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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 11/04/2026 02:57
Cerca de las cinco de la mañana de ese miércoles 11 de abril de 1923 Elvira Silvia Salas, de 21 años, salió de su casa de la calle Aráoz al 2800 para concurrir a su trabajo en la Unión Telefónica. Apenas había caminado unos metros cuando vio que en dirección contraria venían tres hombres -ella alcanzaría a decir que vio a dos- y por temor, cruzó de vereda, y se alarmó cuando notó que los individuos hicieron lo mismo. Uno la tomó del cuello por la espalda e hizo fuerza hacia atrás. Como gritaba, otro le daba fuertes golpes en el abdomen y en el vientre, mientras que un tercero hurgaba en su cartera. Luego de hacerse con un magro botín de cuarenta centavos -lo justo para ir y volver del trabajo en tranvía- y dos anillos baratos, los ladrones escaparon, dejándola tirada en la vereda. Sus lamentos y pedidos de llamados a su madre alertaron a una vecina, Josefina Sánchez de Bernasconi, que vivía en Aráoz 2831. La despertaron los gritos de mamá, me muero. Llamó por teléfono a la policía y al lugar concurrió el oficial inspector Isidoro Callizo. Ella contó que dos hombres la habían abordado y que la habían asaltado. Describió a uno de ellos, que vestía una suerte de mameluco azul de mecánico y tenía un pañuelo blanco anundado al cuello. Fue llevada de urgencia al Hospital Fernández, donde luego de horas de agonía, falleció. Los médicos diagnosticaron hemorragia traumática. Le habían partido el hígado. La policía se movió por los alrededores. En un café de Santa Fe y Fitz Roy dieron con dos de ellos: Agustín Letieri y Antonio Bonfiglio. Letieri, que también usaba los apellidos Barreiro, Bermúdez, Galíndez, lo apodaban coco moro. Tenía 29 años y decenas de entradas a la policía, siempre por punguista. Por su parte, Bonfiglio, también conocido como Alberto Suárez, o Pugliese, o Leonardo, tenía el apodo de Fray Mocho. De 26 años, también era un viejo huésped de la policía. Cuando admitieron que habían asaltado a una chica, los llevaron a la comisaría. Contaron con lujo de detalles cómo había sido y le aclararon al comisario que el robo no había valido la pena, porque ella solo tenía unos pocos centavos. Contaron que le habían pegado pero para que dejase de gritar. Y que, según ellos, no había pasado de un simple asalto. Cuando firmaron la confesión, la policía les informaron que la chica había fallecido. Enseguida, echaron toda la culpa al tercer cómplice, Roque Saccomano, más conocido como leche, apodo que le habían puesto por su suerte en eludir a la policía. Saccomano, de 21 años, ya arrastraba dos procesos por hurto y uno por robo, y se ganaba la vida vendiendo diarios en la esquina de Corrientes y Esmeralda. Cuando lo detuvieron, dijo que a esa hora estaba en un café de Canning y Rivera, y que tenía testigos. Mencionó a Pepe el lungo y el sapito. Igualmente, quedó detenido a pesar de que la policía interrogó a los acompañantes del bar, quienes corroboraron su coartada. Su suerte cambió cuando el sapito se desdijo de su declaración y pidió rectificarla. Entonces afirmó que Saccomano no había estado con ellos. La policía se ensañó con él. Como clamaba su inocencia, recurrieron a los golpes y al sistema de no dejarlo dormir, a fin de doblegarlo. Si bien repetía que era inocente, consiguieron su cometido y firmó una confesión. Pero cuando pidió rectificarla, se lo impidieron. Los tres fueron condenados a 25 años de prisión. Lo que nadie sabía era que Saccomano, destinado al presidio de Ushuaia, volvería a seer noticia. Los buques que usualmente se destinaban al transporte de penados a Ushuaia eran el 1 de Mayo, Ushuaia, Chaco, Pampa y Patagonia, entre otros. Los presos eran encerrados en la bodega junto a la carga y al carbón para alimentar los motores, y disponían de latas donde hacían sus necesidades. En ocasiones, cuando el capitán se compadecía, los hacía subir a cubierta por un rato para que respirasen aire fresco, porque la navegación duraba un mes, ya que hacían escalas en los distintos puertos de la costa patagónica. El traslado de la Penitenciaría Nacional al puerto fue en la noche del 9 de enero de 1925. Por su uso, los grilletes no eran tan seguros como parecían y, para abaratar costos los presos, en lugar de ir en un buque de la Armada, fueron subidos a la bodega del Buenos Aires, un vapor que llevaría pasajeros hacia el sur. Esa misma noche los 103 hombres fueron llevados a la bodega del barco, anclado en Dársena Sur. Partiría por la mañana. Custodiados por marineros armados, abordaron por una planchada iluminada por potentes reflectores. El capitán del buque era Enrique Mudrich. En la mañana, en las inmediaciones del muelle había mucha gente despidiendo a sus seres queridos y amigos. Media hora antes de zarpar, se escucharon tiros. Vieron a dos hombres forcejear, y uno de ellos ellos alertaba que el otro era un preso que pretendía escaparse. Cuando vieron que otros cinco penados armados con cuchillos saltaban a tierra firme, y que escapaban en distintas direcciones, hubo gritos y escenas de pánico. Nunca se supo a ciencia cierta quién habría sido el habilidoso que supo cómo zafarse de los grilletes. Viejos guardiacárceles aseguran que fue Ricardo Braasch, condenado a reclusión perpetua. Los otros que lograron pisar tierra firme fueron Amus Pedro Axelsen, también con una condena a perpetua; Fernando Sotomayor a diez años; Emilio Segales a quince; Alfredo Suárez Leiva a seis; Saverio Chimera a dos, igual que Pablo Goupon, y Roque Saccomano. El caso enseguida fue la noticia dominante por la espectacularidad de la fuga y porque entre los fugados había alguien conocido para la opinión pública. La policía se centró en Saccomano. Fue a los domicilios de los que habían sido sus cómplices circunstanciales, pero no lo encontraron, y concurrieron al domicilio de el sapito, creyendo que iría a vengarse. No tenían pistas hasta que interceptaron una carta que le envió a su madre, pidiéndole que le enviase dinero a Dolores, en Uruguay. Allí lo atraparon. Terminó en el penal de Ushuaia. Su abogado defensor fue Carlos Palacios, hermano de Alfredo, el reconocido dirigente socialista. El letrado pedía la absolución de su defendido porque la policía había ejercido violencia sobre él. La madre de Saacomano recurrió a otro abogado, Carlos Delcasse quien, convencido de la inocencia del hombre, trató de mediar con Frugoni Zabala, presidente del tribunal, pero no hubo caso. Consideraban que el expediente policial era lo suficientemente concluyente. Saccomano se llevaría tamaña sorpresa estando encerrado en el sur, cuando un día se cruzó con el sapito, quien lo había inculpado. Alcanzó a arrojarle una lata al rostro. Cuando el sapito fue puesto en libertad, vivió con María Rosa, la bella novia de Saccomano, quien cumplió su condena en Ushuaia clamando por su inocencia en el sonado caso de la telefonista, que fue muerta para robarle cuarenta centavos.
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