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» La Nacion
Fecha: 11/04/2026 03:04
La historia de una comunidad que surgió al calor del flower power de los ´60, se enfrentó a los modos de vida tradicionales y optó por vivir en la naturaleza, casi sin recursos, pero con una utopía: construir lazos que perduren en el tiempo Febrero de 1976. Raquel Sabatier y su compañero Dany Olivet cargan lo indispensable en una moto y dejan atrás un departamento de San Isidro. Tienen 20 y 22 años y una hija de un año. Sienten que la ciudad los agobia. Piensan en recalar en Bariloche y conseguir trabajo, pero siguen un poco más allá, atraviesan el ripio y los badenes y llegan a Epuyén. Frenan frente a una chacra con un rancho de piso de tierra, el techo a medio hacer y una abuelita mapuche calentando la pava en el fuego. Raquel siente que ahí pasa algo. Marzo de 1977. Fede Lichter, alias Friki, baja de un tren con una carta en el bolso, firmada por Lucas Chiappe, ex vecino suyo de Pinamar. Friki tiene 22 años y el clima político de la época le atraviesa el cuerpo. La dictadura es una amenaza constante para quienes imaginan otras formas de vida. Viaja hacia lo desconocido en la búsqueda de otra realidad. Llega por Lucas y, enseguida, por los otros: la red de gente que ya estaba ahí y que lo va llevando desde Epuyén hacia su propio lugar. Mediados de 1978. Cuqui Honik, farmacéutico recién recibido y viajero precoz, vuelve al país después de años cruzando océanos en barco. Había vivido en Europa, en África, en India, incluso en los Himalayas. Al regresar, piensa en algo simple: Quiero vivir en algún lugar de montaña. Pasa por Bariloche, se va de nuevo, y cuando vuelve de Estados Unidos se va directo a El Bolsón. Al principio no le gustó tanto; después entendió la riqueza cultural que habitaba los recovecos del bosque patagónico. En 1982, plena guerra de Malvinas, Alejandra Piovano y su pareja, Balín Sívori, toman otra decisión de época: irse. Alejandra sabía que esos primeros hippies habían ido hacia el sur. Inician un viaje que termina, también, en El Bolsón. Se sienten como si hubieran encontrado el paraíso. Hoy, la Comarca Andina, un corredor de pueblos ubicado en el noroeste de Chubut y el sur de Río Negro El Bolsón, Lago Puelo, El Hoyo, Epuyén, El Maitén y Cholila, reúne cientos de historias como estas: un territorio que funcionó como imán para la contracultura hippie, una fuente a la que abrevaron trayectorias disímiles con una coincidencia central, más práctica que ideológica: la idea de que se podía ensayar otra vida. Una vida dura y compleja, más cerca del frío, la leña, la crianza y el trabajo; y eso sí, enmarcada en una naturaleza descabellada. Los inicios La llegada fue una serie de pruebas: dónde dormir, a quién ver, cómo moverse cuando todo dependía de un acuerdo de palabra y de un camino de ripio. Para Raquel, el origen está en una escena que todavía narra con precisión corporal. Ella trabajaba como secretaria del gerente de un banco; su pareja, en una empresa norteamericana. La decisión venía madurando desde antes: En diciembre del 75 decidimos que nos queríamos ir de la gran ciudad, queríamos otro mundo mejor, un mundo donde criar a los hijos más cerca de la naturaleza. Bariloche en ese momento era una ciudad pequeña y nuestro ideal era: vamos a probar suerte ahí. La beba quedó unos días con la abuela: una decisión práctica en un viaje sin alojamiento asegurado, en moto y con un destino en construcción. El primer hilo concreto fue una cita pactada: Tal día, tal hora. Un amigo los esperó en El Bolsón y los sacó del pueblo para ir a ver una chacra. Raquel no conocía El Bolsón. Era la nada, había una sola calle asfaltada y el resto era todo ripio. Y Epuyén era todavía más abstracto: No teníamos la menor idea de dónde quedaba. El traslado más de una hora era parte de la experiencia. Llegamos a esta chacra, donde después de 50 años estoy viviendo, cuenta. El ranchito quedaba lejos de cualquier idealización. Yo en mi vida había probado mate, ni nunca había comido una torta frita, revela. El lugar estaba rodeado de flores. Nos miramos con mi compañero y dijimos´guau, cuánta paz hay acá. Friki también llega por una escena mínima. Trabajaba de jardinero y tenía la urgencia de cortar con Buenos Aires: Quería irme porque era un momento con los milicos bastante complicado. Lucas Chiappe me hizo una