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    Parana » La Nota Digital

    Fecha: 11/04/2026 04:37

    Su profesión nunca entra en una planilla. Cuando le piden completar formularios duda unos segundos y deja el espacio vacío. Oficialmente no tiene ninguna que exista. Si necesita responder algo, escribe que trabaja como cartógrafo de lo que no tiene mapa o intérprete de residuos: aquello que permanece cuando una disciplina terminó de explicar y el exceso continúa ahí, sin destinatario. Su trabajo ocurre en archivos, pero no exactamente en ellos. Prefiere los márgenes, las notas olvidadas, las frases tachadas que sobreviven como si insistieran en decir algo que nadie pidió escuchar. También trabaja en conversaciones largas, esas que siguen después de que todos creen haber llegado a una conclusión. A veces da clases. No enseña contenidos sino procedimientos de desorientación productiva. Sus estudiantes salen sin saber con precisión qué aprendieron. Él considera ese desconcierto una forma legítima de aprendizaje. Vive solo. No como quien soporta la soledad sino como quien le permitió encontrar su forma. Está separado, aunque no completamente. La relación anterior quedó detenida en un punto de hiancia: sin ruptura definitiva ni continuidad real. Antes hubo otra historia más larga y fundante que todavía aparece, sin nombre, en casi todo lo que hace. No cobra lo suficiente y no parece preocuparle de la manera esperada. Ella trabaja con objetos dañados. Restaura libros antiguos o algo equivalente, un oficio donde las manos comprenden antes que las ideas. Cuando interviene sobre algo roto no intenta borrar la herida: la integra. El daño permanece visible, pero deja de ser fractura. Tiene cuarenta y pocos, aunque su edad parece desplazarse con el movimiento de su vida. No es académica, aunque leyó más que muchos académicos que él conoce. Confía en la paciencia. Piensa por capas, dejando que las conclusiones sedimenten. Posee una memoria táctil extraordinaria: recuerda primero cómo se sentían las cosas y recién después qué eran. Sus mejores ideas llegan mientras trabaja en otra cosa. Las anota en papeles sueltos que luego pierde sin angustia; algo esencial ya quedó incorporado. Es alta y se mueve sin pedir permiso al espacio. Su pelo cambia según el día y funciona como un registro interno más que como decisión estética. Las manos conservan rastros de trabajo: no suciedad, sino evidencia. Sonríe tarde, como si verificara la respuesta correcta antes de permitirla. Cuando finalmente sonríe, la expresión queda instalada con firmeza. Habla directo. Elige la palabra común cuando la palabra común es más honesta. Cuando algo le parece falso lo dice sin crueldad pero sin amortiguación. A él suele decirle: Estás usando diez palabras donde entran tres. Él sabe que tiene razón. Igual vuelve a las diez. Ella lo quiere con una claridad que a veces lo incomoda. No necesita que sea más de lo que es. Cree que su inteligencia y su tendencia a ocultarse nacen del mismo movimiento. Que construye sistemas porque los sistemas lo protegen de algo todavía innombrable. Piensa que el archivo es trabajo real y refugio al mismo tiempo. Él observa en ella algo que no logra teorizar: presencia sin mediación. Puede estar en una habitación sin interpretarla, sin convertirla en problema. Para alguien acostumbrado a leer el mundo, a leer todo, esa forma de estar resulta casi incomprensible y, precisamente por eso, magnética. No viven juntos. Existe una conversación pendiente que ambos postergan. No por miedo exactamente, sino porque el estado actual conserva una tensión abierta que ninguno desea cerrar demasiado pronto. No se ven nunca, para que la ausencia también tenga sentido. Ella lo conoce mejor que cualquier categoría que él haya construido sobre sí mismo. Él aprende, lentamente, a no explicarse todo. Entre ambos aparecen dos formas de estar: una que piensa para habitar y otra que habita antes de pensar. Ninguna corrige a la otra. Se sostienen en ese equilibrio inestable donde el vínculo permanece, todavía haciéndose, como si el verdadero encuentro no fuera una síntesis sino la coexistencia de dos presencias que, sin resolverse, finalmente descansan. J. Noriega imagen. IA

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