitaba dinero con urgencia, y un secuestro extorsivo podía parecerle una salida desesperada. Mazurek conocía bien la zona boscosa del Ammersee y tenía habilidades técnicas que podrían haberle permitido construir la caja con ventilación, luz y estantes improvisados. Pero lo que había eran indicios circunstanciales, no pruebas directas. No había ADN, ni huellas, ni confesión. Las grabaciones con la voz artificial no podían atribuirse a nadie. El argumento de la fiscalía era que Mazurek tenía perfil, motivos y medios, aunque las evidencias eran débiles. La acusación formal Él negó siempre cualquier participación. Se declaró inocente una y otra vez, insistiendo en que la radio que lo vinculaba al crimen podía haber pasado por muchas manos. Su defensa sostuvo que la Policía, presionada por cerrar un caso antiguo y mediático, lo estaba usando como chivo expiatorio. Pese a las dudas, en 2007 fue formalmente acusado. El proceso contra Mazurek llegaría casi 30 años después del secuestro de Ursula, en medio de un clima cargado de expectativas y polémica: ¿sería finalmente el culpable quien se sentaría en el banquillo, o solo un vecino infeliz que encajaba demasiado bien en el perfil de conveniencia? En 2010 comenzó en Augsburgo el juicio contra Mazurek, que atrajo una atención inmensa. La fiscalía argumentó que su situación económica desesperada en 1981 lo había llevado a idear el secuestro. La radio Grundig fue su principal prueba material: un testigo declaró que esa radio había estado en posesión de Mazurek y que él la había modificado. Se añadieron peritajes técnicos sobre los tubos de ventilación, que supuestamente podían haber sido fabricados con herramientas similares a las que Mazurek tenía en su taller. Leé también: Iwao Hakamada, medio siglo esperando la horca por un cuádruple crimen cuya autoría nunca pudo probarse La defensa fue contundente: acusó a la fiscalía de construir un caso sobre arena, de usar un solo objeto la radio como piedra angular, y de presionar a un testigo décadas después de los hechos. Insistieron en que Mazurek había sido señalado únicamente porque necesitaban un culpable, no porque las pruebas lo demostraran. El tribunal, sin embargo, aceptó la tesis de la fiscalía. En 2010, Mazurek fue condenado a perpetua por secuestro con resultado de muerte. La sentencia fue recibida con alivio por parte de algunos sectores de la opinión pública: al fin había un culpable. Pero también despertó fuertes críticas. Juristas, periodistas de investigación y asociaciones de derechos humanos denunciaron que se trataba de un fallo basado en pruebas endebles, más en la necesidad de dar cierre a un caso emblemático que en certezas jurídicas. El nombre de Ursula Herrmann volvió a ocupar titulares, pero esta vez acompañado por otro debate: ¿se había hecho justicia realmente o se había fabricado un culpable? Décadas después, el caso de Ursula sigue siendo una herida abierta. El nombre de la nena se convirtió en símbolo de inocencia arrebatada, y el bosque del Ammersee, antes escenario de paseos y juegos, quedó marcado por el recuerdo de la caja enterrada bajo tierra. Cada aniversario, los vecinos de Eching encienden velas y colocan flores en su memoria: no solo recuerdan a Ursula, recuerdan también la pérdida de confianza en un entorno que hasta entonces parecía inviolable.

    Ver noticia original

    También te puede interesar

  • Examedia © 2024

    Desarrollado por