introducción con otras personas que ya estaban viviendo acá. Alejandra llega desde otro lugar. Cuando cumplí 13, mi madre me llevó al teatro a ver HAIR, una obra de teatro sobre una banda de hippies en Nueva York. La impactó el relato del patito feo que no encajaba en una familia de la burguesía y que había descubierto a su tribu. Pero la juventud, para su generación, fue mezcla: Ser muy joven en esa época era emocionante, pero también se vivía en una sociedad terriblemente conservadora; luego llegó el proceso militar y fue un quiebre absoluto. Se casó joven, tuvo hijos y buscó primero vivir en un campo de su padre. Tampoco ahí encajaban. Allí tampoco dábamos el target, en el pueblo nos gritaban: Dios da pan a quien no tiene dientes. Y después, Malvinas. Ahí dijimos basta, salgamos de acá. Yo sabía que esos primeros hippies de la obra de teatro habían ido para el sur, también habíamos leído sobre esto en las revistas Mutantia y El Expreso Imaginario, así que en 1982 partimos con nuestros hijos, Luz de tres y Juan, de dos. Su frase de llegada condensa un clima: Llegar a El Bolsón fue como cruzar el océano y llegar al país de la libertad. Alejandra habla de contrastes: un pueblo mínimo rodeado de una naturaleza avasallante y con hippies y artistas que realmente no parecía la Argentina de esa época. No sabía que 44 años más tarde publicaría Tierra Fértil: el legado de los hippies de la Comarca, un libro de fotografías y textos que repasa esta historia colectiva y que, junto a Balín, criarían allí a sus tres hijos: Luz, Juan y Jade. Cuqui completa el cuadro desde el retorno. Cuando llegó a El Bolsón después de viajar por el mundo, la primera impresión fue tibia: no me gustó mucho. Y, sin embargo, se quedó: Bolsón tiene una riqueza cultural muy grande, muchísima gente que hace de todo: música, pintura, escribe, danza y teatro. Cuatro formas de entrar el rancho, la carta, la tribu vista desde un teatro, el regreso de los barcos que trazan el espíritu de la Comarca: un territorio al que se ingresaba por historias, por redes y por decisiones que no prometían comodidad. Aprender a vivir: leña, huerta y comunidad sin manual Cuerpos frente al frío, la leña, la falta de servicios y la necesidad de aprenderlo todo desde cero. La luz eléctrica llegó recién cuatro años después. Pero estábamos felices, cuenta Raquel. Nos prestaron un colchón, una cama y nos metimos ahí. No había nada. Para Friki, el aprendizaje fue abrupto. Había crecido en Acassuso, cerca del río. Tenía una idea de campo que no tenía nada que ver con la montaña. Una cosa es la pampa y otra cosa era esto, dice. Era todo a leña. Cocina económica. Volver a las fuentes. Tenías que aprender todo. Convertirte en una especie de constructor, agricultor, chacarero. Cuqui aporta escenas que hoy parecen de otra cronología. El cine del pueblo tenía caballos atados en la puerta. Al salir de una función, la mitad de los coches no arrancaba por el frío. El pueblo era tan pequeño que conocías absolutamente a todo el mundo. Vos saludabas a la gente porque la conocías. Lo que sí existía era la lluvia persistente, la nieve, el invierno largo. Mantener la casa caliente, salir a trabajar, garantizar el alimento era un desafío. Y lo recuerda como un lindo esfuerzo. Alejandra organiza ese aprendizaje en clave doméstica. La vida no era fácil: tenías que hacer leña para bañarte, cocinar y calefaccionarte. Había sólo tres cuadras asfaltadas y todo el mundo hacía sus huertas, cuenta. El invierno obligaba a planificar: Se sembraba papa y zapallo como base del alimento invernal. El pan se amasaba y comprabas la harina por bolsa en el molino. Gallinas, ovejas. Si tenías alguna vaca, elaborabas yogurt, ricota, queso. La sociabilidad estaba ligada a esa estructura. Si las fiestas eran lejos de casa, te quedabas a dormir ahí. Era muy gracioso ver la cama de la pareja colmada de bebés y niños muy pequeños, recuerda Alejandra. Las conversaciones eran parte de esa construcción: cosechas y Guerra Fría, política y terapias alternativas, ecología y espiritualidad. No tomábamos decisiones importantes sin consultar el Í Ching, revela. Nos imaginábamos el mejor de los mundos porque lo estábamos construyendo. Cuqui encuentra una palabra que ordena todo: perderse. La naturaleza te obliga a vivir en forma muy vital, dice. Lo vital, acá, tiene que ver con acción y consecuencia: si no cortabas leña, no había calor; si no sembrabas, no había comida. Una comunidad que no se proclamó La palabra hippie circuló desde afuera antes de que se asumiera desde adentro. Lo que los unía era una búsqueda y una práctica compartida. Friki lo dice sin rodeos: Hippie es un estilo de vida. Ser un tipo sin tantos fundamentos que te condicionen. Necesitábamos romper todo el condicionamiento que teníamos encima. Los pingos se ven en la cancha, repite. Alejandra aporta contexto. Ya en los años 60 llegó Giuseppe Lanza del Vasto y sus seguidores. A inicios de los 70 parece que el intendente de El Bolsón entregaba terrenos a escritores, músicos, pintores. Eso fue formando una idiosincrasia. El ideal común, en su recuerdo: La vuelta a la vida en la naturaleza, la libertad, la aventura, la comunidad, la utopía de un mundo mejor. Raquel introduce otra capa. La comunidad también fue escuela, alfabetización y estructura. En sus primeros recorridos por el pueblo vio una escena que le quedó grabada: una abuelita mapuche entregaba todo su dinero por muy pocas cosas. Raquel entendió lo que había detrás: analfabetismo, aislamiento, desigualdad en el acceso a información básica. Me generó una inquietud, dice. Se ofreció a enseñar a leer y escribir, pero el trabajo fue más elemental y urgente: El valor de las cosas, la suma, la resta, lo básico; esto no va en lo que yo pude dar, sino en lo que yo aprendí. Me enseñaron muchas cosas a mis 20 años. Con el tiempo, esa inquietud derivó en un proyecto concreto. Pude fundar la primera escuela secundaria de aquí, donde trabajé durante más de 30 años. La dimensión política aparece en el episodio No al dique. Cuando a mediados de los 80 surgió el proyecto de construir un dique que iba a dejar bajo las aguas el valle de Epuyén, la reacción fue inmediata. Todos nos opusimos, dicen. La defensa del valle se volvió un momento de consolidación colectiva, con Lucas Chiappe como referente. Para Raquel, lo más maravilloso fue constatar que todos tenían los mismos ideales y ver a la comunidad actuar frente a una amenaza concreta. Cuqui describe a la Comarca como una guarida. Como si la montaña te protegiera, reflexiona. La dureza del experimento: trabajo, plata, reinvención Vivir otra vida exigía recursos y decisiones difíciles. Yo no quería ser pobre ni conformista, dice Friki. Hubo un momento en que la ecuación dejó de cerrar: Me cansé de ser pobre, entonces me fui a Buenos Aires a vender todos los productos que se hacían acá. Fui el primero que llevó las frambuesas a las heladerías, a los restaurantes de la capital. Dulces, licores, hongos de pino, hongos de ciprés, morillas, de todo, cuenta. Desde fines de los 80 y durante casi una década vivió en un doble movimiento: cosecha en el sur, ventas en Buenos Aires, hijos en edad escolar, materias que rendir, logística constante. La vida me llevó de vuelta a Buenos Aires y entendí que para sostener mi sueño había que producir. Friki pone sobre la mesa otra dimensión de vivir en la naturaleza: Tenés tanto tiempo para estar con vos mismo que, si no estás preparado, puede ser una tortura. Habla de excesos, de personas que terminaron muertas en el camino, de parejas que van, vienen, explotan. Al final, se trata de ser un tipo coherente, amable, generoso y amoroso: todo esto te lleva una vida. Cuqui tampoco edulcora la experiencia. El día de la ducha era el día que nos bañábamos todos. Implicaba cargar el tanque, cortar leña, encender fuego, esperar. Después llegó el kerosene y más tarde el gas, que lo cambió todo. Aprendí acá a trabajar en las casas. Un 40% de la casa la hice yo. Su vida laboral fue híbrida: tenía título de farmacéutico, pero no le interesó la profesión. Sin embargo, en algún momento fue jefe de farmacia del hospital por necesidad, y el resto del tiempo se sostuvo con arte, docencia y trabajo cotidiano. La vida en ese contexto era muy hermosa, pero no era fácil, dice Alejandra. Raquel plantea que el lugar te abraza o te espanta, te expulsa. No todos se quedaron. Asfalto, gas, migraciones, pino Alejandra identifica el punto de quiebre. El contexto de La Comarca fue cambiando con las diferentes migraciones. Al principio y por muchos años el lugar se mantuvo prácticamente igual. Era una estabilidad delicada. Esa maravillosa biodiversidad era a su vez muy frágil. Los cambios tenían que ser a cuenta gotas. Pataleábamos ante cualquier progreso que intentaban imponernos. Eso fue generando grietas. Se refiere a la llegada del asfalto, el gas sobre todo el gas trajo un aluvión de gente nueva, profesionales y comerciantes, turismo sin la debida conciencia ambiental, políticas partidarias, tomas de tierra. Y un elemento estructural: Las plantaciones de pinos que fueron creciendo y multiplicándose. Todo esto modificó el contexto. Empezamos a sufrir incendios cada vez más recurrentes y devastadores y hoy es difícil ver grandes zonas boscosas que no hayan sufrido el impacto del fuego, agrega. Cuqui también habla de esa transformación. Hoy todo es más fácil. Pero la facilidad trae dependencia: Cada día te volvés más vulnerable: necesitás luz, necesitás gas y ahora necesitás internet. Friki lo traduce a términos económicos. En los años setenta, dice, un pedazo de tierra lo tenía cualquiera. La tierra no tenía ningún valor intrínseco y menos monetario. Era el mundo al revés. Cuenta trueques: Una camioneta por diez hectáreas. Pero ese equilibrio se invirtió y hoy una hectárea puede salir 100.000 dólares. El acceso cambió: habría que tener mucha plata o ser un profesional en algo que se necesite muchísimo por acá. El fuego Cada incendio se vive con la angustia de saber que es posible perderlo todo: casas, pertenencias, pero también el paisaje cotidiano. Y deja algo a la vista: la organización colectiva de brigadistas voluntarios, los primeros en poner el cuerpo cuando el fuego empieza a amenazar. Hemos sufrido incendios antes, pero no eran tan terribles. Como no había tan poca población, y prácticamente nadie estaba en los bosques, y no había tanto pino, era diferente, revela Raquel. Hoy los incendios son voraces. Realmente la gente se va quedando sin casas y sin sus lugares, y nos estamos quedando sin bosques, agrega. Cuqui señala la dimensión humana detrás del fuego. Los incendios son provocados por estupidez, por malicia, por intereses inmobiliarios o por locos directamente. Lo que queda: el legado Después del fuego, del asfalto, del mercado y de las discusiones internas, ninguno de los cuatro habla desde la elegía. Con nostalgia no lo veo, de ningún modo, afirma Cuqui. Prefiere otra imagen: la de una película. Cada parte está buena. Cada parte tiene sus cosas, tiene su encanto. Inhalás lo que te da el mundo y exhalás lo que le devolvés al mundo. Mirar montañas, árboles, estrellas, es una forma de recordar que uno también es naturaleza. Friki hace su propio balance. El lugar, dice, siempre fue mágico: silencio, cielo abierto, estrellas, pájaros. Pero la mala manía de cada uno también pesa y define qué se mantiene y qué se pierde. Raquel mira hacia atrás sin titubeos: No nos equivocamos. Defiende esa forma de vida con palabras concretas: amor, respeto, cuidado del ambiente. Al mismo tiempo, no evita la crítica. No estoy de acuerdo con el nivel de pantallas. No estoy de acuerdo con la locura de la gente. Y, sin embargo: Nos encontramos y todavía nos abrazamos con amor. Ya no cruzo montañas, ni camino días y días por una senda, ni bailo toda la noche entera, dice Alejandra. Vive todavía en un entorno que exige desplazamiento físico: hay que cruzar un lago para llegar a su hogar. Su libro va justamente en esa búsqueda de rescate de un mensaje que atraviesa generaciones: Hoy veo a jóvenes increíbles, profundamente cuidadosos de la naturaleza, empáticos y colaboradores, optimistas, abiertos, realistas, organizados y valientes, llenos de fuerza y coherencia. Ellas y ellos son nuestro legado a La Comarca. A pesar de la imagen trillada de guitarras y flores en el pelo, esta historia tuvo su inicio mientras en el país se afianzaba una dictadura y creció gracias a jóvenes que eligieron moverse y poner en práctica sus sueños. Vinieron la leña y la huerta, las escuelas y las discusiones políticas, el arte y el mercado, el asfalto, el gas, el turismo, el valor inmobiliario, el monocultivo, el fuego. Cuatro trayectorias distintas que, al entrelazarse, cuentan una sola historia: la de un experimento de vida en el sur que estuvo lejos de ser perfecto. Una contracultura patagónica hecha menos de consignas que de práctica, menos de nostalgia que de tiempo. Para adquirir el libro Tierra fértil: el legado de los hippies de la Comarca se puede escribir a tierrafertil.legado@gmail.com. Envíos a todo el país.
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